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Dos experiencias de un mismo Jesús Cristo

Iván Ruiz Armenta*

Todos y cada uno de nosotros tiene su propia experiencia de las cosas, de los hechos y de las personas. No es de extrañar que de una misma persona se escuche que es muy risueña y que también es un poco seria. Esto, en el mejor de los casos, se debe a la experiencia que alguien ha tenido de esa persona. Quizá quien describe a la persona como risueña sea porque está dentro de su grupo de amigos, donde todo es juego y diversión. Quizá quien describe a la misma persona como poco seria es porque se encuentra dentro del grupo de colegas de trabajo donde todo es seriedad y diplomacia. No es que la persona en cuestión tenga un desorden de personalidad, sino que la experiencia que se ha tenido de ella es distinta

Con este ejemplo podemos entender por qué Pedro y Pablo aparentemente predican a un Jesucristo “diferente”. Comenzando porque Pedro tuvo su experiencia de, lo que hoy se llama, el Jesús histórico (Mateo 4,18-20) y Pablo tuvo la experiencia del Cristo de la fe(Hechos 9,3-6), se puede atinar su diferente concepción del cristianismo mismo. Además, sus orígenes eran distintos: Pedro era un pescador sin educación formal (Hechos 4:13), mientras que Pablo era un fariseo instruido bajo Gamaliel (Hechos 22,3). Pedro fue discípulo directo de Jesús y tuvo una personalidad impulsiva, como se ve cuando niega a Cristo (Lucas 22,54-62) o duda al caminar sobre el agua (Mateo 14,28-31), mientras que Pablo fue más intelectual y teológico, desarrollando gran parte de la doctrina cristiana en sus cartas. Además, sus ministerios se enfocaron en diferentes grupos: Pedro predicó principalmente a los judíos y Pablo a los gentiles (Gálatas 2,7-8; Romanos 11,13). También difirieron en su ámbito de trabajo, pues Pedro estuvo más centrado en Jerusalén (Hechos 1–12), mientras que Pablo realizó extensos viajes misioneros por diversas regiones (Hechos 13–28). Incluso tuvieron un desacuerdo cuando Pablo confrontó a Pedro por su conducta (Gálatas 2,11-14).

 

Aun con estas diferencias es un hecho que Pedro y Pablo fueron dos apóstoles fundamentales de la Iglesia primitiva que, aunque compartieron una misma misión, presentaron, además de las diferencias ya señaladas, importantes semejanzas. Ya quedó dicha la más importante y fundamental: ambos fueron llamados por Jesucristo (Mateo 4,18-20 y Hechos 9,3-6). Los dos predicaron el evangelio con gran poder, realizaron milagros (Hechos 3,6-8; 19,11-12; 20,9-12) y sufrieron persecuciones por su fe (Hechos 12,3-5; 2 Corintios 11,23-27).

En conjunto, ambos, a pesar de sus diferencias, contribuyeron decisivamente a la expansión del cristianismo y compartieron el mismo propósito de anunciar a Cristo como fundamento de la fe (1 Corintios 3,11).

A partir de esta reflexión, también podemos reconocer una enseñanza muy profunda para nuestra propia vida de fe. Muchas veces esperamos que todos vivan, comprendan o expresen su relación con Cristo de la misma manera, olvidando que cada persona tiene un camino único con Dios, que deriva de su propia experiencia personal con el mismo Dios Trino y Uno. Así como Pedro y Pablo conocieron a Jesús desde experiencias distintas, uno caminando con Él en los caminos de Galilea y el otro encontrándose con Él en el camino de Damasco, también cada creyente hoy vive su encuentro con Cristo desde su propia historia, su contexto y sus luchas. Esto no debilita la fe, sino que la enriquece, porque muestra la amplitud y la profundidad del amor de Dios, que se adapta y se revela a cada corazón de manera particular.

En este sentido, la diversidad dentro de la Iglesia no debe entenderse como división, sino como complementariedad. Pedro, con su cercanía al Jesús histórico, aporta un testimonio lleno de humanidad, de errores, de caídas y de reconciliación; es el discípulo que falla, pero que también se levanta y confirma a sus hermanos. Pablo, por su parte, ofrece una comprensión más reflexiva, teológica y universal del misterio de Cristo, abriendo las puertas del Evangelio a todos los pueblos. Ambos, desde sus diferencias, nos muestran que la fe no es uniforme ni rígida, sino viva, dinámica y encarnada en la realidad de cada persona.

Esto nos invita también a vivir con mayor humildad y apertura. No podemos absolutizar nuestra propia experiencia de Dios como si fuera la única válida. El testimonio de Pedro y Pablo nos enseña que incluso dentro de la comunidad apostólica hubo tensiones, incomprensiones y momentos de corrección fraterna (Gálatas 2,11-14), pero éstas no destruyeron la comunión, sino que ayudaron a purificarla. La verdad del Evangelio no depende de la perfección de sus mensajeros, sino de la fidelidad de Dios que actúa a través de ellos.

 

Además, contemplar sus vidas nos anima a confiar en que Dios puede obrar en cualquier persona. Pedro, con sus impulsos y debilidades, y Pablo, con su pasado de perseguidor, son prueba de que no hay historia que Dios no pueda transformar. Ambos fueron moldeados por la gracia para cumplir una misión que iba mucho más allá de sus capacidades humanas. Esto nos llena de esperanza, porque también nosotros, con nuestras limitaciones, estamos llamados a ser testigos de Cristo en nuestro propio entorno.

Finalmente, la unidad en la diversidad que vemos en Pedro y Pablo nos recuerda el verdadero centro de la fe: Jesucristo. No es Pedro ni Pablo el fundamento último, sino Aquel que los llamó y los envió (1 Corintios 3,11). Cuando ponemos a Cristo en el centro, las diferencias dejan de ser motivo de conflicto y se convierten en riqueza para la edificación común. Así, la Iglesia se construye no desde la uniformidad, sino desde la comunión de distintos rostros, historias y dones que, iluminados por el mismo Espíritu, anuncian una sola buena noticia: que en Cristo hay vida, reconciliación y esperanza para todos.

 

*Coordinador de Teología de la Universidad Intercontinental

 

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