los desafíos del mundo urbano
Mons. Gustavo Carrara
1. Con mirada de creyente…
Quisiera comenzar con una hermosa afirmación del documento de Aparecida:
“La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad”1.
Esta es, esencialmente, la mirada del creyente. Bien sabemos que no existen miradas neutras de la realidad; aquello que atrapa nuestra visión define nuestra postura vital. La pastoral es un modo de comportarse frente a la realidad, discernirla, y actuar en consecuencia. Por ello, privilegiamos la mirada de discípulos misioneros al acercarnos a la realidad de las ciudades latinoamericanas, y empezamos contemplando a Jesús, que nos amó y nos salvó:
“En el rostro de Jesucristo, muerto y resucitado, maltratado por nuestros pecados y glorificado por el Padre, en eserostro doliente y glorioso, podemos ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de tantos hombres y mujeres de nuestros pueblos y, al mismo tiempo, su vocación a la libertad de los hijos de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la fraternidad entre todos. La Iglesia está al servicio de todos los seres humanos, hijos e hijas de Dios.”2

1.1 En salida a las periferias…
Como Iglesia en salida3, “con el sueño misionero de llegar a todos”4, nos dirigimos a las periferias geográficas y existenciales. Esta opción no es arbitraria: la elegimos porque Dios mismo se hizo periferia. Como nos recuerda Francisco en Gaudete et exsultate:
“Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido,hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida… Él mismo se hizo periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí”5
1.2 La perspectiva de los «últimos»
Situar los ojos en la periferia cambia nuestra comprensión del mundo. En un discurso a Cáritas Italia, Francisco nos invita a profundizar en esta opción:
“El camino de los últimos. De ellos partimos… Si no se empieza por ellos, no se entiende nada. Es con sus ojos con los que debemos mirar la realidad, porque mirando a los ojos de los pobres vemos la realidad de una forma diferente de la que procede de nuestra mentalidad. La historia no se mira desde la perspectiva de los vencedores… sino desde la perspectiva de los pobres, porque es la perspectiva de Jesús… Son los pobres los que ponen el dedo en la llaga denuestras contradicciones e inquietan nuestra conciencia de forma saludable, invitándonos a cambiar. Y cuando nuestro corazón, nuestra conciencia, mirando al pobre, a los pobres, no se inquieta… tendríamos que detenernos: algo no funciona.”6
Los pobres, por tanto, nos invitan a volver al Evangelio, para seguir a Jesús, el cual siendo rico se hizo pobre (cf. 2 Co 8,9), y a semejanza de nuestro Fundador ser “una Iglesia pobre para los pobres”7.
1.3 Un estilo evangélico que propone un desarrollo humano integral
Mantener el estilo del Evangelio es lo que tiene que distinguir el compromiso social cristiano.
“Un segundo camino irrenunciable: el camino del Evangelio. Me refiero al estilo que hay que tener, que es sólo uno, el del Evangelio. Es el estilo del amor humilde, concreto, pero no vistoso, que se propone, pero no se impone. Es el estilo del amor gratuito, que no busca recompensas. Es el estilo de la disponibilidad y del servicio, a imitación de Jesús que se hizo nuestro siervo… La caridad es inclusiva; no se ocupa sólo del aspecto material ni tampoco sólo del espiritual. La salvación de Jesús abarca a todo el hombre. Necesitamos una caridad dedicada al desarrollo integral de la persona: una caridad espiritual, material e intelectual… necesitamos que Cáritas y las comunidades cristianas estén siempre atentas para servir a todo el hombre, porque «el hombre es el camino de la Iglesia», según la concisa expresión de san Juan Pablo II (cf. Carta encíclica Redemptor hominis, 14).8
Este estilo evangélico se caracteriza por la humildad y la gratuidad, propone y no impone, es servicio desinteresado, es caridad integral que esta al servicio de personas concretas.

1.4 Los mapas para el camino: Bienaventuranzas y Mateo 25
Y para no andar desorientados por el camino, hay que volver a la Palabra de Dios, y renovar así la mística desde la cual acompañamos a los más frágiles y pequeños.
“Hay dos mapas evangélicos que nos ayudan a no perdernos en el camino: las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12) y Mateo 25 (vv. 31-46). En las Bienaventuranzas la condición de los pobres se reviste de esperanza y su consuelo se hace realidad, mientras que las palabras del Juicio Final —el protocolo con el que seremos juzgados— nos hacen encontrar a Jesús presente en los pobres de todos los tiempos. Y de las contundentes expresiones de juicio del Señor se desprende también la invitación a la parresía de la denuncia que nunca es una polémica contra alguien, sino una profecía para todos: es proclamar la dignidad humana cuando es pisoteada, es hacer que se escuche el grito sofocado de los pobres, es dar voz a los que no la tienen.”9
1.5 Volver a leer el Evangelio frente al riesgo de prejuicios ideológicos
Finalmente, es imprescindible volver constantemente al Evangelio para no olvidarnos de los pobres. Y evitar dejarnos tentar por prejuicios ideológicos o por la «mundanidad espiritual» que enfría nuestro amor. En su carta Dilexi te –sobre el amor a los pobres-, el papa León XIV advierte:
“También los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico.”10
En plena sintonía con la bi-milenaria tradición de la Iglesia respecto de los pobres el papa León afirma:
“La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada.”11
Hasta aquí, unas pinceladas, acerca de la mirada creyente con la que debemos abordar los complejos desafíos de nuestras urbes actuales.
2. Integración socio urbana de los barrios populares
Elijo presentar uno de los principales desafíos del mundo urbano que interpela a nuestras comunidades.
Si dirigimos la mirada a las periferias de las ciudades, nos encontramos con lo que se han dado en llamar en la Argentina, las villas de emergencia o villas miseria. Este es un fenómeno social y humano compartido por las grandes ciudades de nuestro continente, pensemos por ejemplo en las favelas de Brasil, en las callampas en Chile o en los cantegrill en Uruguay. Los llamaremos aquí barrios populares e intentaremos presentar un modo de abordarlos a partir de la noción de integración socio-urbana.
2.1 La realidad de los Barrios Populares
Empecemos por compartir la experiencia argentina. Hace casi diez años Cáritas, junto a los Movimientos populares, y a la ONG TECHO, hizo un relevamiento acerca de la cantidad de barrios populares en la Argentina. Se le ha llamado Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP). Hoy los barrios relevados son 6467. Viven allí por lo menos 5 millones de personas. La mitad niños, niñas, y adolescentes. En esos barrios la pobreza hay que medirla no solamente por ingresos, sino multidimensionalmente.
Un barrio popular se lo define como tal por la tenencia precaria de la tierra, porque le faltan al menos dos servicios básicos, como, por ejemplo: agua potable, cloacas o electricidad segura, y está habitado por al menos ocho familias, pero los hay de doce mil familias. Podemos preguntarnos: ¿Cuántas villas, favelas o chabolas hay en América Latina? ¿Cuántas familias viven allí?
Y en cuanto a su origen podemos preguntarnos ¿Cómo se han ido formando y consolidando a lo largo de los años estos barrios populares? Si uno escucha a los vecinos y vecinas descubre que ha sido el deseo de progresar, de vivir mejor, de darle un futuro a sus hijos e hijas, el que puso en movimiento a miles de mujeres y de hombres. Las familias tuvieron la dignidad de transformar basurales o terrenos muchas veces anegados por el agua. Instalaron como pudieron al comienzo precarias viviendas, y han ido transformando sus barrios, en barrios obreros.
Los vecinos y vecinas que viven allí pertenecen al pueblo pobre trabajador. Muchas veces no tienen un trabajo formal,un trabajo reconocido, en blanco, con todos los derechos. Pero eso no quiere decir que no sean laboriosos y que no estén en la lucha diaria por sobrevivir. Todo esto en el marco de lo que llamamos economía popular.
Es así que los pobres no sólo dan que pensar, sino que piensan, no sólo despiertan sentimientos, sino que sienten. Al decir de Francisco:
“¡Los pobres no sólo padecen la injusticia, sino que también luchan contra ella!… los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y, sobre todo, practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar.”12
Los vecinos y vecinas han sufrido una especie de auto-destierro porque en los lugares de origen –interior del país o países hermanos-, no había trabajo, no había posibilidad de educar a los hijos, no había posibilidad de cuidar la salud. Evidentemente muchas veces se llega a las periferias de las ciudades, con una expectativa que no se logra concretar, y las personas quedan en una situación de precariedad. Sin embargo, el espíritu de lucha, de salir adelante, permite ir construyendo un barrio.

2.2 La cultura popular latinoamericana
Cuando uno mira a las familias de los barrios populares, descubre que son hijas de la cultura popular latinoamericana. ¿Cómo entender esta cultura? En esta cultura el pueblo se organiza optando por la vida, y por la libertad, escapándole así a la muerte.
El pueblo pobre trabajador encarna la resistencia. Anhela vivir bien, quiere desplegar su potencialidad, sus dones,aportar lo que tiene para un mundo más fraterno. Y en esa cultura que constituye el pueblo, hay que incluir los valores espirituales, que son fuente de su sentido, de su dignidad.
En el corazón de la cultura popular latinoamericana ciertamente están los valores cristianos. El modo de vivir la fe se da a través de lo que llamamos la religiosidad popular o, como dice el documento de Aparecida, la mística o espiritualidad popular, que nace en el bautismo13.
Esa mística popular tiene un gran potencial de santidad y de justicia social. Por eso si tenemos el anhelo de integrar estos barrios, como Iglesia no podemos descuidar la dimensión espiritual de las personas, no podemos descuidar la religiosidad de estos barrios, y no podemos dejar de ofrecer eso tan sagrado que tanto valora el pueblo fiel de Dios. Es decir, no podemos dejar de acercar el sacramento del bautismo, porque nuestro pueblo cree en ese Dios bautismal y bautizador.
Entonces, debemos estar atentos a la dimensión religiosa de las comunidades que servimos. Como dice el papa León XIV:
“La pobreza más grave es no conocer a Dios. Así nos lo recordaba el papa Francisco cuando en Evangelii gaudium escribía: «La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe» (n. 200).”14
Con frecuencia, en los barrios populares se reza ante la sagrada imagen del Crucificado, o de la Bienaventurada Virgen María, o de algún Santo querido. Se enciende una vela, y se pide lo que motiva la vida concreta, se reza. Se escucha así en los barrios populares la plegaria esperanzada por las 3 T.
2.3 La columna vertebral del desarrollo humano integral: Tierra, Techo y Trabajo (Las 3T)
El deseo de progresar del pueblo pobre trabajador se resume en el anhelo de vivir bien. Y la concreción de este deseo lo ha explicado Francisco al referirse a las tres T: Tierra, Techo y Trabajo. Son derechos sagrados. Tienen que ver con el destino universal de los bienes, y la posibilidad de disfrutar todos de esta casa común. Los vecinos y vecinas de los barrios populares lo expresan así: “Soñamos, una tierra para trabajar, para construir un techo, para cuidar una familia”. Por eso las tres T son la columna vertebral de lo que llamamos desarrollo humano integral.
Así alentaba Francisco a los movimientos populares:
“Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial. (…) Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las “tres T”. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!”15
Y el papa León XIV renueva el compromiso de una Iglesia que acompaña el plantar bandera por estos derechos sagrados:
“En la Exhortación apostólica Dilexi te quise recordar que «diversos movimientos populares, compuestos por laicos y guiados por líderes populares, […] han sido a menudo mirados con recelo e incluso perseguidos». Sin embargo, sus luchas bajo la bandera de la tierra, la vivienda y el trabajo por un mundo mejor merecen ser alentadas. Y así como la Iglesia acompañó la formación de los sindicatos en el pasado, hoy debemos acompañar a los movimientos populares. Esto significa acompañar a la humanidad, caminar juntos en el respeto compartido de la dignidad humana y en el deseo común de justicia, amor y paz. La Iglesia apoya sus luchas justas por la tierra, la vivienda y el trabajo. Al igual que mi predecesor Francisco, creo que los caminos justos parten de abajo y desde la periferia hacia el centro. Sus numerosas y creativas iniciativas pueden transformarse en nuevas políticas públicas y derechos sociales. La de ustedes es una búsqueda legítima y necesaria.”16
2.4 Sin dignidad humana en las fronteras.
Los barrios populares se forman por migración interna o de países vecinos. De modo distorsionado en medios de comunicación o en el decir de la gente se escucha “estamos llenos de extranjeros que nos quitan lugar y trabajo”. Lo advierte así la carta encíclica Fratelli Tutti:
“Para colmo «en algunos países de llegada, los fenómenos migratorios suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma». Los migrantes no son considerados suficientemente dignos para participar en la vida social comocualquier otro, y se olvida que tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona. Por lo tanto, deben ser«protagonistas de su propio rescate». Nunca se dirá que no son humanos, pero, en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos. Es inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad y estas actitudes, haciendo prevalecer a veces ciertas preferencias políticas por encima de hondas convicciones de la propia fe: la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno.”17
¿Dónde nace este rechazo? Muchas veces está en el hecho de que esos extranjeros son pobres. Y aquí se da la“aporofobia”, es decir el rechazo e incluso el odio al pobre. Se va generando un estilo de vida que cree que la solución son las ciudades amuralladas, eligiendo así quién es mi prójimo y quién no lo es.
Hay que redescubrir entonces la parábola del buen Samaritano que tan bellamente comenta Francisco en el capítulo II de Fratelli Tutti. El camino entonces no es levantar muros sino tender puentes, el camino es el amor fraterno que, vivido en comunidad, se rebela frente a las injusticias sociales. Y sostiene organizando la esperanza, que las tres T son un proyecto puente entre los pueblos.
2.5. Modos de abordar los barrios populares.
La erradicación, los desalojos violentos, han sido siempre una manera de querer ocultar la pobreza y querer “sacársela de encima”. El padre Carlos Mugica –un sacerdote referente en la historia de las villas porteñas-sostenía que no hay que erradicar las villas, sino la pobreza y la marginalidad. Se refería a la necesidad de cuidar la dignidad de esos vecinos y vecinas más pobres.
Hoy se habla más bien de urbanizar los barrios populares. Es un concepto que indica lo que la urbe, le puede dar a estos barrios populares. Si entendemos urbanización como acceso al agua potable, a cloacas, a electricidad segura, a conectividad de internet, a cercanía de una escuela, a un centro de salud, bienvenida sea esa urbanización.
No obstante, queremos elegir como abordaje superador el concepto de “integración socio-urbana”. Este proceso de integración supone como primer paso la escucha:
“Las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos. Sus cuestionamientos nos cuestionan.”18
Esta escucha implica reconocer al pueblo que vive en estos barrios como un sujeto colectivo, con su cultura, su lenguaje, su modo de razonar, sus ritmos, sus símbolos, es decir, respetar al otro en cuanto otro. ¿Qué queremos decir? La integración socio- urbana la entendemos bajo la categoría de cultura del encuentro. El encuentro de la cultura popular latinoamericana con la cultura urbana.
En este encuentro hecho cultura, los barrios pobres recibirán mucho, pero debemos reconocer que ellos ya aportan mucho, y pueden hacerlo mucho más.
A modo de ejemplo podemos enunciar:
-La vivencia de una esperanza cristiana que genera historia, porque sabe que Dios quiere la felicidad de sus hijos aquí en la tierra, porque Dios creó todas las cosas para que todos puedan disfrutarlas. Y esto porque se cree en la vida feliz del cielo.
-En muchos barrios populares, todavía se vive el espíritu del “vecindario”, donde cada uno siente espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino19. Se genera ese entramado de solidaridad que sabe hacerse cargo de situaciones de dolor y de deseos de vivir mejor.
-La capacidad de fiesta aún en medio de dificultades, y a través de ella, la posibilidad de conservar las raíces culturales, es decir aquello recibido de los mayores. Fiestas que se dan muchas veces en torno a la fe que se ha hecho carne y sangre en la cultura.
-En una gran ciudad aportan, junto a otros miles de mujeres y hombres, una fuerza económica insustituible, y dignificante: el trabajo. Sobre todo, en la construcción de nuestras casas, en la ropa que usamos, en las frutas y verduras que consumimos, incluso en el cuidado de nuestros enfermos y de nuestros mayores. Y con laboriosidad trabajan, con la ilusión de pasar del techo de chapa a la losa, para poder cobijar a hijos y nietos.
Por todo esto, para que se dé la integración socio-urbana es necesario un diálogo entre la cultura urbana y la cultura popular que se da en los barrios populares. Diálogo que por ser cultural es a la vez político y social. Y que concreta eso que dice Francisco:
“¡Que hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo!”20
La integración socio-urbana es entonces un desafío del mundo urbano que interpela a la Iglesia. Que Santa María de Guadalupe nos ayude a ser protagonistas de la cultura del encuentro en nuestras ciudades
Mons. Gustavo Carrara.
Arzobispo de LaPlata.
Presidente de Cáritas Argentina.