Edgar Pérez
Hay momentos en la vida que parecen muy breves y, sin embargo, terminan cambiándolo todo. A veces la conversión comienza así, no con una gran decisión ni con una experiencia extraordinaria de Dios, sino con algo que trastoca nuestra manera de mirar.
En la vida de Francisco de Asís solemos recordar el momento en que renunció a los bienes de su padre, se despojó de sus vestidos delante del obispo y decidió abrazar una vida pobre. La escena es fuerte y, de alguna manera, ha quedado grabada en nuestra memoria cuando pensamos en él. Sin embargo, su conversión había comenzado antes.

Había comenzado con un leproso.
El mismo Francisco, cuando años después quiso recordar lo que Dios había hecho en su vida, no comenzó hablando de la pobreza ni de la fraternidad que había fundado. En su Testamento escribió algo mucho más sencillo cuando dijo que «El Señor mismo me condujo entre ellos y practiqué con ellos la misericordia».
Hablaba de los leprosos, aquellos hombres que antes le provocaban rechazo y de quienes había preferido mantenerse lejos.
En esta confesión se deja ver el talante humano de Francisco cuando reconoce que hubo personas cuya presencia le resultaba desagradable. No intenta embellecer su pasado ni presentarse como el santo que siempre había amado a los pobres. Los leprosos le resultaban amargos y seguramente, como tantos hombres de su tiempo, había aprendido a evitar su presencia; hasta que un día dejó de hacerlo.
Las biografías de Francisco hablan del encuentro con un leproso y del beso que le dio. No sabemos exactamente todo lo que ocurrió en su interior, pero Francisco sí nos dejó una pista preciosa cuando dijo que después de aquel encuentro, lo que antes le parecía amargo se convirtió en «dulzura del alma y del cuerpo».
Creo que allí comenzó verdaderamente su pobreza.
No cuando dejó el dinero, sino cuando dejó de mirar al leproso desde lejos. Porque después de acercarse a él ya no pudo mirar su propia vida de la misma manera. Sus riquezas, sus sueños de caballero, la posición de su familia y aquella vida que hasta entonces había deseado comenzaron a tener otro peso. Había descubierto un mundo que siempre había estado allí, aunque él no quisiera verlo.
Esto es importante porque algunas veces hemos convertido la pobreza de Francisco en una especie de desprecio por las cosas materiales, como si ser cristiano significara simplemente poseer menos.
Pero Francisco no se hizo pobre porque descubriera que las cosas eran malas. Se hizo pobre porque descubrió al hermano, y cuando uno descubre verdaderamente al hermano, ciertas cosas comienzan a sobrar.

El Evangelio tiene mucho de esto. Jesús no contempla el sufrimiento desde lejos. Se acerca al enfermo, toca al leproso, come con quienes eran considerados pecadores, se deja interrumpir por el ciego que grita junto al camino y permite que una mujer considerada impura toque su manto. Hay en Jesús una manera muy particular de relacionarse con el dolor humano: acorta las distancias.Lo que sucedió con aquel leproso no fue solamente un gesto de solidaridad; fue una experiencia de Dios.
En aquella carne enferma, rechazada y puesta fuera de la ciudad, Francisco comenzó a comprender algo del Evangelio que no había aprendido de la misma manera desde la comodidad de su casa.
Aquí la experiencia franciscana toca una intuición que muchos siglos después sería muy importante para la teología latinoamericana, que los pobres más allá de ser destinatarios de la caridad, son desde ellos donde Dios se revela él mismo y nos revela algo de nosotros mismos.
Gustavo Gutiérrez insistió en que la opción por los pobres nace, antes que nada, del Dios de Jesucristo. No es simplemente una sensibilidad social ni una estrategia pastoral. Si Dios escucha el clamor del pobre, la comunidad cristiana no puede construir su vida permaneciendo indiferente ante ese clamor.
El santo de Asís lo entendió no desde una reflexión académica, sino desde un encuentro. Eso me parece especialmente importante en nuestro tiempo porque nosotros también hemos aprendido a mirar desde lejos. Vemos imágenes de guerras mientras comemos; conocemos las cifras de pobreza, escuchamos hablar de migrantes, desaparecidos, enfermos, ancianos abandonados y familias que no tienen lo suficiente para vivir. Sabemos muchas cosas sobre el sufrimiento, quizá más que ninguna generación anterior, porque todos los días llega hasta nuestras pantallas.
Y, sin embargo, saber que alguien sufre no significa necesariamente habernos acercado a él. También nosotros podemos acostumbrarnos.
Podemos hablar de «los pobres», «los migrantes», «los indígenas», «los desaparecidos» o «los enfermos» y, sin darnos cuenta, convertir personas concretas en categorías. El problema comienza cuando conocemos perfectamente el nombre del problema, pero desconocemos el nombre de quien lo padece.
Francisco tuvo que acercarse.
Tuvo que descubrir que debajo de las heridas del leproso había un hombre. Sólo entonces aquello que le resultaba amargo comenzó a convertirse en otra cosa.
Quizá por eso su gesto sigue siendo incómodo después de ocho siglos. Porque resulta mucho más sencillo admirar al poverello de Asís que repetir su camino. Podemos colocar su imagen junto a los animales, bendecir nuestras mascotas el día de su fiesta y cantar el «Cántico de las criaturas»; todo ello tiene sentido, pero corremos el riesgo de olvidar que antes del hermano sol y la hermana luna estuvo aquel hermano cuyo cuerpo Francisco no quería tocar.
La fraternidad universal comenzó allí.
No en una idea hermosa sobre la creación, sino en la decisión concreta de acercarse a alguien que había sido excluido.
Francisco eligió la pobreza, pero nunca deberíamos convertir la miseria en un ideal cristiano. Una cosa es renunciar libremente a aquello que poseemos para vivir con mayor libertad y fraternidad, y otra muy diferente es carecer de alimento, vivienda, salud o posibilidades para sacar adelante a una familia. La pobreza que destruye al ser humano no necesita ser bendecida; necesita ser transformada.
Francisco eligió hacerse menor para poder encontrarse con los menores.Hablamos mucho de lo que Francisco abandonó, de sus riquezas, de la casa de su padre, de su posición social. Tal vez deberíamos preguntarnos primero qué fue lo que encontró.
Encontró un rostro.
Después vino todo lo demás.

