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La vida ¿problema o misterio? sobre Magnifica humanitas

 

Andrés Arce

 

Aproximadamente cien años antes de que usted leyera estas palabras, el filósofo francés Gabriel Marcel discutía sobre la distinción entre entender la vida humana como un problema a ser resuelto o como un misterio a ser experimentado. La pregunta, aunque date ya de un siglo, se mantiene relevante porque toca el corazón de un abanico de otras preguntas que, todavía más antiguas que la formulación de Marcel, se han agudizado con la modernidad: la pregunta por la orientación de la acción, por el sentido de la existencia, por la importancia de la dignidad humana. Esta última es el eje de la primera encíclica publicada por el papa León XIV.

Se trata de un tema central, urgente, que constituye uno de los pilares del cristianismo y que hoy en día se ve puesto en jaque por fenómenos sin precedentes. En este primer cuarto del siglo XXI, la persecución a migrantes, la discriminación racial, la precarización económica, la devastación ecológica y la normalización de discursos de odio han aumentado exponencialmente, y de forma destacable en las regiones del mundo que todavía insisten en presentarse como más civilizadas. Hemos incluso, en un proceso que abarca todos los puntos recién mencionados, presenciado lo que probablemente sea el genocidio más documentado de la historia, ante la patente indiferencia o a veces el beneplácito de la mayoría de los líderes políticos mundiales. Es en este turbio momento de la historia que León XIV lanza su llamado a repensar el rumbo en que las élites globales están llevando a la humanidad y al planeta entero.

 

 

Si, como afirma León XIV, la búsqueda de la justicia social es una forma concreta de seguir a Jesús, la pregunta por los vínculos sociales es también una pregunta por la vida cristiana. Es aquí donde se sitúa su crítica a la escalada de deshumanización que ha caracterizado al capitalismo tardío. A partir de la idea de que los humanos tenemos una dignidad ontológica irreductible, es decir, una dignidad que es parte de nuestro ser y no necesita justificarse con nada, el pontífice denuncia la creciente objetivación de hombres y mujeres, que bajo la “lógica del lucro” son reducidos a meras cifras que alimentan algoritmos con su fuerza de trabajo y de consumo. La reivindicación de la doctrina social de la Iglesia se vuelve así un llamado de atención sobre lo que León XIV llama “las nuevas formas de esclavitud”, así como sobre la peligrosa niebla que comienza a recubrir la memoria del siglo pasado y el cada vez más urgente clamor de los pobres, dónde hace algunas décadas Jon Sobrino reconoció a los crucificados de la historia.

La encíclica es un alegato por la dignidad humana, la justicia social y la democracia. Palabra esta última que, convertida en justificación del imperialismo por ciertos poderes hegemónicos contemporáneos, es reubicada por el Papa como proyecto político que pone al ser humano al centro, en oposición a la tecnocracia que busca maximizar las ganancias en un modelo de crecimiento abstracto, infinito y concentrado en una elite cada vez más alejada de la realidad del resto del planeta. En el ataque a la tecnocracia encontramos, a mi juicio, dos aspectos medulares. El primero es la advertencia que hace León XIV sobre la manera en que las nuevas tecnologías, particularmente la inteligencia artificial, aumentarán las desigualdades estructurales, de por sí ya abismales, que aquejan a las sociedades de nuestros tiempos. Si la inteligencia artificial representa un parteaguas en la producción y reproducción de la riqueza, los beneficios que traerá no se repartirán en la humanidad en general ni en los millares de trabajadores anónimos que alimentan los modelos de lenguaje, sino que se concentrarán en las manos de quienes han financiado y patentado sus usos. Se trata de un grupo, como sabemos, sumamente reducido, que deja a la inmensa mayoría de la humanidad en situación de precariedad laboral, económica e incluso existencial en tanto que niega la posibilidad de participar en la construcción política del devenir de la cultura.

 

Papa Francisco en su visita a Belén.

 

El segundo aspecto es la denuncia de la supuesta neutralidad de la técnica, erigida en auténtica bandera de la revolución civilizatoria que trae la IA. Ninguna tecnología es neutral, y estos grandes modelos de lenguaje no son la excepción. Las inteligencias artificiales son reflejos de los sistemas de valores con los que son desarrolladas y nutridas, convirtiéndose más en espejos de ciertas formas de entender el mundo que en evaluadores objetivos de una realidad que, reducida a variables formales, se quiere imparcial. Filósofos como Shannon Valor o Mateo Pasquinelli han mostrado cómo las IAs son construcciones políticas tanto en su estructura general como en sus efectos particulares, que van desde discriminación laboral en procesos de reclutamiento hasta la selección de objetivos militares. Un ejemplo macabro de esto último está en el software israelí Where’s Daddy?, que busca aumentar la eficacia del exterminio al atacar a combatientes enemigos cuando se encuentran en casa con sus familias.

Al señalar las múltiples heridas abiertas por el modelo tecnocrático, León XIV no está lejos de Gabriel Marcel y su crítica a la comprensión de la vida humana como un problema que debe ser resuelto. Pues la “visión antihumana” denunciada en la encíclica está estrechamente vinculada con el proceso que reduce a todo lo existente, incluyendo a los seres humanos, a meros “datos” en un sistema de información. La humanidad pasa de ser el sujeto a ser el objeto de la tecnología, presa ella misma de la obsolescencia programada que mueve al sistema económico que cristaliza en la técnica contemporánea. La consecuencia más radical de este fenómeno está en el uso bélico de las tecnologías más avanzadas, promovido por empresas transnacionales como Palantir y ampliamente denunciado por el Papa. Su llamado al desarme, en una época en la que las víctimas de la guerra no son más que “daños colaterales”, busca devolverle el rostro humano a la conceptualización de los problemas políticos, hoy casi reducidos a problemas numéricos a ser resueltos por algoritmos. El redituable negocio de la guerra perpetua y la apuesta tecnocrática por los supuestos “agentes morales artificiales» son así desenmascarados como parte de una forma de dominio basada en la acumulación de fuerza y riqueza que permite el modelo de desarrollo en boga.

Magnifica humanitas es una defensa del ser humano. Pero no del ser humano abstracto y convertido en comodín retórico de cualquier proyecto político. Se trata del ser humano concreto, históricamente situado, la carne sufriente y explotada en un planeta al borde del colapso. Y esta defensa de la humanidad es también una defensa del planeta que le da hogar, hoy asolado por una devastación sin precedentes, que pone en jaque nuestra propia supervivencia junto con la de miles de especies. Si la respuesta de la tecnocracia es una apuesta por la superación de lo humano a través de la técnica y la radicalización del capitalismo, León XIV defiende una idea de lo más que humano que no busca anular nuestra interdependencia, sino profundizar en ella reconociendo nuestra vulnerabilidad y necesidad de relación. Si bien la centralidad de nuestra especie necesita urgentemente ser repensada ante la crisis ecológica que nos envuelve, la defensa de la dignidad humana, con todo lo que tiene de irreductible y misterioso, constituye un momento imprescindible de la defensa de la vida en la Tierra. Vida hoy amenazada por el culto a un valor abstracto que solo busca autovalorarse, donde Bolívar Echeverría vio al verdadero dios de la modernidad capitalista y que hoy impulsa el más mortífero proyecto de civilización que hayamos conocido: el de una escatología sin redención.

 

Fenómeno climático de «El niño» en el océano Pacífico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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