«La alegría del Evangelio llena el corazón
y la vida entera de los que se encuentran con Jesús»
Evangelii Gaudium 1
Horacio Hernández Arroyo , csj
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28b). Así saluda el ángel Gabriel a la joven María, según el relato del evangelista Lucas. Así inicia la primera parte del Avemaría que se repite durante el rezo del Rosario. Esto significa que el Rosario es, ante todo:
1) el anuncio de una Buena Noticia, Jesús, al mismo tiempo que 2) la contemplación del misterio de liberación llevado a cabo por Él; más aún, es 3) oración que lleva a reconocer que Dios camina con su pueblo, «ahora y en la hora de nuestra muerte».
Como se verá, más que hacer un recorrido del desarrollo histórico de la devoción del Rosario, en las siguientes líneas me detengo a analizar concisamente el lenguaje del que se vale el Avemaría para comunicar aquella Buena Noticia de alegría que se convertiría posteriormente en compromiso por el Reino de Dios predicado por el Profeta de Nazaret.
En la primera parte del Ave María rezamos: «1) Alégrate, María, llena de gracia, 2) el Señor está contigo. 3) Bendita tú entre las mujeres y 4) bendito el fruto de tu vientre, Jesús». Luego de confiarnos a la paternidad de Dios –que posee igualmente rasgos abundantes de maternidad– con la oración del Padrenuestro, procedemos a recordar el anuncio del ángel Gabriel a María. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Alégrate, más que el tradicional Dios te salve, pues el saludo anticipa la alegría de la Buena Noticia que está a punto de anunciarse. Antes de extenderle a María la invitación a colaborar en el proyecto de liberación para la creación, Dios, a través de Gabriel, le confirma su presencia («el Señor está contigo»). Porque, como bien lo dicen las personas familiarizadas con la acción del Espíritu en sus vidas, toda invitación a la relación de parte de Dios se sostiene sobre la confianza en su presencia amorosa.

A continuación, a la fórmula se añade el saludo de Isabel, anciana encinta que recibe la visita de la joven de Nazaret. «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, [Jesús]». Bendita ella por creer, pero especialmente por su sí al Dios de la vida en abundancia que la llamó a ser agente de liberación. Esto se traduce en bendición para todas las mujeres. De hecho, bendecir a María en el rezo del Rosario es esperar que la alegría que le es anunciada pueda ser a su vez la alegría de la Buena Noticia para todas las mujeres, luchando para que por fin sean erradicadas prácticas de discriminación, opresión y violencia en contra de ellas. Confirmación de semejante bendición es la bendición del niño que se está gestando en el vientre de la «sierva del Señor». En efecto, si tiene algún sentido el rezo del Rosario, no como mero acto de devoción sino como oración de confianza en Aquél que «hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece [en cambio] a los humildes», se debe al hecho de que el misterio que se contempla es el misterio de liberación realizado en Cristo. En palabras del papa Francisco, el anuncio de la Buena Noticia tiene como «centro y esencia […] el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado» (EG 11).
En la segunda parte del Ave María rezamos: «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». Aquí, pasamos del elogio de aquélla cuyo «espíritu se alegra en Dios [su] salvador» a la súplica. Antes de cualquier petición, reconocemos a la madre como madre de Dios. Obviando la historia del dogma de la Theotokos (Madre de Dios), cabe señalar que el reconocimiento que hacemos de la joven madre como madre de Dios ha de tener como fundamento la fe en el Dios de Jesús: «Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre de ustedes» (Lc 6,36); «¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla!» (Lc 10, 21b);
«Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,23b-24). No basta, pues, proclamar que María es madre de Dios; la súplica que a ella dirigimos siempre tiene que ir acompañada de la verificación de nuestra fe en el Dios de Jesús: ¿es el Dios en el que creemos el Dios compasivo que va en busca de la oveja perdida? ¿Es el Dios cuyo nombre santificamos el Dios de la vida que está del lado del huérfano, la viuda y el forastero? ¿Es el Dios a quien llamamos Padre el Abba de Jesús cuyo Espíritu ha ungido al Hijo «para que dé la Buena Noticia a los pobres, […] anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4,18)?
Que ruegue «por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», así le decimos al final de la plegaria. Surge la conciencia de que no siempre elegimos al Dios de la «vida en abundancia»; la conciencia de que, cotidianamente, «erramos el blanco»; la conciencia de que, con frecuencia, nos vamos de casa y malgastamos en tierra extranjera nuestra herencia. Recordamos, entonces, que el Dios al que rezamos es el Dios de la historia, el Dios que camina con su pueblo, el Dios que escucha el clamor de la creación que «está gimiendo con dolores de parto», lo que nos lleva a confiarnos a la promesa de que él estará con nosotros siempre, «hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Sin embargo, para que esa promesa pueda ser acogida realmente, es preciso decir con María, «que se cumpla en mí tu palabra», de ahí la necesidad del «Amén» con el que concluimos la plegaria.

No es suficiente el deseo de Dios de liberarnos de las cadenas del egoísmo, la devoción superficial y la dureza del corazón al que tendemos cuando negamos la dignidad e integridad del otro. El valor de la devoción al Rosario radica precisamente en el hecho de que nos devuelve a Jesús, el fruto bendito de su vientre, pues Él es el misterio de liberación que contemplamos cuando rezamos a la llena de gracia. Más aún, si a través de la oración del Rosario reconocemos la presencia del Señor en la vida de María es porque estamos dispuestos a colaborar también nosotros en el plan de Dios que desea reinar amorosamente en la creación con su paz y su justicia. Solamente así puede el Rosario llevarnos a la auténtica alegría, esto es, al encuentro con el Ungido del Padre.
