Skip to content Skip to footer

La paz desarmada: aspiración de la humanidad

Pbro. José Carlos Chávez

 

«Esta es la paz de Cristo, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante».

Primera bendición «Urbi et Orbi» del Santo Padre León XIV

 

La fórmula binaria de la “paz desarmada y desarmante” se ha convertido en una expresión programática del pontificado de León XIV. Este binomio fue presentado al mundo desde sus primeras palabras en el balcón papal y hoy constituye el tema oficial de la 59.ª Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2026). Su enseñanza propone una paz que no se apoya en armas amenazantes, sino en la fuerza interior capaz de abrir los corazones y disolver los conflictos desde lo profundo. Por eso es una paz desarmada en su origen, y desarmante en su poder transformador.

¿Qué significa “paz desarmada”?

 

La paz desarmada (shalom) es radicalmente distinta de la paz armada (eirene); representan dos lógicas completamente opuestas. La paz armada, expresada por el vocablo griego eirene, designa principalmente un estado de ausencia de guerra o un intervalo entre conflictos. Es la llamada pax romana sostenida por legiones armadas de espadas y lanzas, cuyo objetivo era mantener el equilibrio de las fuerzas contrarias, muchas veces mediante la imposición del poder imperial. Esta forma de paz eireneica se sirve de las armas para detener las hostilidades, porque concibe la guerra como un medio legítimo para imponer el orden.

 

 

Frente a esta visión de paz armada, el Concilio Vaticano II subrayó con firmeza que la verdadera paz no es simplemente la ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama “obra de la justicia” (Is 32, 7) y fruto de un orden querido por Dios para la familia humana». (Gaudium et Spes 78)

Esta perspectiva conciliar nos ofrece una comprensión más profunda y rica del concepto de paz, que se expresa plenamente en la palabra hebrea shalom. Este término no se limita a la no violencia, sino que remite a la plenitud de vida: salud, justicia, reconciliación, seguridad, fecundidad, y armonía en todas las dimensiones, tanto personales como comunitarias. Shalom significa vivir en paz con Dios, con los demás y con uno mismo, en un equilibrio integral que abraza la totalidad de la existencia.

Esta es, en verdad, la paz verdaderamente desarmada: no se impone mediante las armas, sino que se edifica asegurando condiciones de justicia, bienestar y desarrollo humano integral. Así lo expresó con claridad profética san Pablo VI al afirmar que «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz» (Populorum progressio 76).

El papa León XIV enseña que esta paz no se apoya en la lógica del equilibrio del terror, ni en la disuasión como principio estructurante. Por el contrario, se presenta como humilde, perseverante, y como un don del Cristo resucitado: “La paz esté con ustedes” (cf. Jn 20,19).

 

 

Jesús dejó a sus discípulos una paz que no se parece a la del mundo: “La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo” (Jn 14,27). Es una paz desarmada, como lo fueron su vida y su mensaje. Cuando Pedro intentó responder con violencia en el huerto, Jesús lo detuvo con firmeza: “Mete tu espada en la vaina” (Jn 18,11; cf. Mt 26,52).

La paz de Cristo es desarmada porque desarmada fue su entrega. No combatió con las armas del poder, sino con la fuerza del amor, en medio de circunstancias sociales, políticas y religiosas marcados por la violencia. Por eso, como cristianos estamos llamados a ser testigos proféticos de esta paz distinta, verdaderamente evangélica, sin olvidar que también la Iglesia ha sido cómplice de tragedias cuando se ha dejado seducir por la lógica del poder y la violencia.

Los cuatro pilares de la paz desarmada

El anhelo de paz habita en lo más profundo del corazón humano. Así lo expresó san Juan XXIII en Pacem in terris, al afirmar que «la paz constituye la suprema aspiración de la humanidad». Sin embargo, advertía con claridad que esa aspiración no puede sostenerse en meros deseos o buenas intenciones, necesita estar firmemente arraigada en cuatro condiciones esenciales: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

Con sabiduría profética, la encíclica delineó estas cuatro exigencias del corazón humano como pilares indispensables de una paz verdaderamente desarmada, una paz que encarna el shalom que Dios quiere para su pueblo:

La verdad será cimiento firme de la paz cuando cada corazón humano aprenda a reconocer, con rectitud y humildad, no solo sus derechos, sino también los deberes que lo unen a los demás.

La justicia levantará los muros de la paz cuando el respeto al otro deje de ser teoría y se traduzca en actos concretos, fieles al compromiso de dar a cada uno lo que le corresponde.

 

 

El amor será fermento de paz, cuando la gente sienta las necesidades de los otros como propias, cuando el dolor ajeno nos duela también a nosotros, y sepamos compartir con generosidad lo que somos y tenemos, especialmente los dones del espíritu.

La libertad hará florecer la paz cuando nuestras decisiones broten de la razón iluminada por el bien, y acojamos con valentía la responsabilidad de cada elección tomada.

En esta Navidad contemplamos que la paz desarmada nace humildemete en el pesebre de Belén. Allí viene al mundo el Príncipe de la Paz, no como un guerrero armado que instaura la paz mediante la fuerza. Sino que “El que es nuestra paz” (Ef. 2, 14), nace como un niño desarmado, fragil, pobre, pequeño y vulnerable. La paz veredadera nace sin armas, sin poder ni violencia, totalmente desarmada para desarmar nuestros miedos, violencias y corazas;  y para tocarnos el corazón. La ternura de este niño nos conmueve y nos llama a construir con perseverancia el shalom como fruto de una no violencia activa, sostenida por la fuerza transformadora de la caridad y la firmeza de la justicia.

 

 

*Puedes leer el mensaje de paz del papa León XIV aquí:

 

Leave a comment