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La muerte nos enseña a vivir

 

El Día de Muertos nos enseña a hablar de nuestra propia muerte sin miedo y a recordar a quienes se fueron sin quedarnos atrapados en la tristeza.

Alfonso Dávila de la Torre*

Grupo Paix

Pones su foto en el altar. Le sirves el café como le gustaba, con su pan al lado, y de pronto te das cuenta de que ya pasaron años y te duele igual que el primer día. O al revés: casi no lo recuerdas, y eso te da culpa.

Los mexicanos tenemos con la muerte una relación curiosa. Le escribimos calaveritas, le ponemos altar y nos comemos su pan, pero en la sobremesa no somos capaces de hablar de la nuestra. “Ay, no digas eso.” “Toco madera.” “Ni lo mande Dios.” Y luego llega, porque siempre llega, y nos encuentra sin haber dicho lo que importaba.

Llevo más de veinticuatro años acompañando a personas y familias, y cada noviembre me sorprende la sabiduría que guarda nuestra tradición. La ofrenda mira la muerte desde dos lados: la de quienes amamos y, si la dejamos hablar, también la nuestra.

La ofrenda se pone y se levanta

Fíjate en algo sencillo. La ofrenda se pone en una fecha y se levanta en otra. Durante unos días se recuerda con todo: la foto, las velas, la comida, el cempasúchil, el agua. Después se guarda hasta el año siguiente. Eso es lo que necesita un duelo sano: un lugar y un tiempo para el recuerdo, que no se coma el resto de la vida.

Tampoco se hace solo con tristeza. Se hace con cariño, con detalle y a veces con risas: “A mi abuelo ponle su cerveza, que si no se enoja”. Se dicen los nombres en voz alta. Los niños preguntan quién es el de la foto y alguien les cuenta. Así se recuerda a la persona completa. Cuando un duelo se atora, casi siempre nos quedamos pegados al final: al hospital, a la llamada, a la despedida que no hubo. Y esa persona era mucho más que su último día.

Cuando el recuerdo detiene la vida

Extrañar no es un problema. Que se te salgan las lágrimas cuando suena su canción, o que todavía busques su número en el teléfono, es amor que se quedó sin a quién darse. No hay nada que arreglar ahí. Es entendible.

El problema empieza cuando la vida se queda en pausa. Su cuarto sigue intacto y nadie se atreve a tocarlo. En la familia nadie lo nombra, o nadie puede nombrarlo sin derrumbarse. La culpa regresa cada noche con su “¿y si hubiera…?”. O aparece una idea que casi nadie confiesa: si dejo de sufrir, es que ya no lo quiero. Como si el dolor fuera la prueba del amor. No lo es.

El duelo no tiene plazo fijo, y el primer año suele ser el más duro, porque todo pasa por primera vez sin esa persona. Lo que importa es si el dolor se mueve, aunque sea despacio, o si se quedó congelado. Recordar es amar, pero el amor no te pide que te quedes a vivir en el dolor.

A veces pesa más porque la relación fue difícil: un papá que tomaba, una mamá dura, un hermano con el que nunca hubo paz. Le quisiste y te hizo daño, y las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Si todavía no estás listo para poner su foto, no la pongas; rezar por esa persona a solas también es una ofrenda. Y el perdón, cuando llegue, será un camino y no un trámite.

El otro lado del altar

Frente al altar pensamos en los que se fueron. Casi nunca en que un día nuestra foto también va a estar ahí.

El miedo a la muerte rara vez es uno solo. Hay quien teme al dolor y a convertirse en una carga; eso se calma con información y con decisiones tomadas a tiempo. Otros temen dejar solos a los suyos, y eso pide orden y conversaciones. Está el miedo a lo que no se resolvió, el perdón que no pediste o la vida que no viviste, que se trabaja reconciliándote hoy. Y está el miedo al después, que es terreno de la fe.

Cuando la muerte no se habló a tiempo, las consecuencias aparecen en el peor momento: hermanos que discuten en el pasillo de un hospital si intubar o no a su papá, sin que nadie sepa lo que él quería, porque nunca se le preguntó; papeles que nadie encuentra; despedidas que no ocurrieron “para no preocuparla”. Hablar de la muerte no la adelanta. Lo único que adelanta es la paz.

Imagina a una señora que espera a que sus tres hijos terminen de poner la ofrenda de su esposo. Entonces saca una carpeta: “Aquí están mis papeles. Y aquí escribí lo que quiero, por si un día no puedo decirlo”. “Ay, mamá, no digas eso.” “Lo digo porque los quiero, y no quiero que se peleen por adivinar.” Luego, uno por uno, les dice lo que le agradece. Seguramente lloran todos. Y es muy probable que, con los años, alguno recuerde esa tarde como la plática más bonita que tuvo con su mamá.

San Ignacio conocía la fuerza de esta mirada. Para las decisiones importantes, en los Ejercicios propone imaginarse en la hora de la muerte y preguntarse qué querría entonces haber elegido [EE 186]. No es un recurso para asustar. Desde el final, lo urgente se achica y lo importante se ve clarísimo. Haz la prueba: ¿qué harías distinto si te quedara un año? Casi nadie contesta que trabajaría más o que ganaría más discusiones. Casi todos piensan en llamar a un hermano, en pasar más tiempo con los suyos, en reconciliarse con alguien, en rezar más tranquilos. Y entonces viene la pregunta que importa: ¿por qué esperar?

La muerte no tiene la última palabra

A veces la fe se usa para no hablar: “Ya está con Dios, no llores”. La esperanza cristiana no niega el dolor. Jesús se echó a llorar frente a la tumba de su amigo Lázaro, aunque sabía lo que iba a hacer (Jn 11,35). La noche antes de morir, en el huerto, sintió angustia y pidió al Padre que, si era posible, pasara de él aquella copa (Mt 26,38-39). Tener miedo no es falta de fe.

Lo que la fe afirma es que la muerte no tiene la última palabra. Jesús lo dijo discutiendo sobre la resurrección: Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven” (Lc 20,38). Por eso la Iglesia habla de la comunión de los santos, que nos une a los que ya están con Dios, a los que todavía se purifican y a los que seguimos aquí. Rezar por nuestros difuntos es seguir amándolos de la manera en que ahora se puede, y el Catecismo enseña que esa oración les ayuda y hace eficaz su intercesión por nosotros (CEC 958).

San Pablo, preso y sin saber si saldría con vida, escribió: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21). San Francisco de Asís, cerca de su final, alabó a Dios por la “hermana muerte corporal” en su Cántico de las criaturas. Ninguno de los dos despreciaba la vida. La amaban tanto que ya no tenían miedo de perderla. Esa libertad es la que Ignacio pide en el Principio y Fundamento, cuando invita a no querer de nuestra parte más “vida larga que corta”, sino lo que más nos conduce a Dios [EE 23].

Una memoria agradecida

Ignacio pedía empezar el examen de cada día dando gracias por los beneficios recibidos [EE 43], y al final de los Ejercicios invita a traerlos a la memoria para ponderar con afecto cuánto ha hecho Dios por nosotros [EE 234]. La ofrenda puede vivirse así. Cada foto del altar es un beneficio recibido, y los platos recuerdan las mesas que compartimos. Cuando el recuerdo pasa por la gratitud, el dolor encuentra su tamaño, y muchas veces llega una paz que Ignacio llamaría consolación.

Este año, cuando pongas el altar, deja que hable. Di los nombres, cuenta una historia, reza un Padre Nuestro por cada uno. Y cuando lo levantes, hazlo con un gesto: una oración, un “gracias”, un momento de silencio. El recuerdo se queda aunque la ofrenda se guarde, porque los que amamos no se van del todo: se quedan en lo que nos enseñaron a ser, y algún día también nosotros nos quedaremos así en quienes vienen detrás.

 

 

Dos ejercicios para estos días

La ofrenda que habla (los que ya se fueron)

Basta una foto y una vela. Contesta por escrito, con calma, y luego comparte una de tus respuestas con alguien.

  1. La foto: ¿quién era, de verdad? Tres cosas que querías de esa persona y una que te costaba.
  2. La vela: ¿qué de ella sigue encendido en mí? Una frase, una costumbre, un valor.
  3. Su comida favorita: ¿qué compartíamos? Un momento concreto para agradecer.
  4. El cempasúchil: ¿qué le quiero decir que no le dije? Escríbelo como una carta.
  5. El agua: ¿qué necesito soltar? Una culpa, un enojo, un “si hubiera”, o el permiso de volver a estar contento.

La conversación pendiente (para cuando sea mi partida)

Escríbela antes de tenerla. No tienes que decirla toda el mismo día.

  1. Lo práctico, dicho con amor: dónde están tus papeles, quién decide por ti si un día no puedes, qué tratamientos quieres y cuáles no, cómo quieres tu despedida. La voluntad anticipada existe en muchos estados; pregunta en una notaría o en tu institución de salud.
  2. Lo que quiero que sepan: lo que les agradeces, lo que te enorgullece de ellos.
  3. Lo que necesito pedir o dar: un perdón, una explicación, algo que reparar.
  4. Lo que les deseo: tu bendición y el permiso de ser felices cuando ya no estés.

Empieza en un momento tranquilo, nunca en un hospital: “Quiero hablarles de algo que me da paz dejar hablado”. Si no quieren escuchar, deja la puerta abierta y escríbelo; una carta guardada con tus papeles también es una conversación.

Un cuidado: si el dolor no te deja comer, dormir, trabajar o tener ganas de vivir, o si a veces piensas en quitarte la vida, no lo cargues a solas. Busca hoy a alguien de confianza o a un profesional; pedir ayuda no es falta de fe. La Línea de la Vida atiende gratis, las 24 horas, en el 800 911 2000.

*Alfonso Dávila de la Torre es fundador y director de Grupo Paix. Desde hace más de veinticuatro años acompaña procesos de crecimiento humano y espiritual, integrando la fe, la psicoafectividad, la Gestalt y la terapia familiar sistémica. Conduce el canal de YouTube “Tiempo de Coincidir”. grupopaix.org

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