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Celebrar Navidad

Dr. Jesús Vázquez

 

Hace unos días, en la intimidad de una sobremesa familiar, surgió una de esas conversaciones que, casi sin previo aviso, nos trasladan de lo cotidiano a lo profundo, revelando con claridad algunas de nuestras fracturas culturales. Entre platos y café, charlábamos sobre la abismal diferencia entre el modo en que nuestra generación experimentó la Navidad y la forma en que hoy la viven nuestros hijos y nietos. En medio de la nostalgia, el debate derivó inevitablemente hacia la tensión entre «lo tradicional» y las modas importadas del norte que han cobrado tanta fuerza en el presente.

Aquel diálogo operó en mí como un trampolín hacia una inquietud mayor sobre la constante transformación de nuestros festejos. Me resultó curioso —y preocupante— notar cómo defendemos lo «tradicional» excluyendo otras formas simplemente por no encajar en nuestro molde, sin percatarnos de que, a menudo, bajo el pretexto de la tradición, también terminamos descartando a las personas. En esa férrea defensa de las costumbres, solemos olvidar la historia que les dio origen y, lo que es más grave dentro de un contexto cristiano, la festividad llega a olvidar su núcleo, su razón de ser: el nacimiento de Jesús.

Quiero proponer un marco para contemplar esto. La espiritualidad ignaciana entiende la imaginación no como una fantasía, sino como una puerta de entrada a la realidad histórica. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, nos invita a una dinámica audaz: mirar el nacimiento haciéndonos presentes en la escena como un «pobre e indigno esclavito» que acompaña, observa y sirve a José y María en su travesía.

Hagamos el ejercicio. Imaginemos que caminamos junto a ellos de Nazaret a Belén, movidos por la obligación de un censo imperial. Al llegar, nos enfrentamos a la angustia de José: ver a María con contracciones y sin un sitio digno para pasar la noche. Ese «no hay lugar» resuena con una crudeza que la historia ha suavizado. ¿En cuántos sitios realmente no había espacio y en cuántos se les negó el acceso por prejuicios de la época? Al mirar la desesperación de José, no puedo evitar ver el rostro de tantos padres actuales que viven una angustia idéntica. Pienso en las familias migrantes que, desplazadas por la economía o la violencia, transitan hoy sus propios desiertos enfrentando la zozobra del hambre y el muro de la indiferencia ajena.

Siguiendo con nuestra imaginación, finalmente encontramos un refugio. No es el mejor lugar, es apenas la zona de los animales, pero nos alegramos porque al menos hay techo. Nos movilizamos para acomodar la paja en el comedero, buscando un poco de confort para el niño que llega. Y es allí, entre el olor a estiércol húmedo, el sudor animal y el suelo de tierra batida, donde surge un contraste que debería sacudir nuestra conciencia.

Primero, la paradoja del poder: el hijo de Dios, cuya vida trae la verdadera liberación, nace en la austeridad más radical, lejos de los palacios de quienes oprimen a las mayorías. Segundo, el contraste entre nuestra representación y la realidad: hemos idealizado y aseptizado tanto el pesebre que olvidamos que Jesús nació en una zona de riesgo sanitario absoluto. Hoy, millones de niños siguen naciendo en esa misma precariedad y vulnerabilidad, pero paradójicamente, en el corazón de nuestros festejos, son a ellos a quienes descartamos e ignoramos.

Esto nos lleva a la interrogante final sobre la coherencia de nuestras celebraciones. Si nuestros festejos se han convertido en una oda al consumo y a la «perfección» estética, ¿qué tanto conectan realmente con ese nacimiento sagrado? Quizás la verdadera tradición que deberíamos recuperar no es la de un adorno específico, sino la capacidad de reconocer y acoger la vulnerabilidad. Ojalá que en esta Navidad, más allá de la emotividad y la mundanidad, logremos poner al centro al Jesús histórico que sigue naciendo en los márgenes, y no usemos la fecha tan solo como un pretexto para celebrarnos a nosotros mismos.

 

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