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Sagrado Corazón de Jesús, corazón humano

 

Dra. Marcela Brito*

 

El calendario litúrgico nos ha traído, una vez más, a celebrar la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Si bien el origen histórico de esta evocación es relativamente reciente y su devoción es, quizá, una de las más generalizadas, su relevancia estriba en lo que actualiza: eso que trasciende más allá de una fecha o una imagen es la realidad del misterio de la unidad entre lo humano y lo divino, acontecido históricamente en Jesús de Nazaret.

Cuando decimos misterio, no hablamos de algo oculto, más allá del mundo, inasequible para lo humano, sino algo más simple pero no por ello menos fundamental para la vida, y es el hecho inconcuso del amor de Dios expresado en todos los órdenes de lo creado y humanizado en la realidad de Jesús, por una parte, y radicalizado en la realidad de Cristo como concreción de la mayor libertad con la que ese amor se ha entregado desde el principio, por la otra (Jn 1,1-4; 3,16).

Contemplar el misterio del Sagrado Corazón de Jesús es un recordatorio de que no caminamos solos en la vida, que somos escogidos y amados, y que somos llamados a convertirnos transformando el corazón para que también encienda el fuego que ardió en el corazón de Jesús, y seamos fuego que enciende otros fuegos.

Contemplar el misterio del corazón de Jesús implica intentar ahondar en lo más profundo de la condición humana, constitutivamente finita, y en la capacidad inagotable del amor divino, que es por definición absoluto: en esto radica que sea misterio, porque no es algo que se traduzca fácilmente en palabras o que a primera vista pueda tener sentido dentro de la lógica estrecha a la que acostumbramos reducir todas las cosas, sino algo que se siente, se ve, está ahí como la huella del paso del Señor por la propia vida. Esta huella no es vestigio de un hecho pasado, al contrario, es presencia activa cuyo contenido es inagotable, novedoso, renovador de todo lo que somos.

 

 

El corazón de Jesús nos invita a no temerle al misterio, sino a dejarnos impulsar por él para salir al encuentro de los demás, para entregarnos, servir y compartir en la alegría y el dolor, porque en ello trascendemos desde lo cotidiano mostrando esta presencia del amor que él mismo mostró con su vida, obra y muerte en cruz. Desde este impulso, el amor no se entiende como emoción que se agota en la contemplación misma o en el recuerdo conmemorado en una fecha —aunque esto sea valioso para darnos cuenta de que no estamos solos en el caminar con el que se hace la propia vida: es Jesús el compañero y guía de camino—, sino como una forma de ver, sentir y actuar que puede configurar la totalidad de nuestra existencia si así lo escogemos, respondiendo desde la libre aceptación al acto fundante de él escogiéndonos y amándonos primero (1Jn 4,19).

La radicalidad de este acto de amor primero se ilustra con la imagen del corazón en llamas que, como recuerda el Papa Francisco, también nos pone frente al Espíritu Santo que consuela con luz y claridad en nuestra vida, por ello, manifiesta al mismo tiempo la presencia viva de Dios como padre y madre; es decir, el corazón de Jesús nos coloca ante la unidad del mismo misterio Trinitario (DN, 70-77) que está siempre presente y en búsqueda de buenos y malos por igual para amarlos y transformarlos desde lo más hondo del corazón (Mt 5,45). El mayor amor manifiesta la mayor libertad y plenitud que viene del exceso que es Dios Uno y Trino realizado históricamente en Jesús, así como el amor y la libertad de los que también somos capaces con fallas, defectos o arrepentimientos incluidos.

Desde el corazón de Dios y el corazón humano, unidos en la vida de Jesús, experimentamos que el amor no es forzoso porque no surge de una “falta” constitutiva o de alguna “necesidad” intrínseca a Dios o al mundo; es, por el contrario, la máxima expresión de la plenitud y la vida, por ello ni el pecado ni la muerte tienen poder alguno para anularlo (Cant 8,6; 1 Pe 4,8). Así, el amor, del cual Jesús es modelo para la humanidad, es don que se entrega y acepta libremente y, por esta razón, es lo más sublime y divino, pero también lo más humano y concreto.

El amor puede ser inagotablemente entregado y aceptado porque brota de esa fuente que ya hemos llamado corazón.

El corazón, nos dice Francisco, es el centro de la vida y la unidad que hay entre lo más íntimo y verdadero de cada ser humano; es el lugar en el que somos más auténticamente y desde el que salimos al encuentro de los demás y es por ello lo más abierto y disponible para otros desde nosotros mismos (DN, 3-8).

Pero esto no equivale a que la vida se reduzca literalmente al corazón y que todo lo demás salga “sobrando”, como si el sentimiento interior y subjetivo fuera el único criterio de la verdad, o como si la razón o el entendimiento en nada abonaran a la verdad que manifiesta la capacidad de amar. Así como el corazón de Jesús expresa la unidad de la trinidad en su propia vida, y por ello la presencia de Dios con nosotros, también nos muestra cómo el amor es algo que abarca a toda la persona, envolviendo todo lo que piensa, siente, decide, hace; todo lo que, en definitiva, vive.

El amor es una elección que debemos asumir libremente para vivir según esa imagen y semejanza que podemos tener con Dios (Mt 5,43 y ss.), que es el contenido del mensaje de la Buena Noticia contenida en el ministerio de Jesús: se elige el servicio, la entrega, la solidaridad, la denuncia, el anuncio, porque amamos y en ello radica la disponibilidad para dar la vida por los que se aman (Jn 15,13) desde las obras concretas cuyo contenido dependerá de la situación en la que nos encontremos. En Jesús, su libertad fue tan radical, que incluso su muerte fue una expresión del misterio de ese amor extremo, plasmado incluso en el último instante de su condición humana donde se entregó hasta el final (Jn 19,33-34).

 

 

Así, contemplar el misterio del Sagrado Corazón de Jesús es un recordatorio de que no caminamos solos en la vida, que somos escogidos y amados, y que somos llamados a convertirnos transformando el corazón para que también encienda el fuego que ardió en el corazón de Jesús, y seamos fuego que enciende otros fuegos.

*Catedrática de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas»

 

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