Comentario a la Carta Apostólica del Papa León XIV
“sobre la importancia de la Arqueología”
con motivo del centenario del Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana
Dr. Jorge Piedad Sánchez*
Importancia de la arqueología
La arqueología nos brinda toda una copiosa e imprescindible serie de elementos para entender la historia antigua. A través de ella, conocemos la realidad del lugar donde se desarrollan los hechos, las ciudades y lugares que determinan la forma concreta y precisa en que éstos sucedieron, el aspecto material de las casas donde vivía la gente, el ajuar que constituía su patrimonio, los vestidos y adornos que llevaban las personas, los objetos de la vida cotidiana, las vías de comunicación, sus ritos funerarios, sus tumbas, etc. Además, la arqueología puede eventualmente descubrir inscripciones, donde aparezcan datos nuevos sobre personas o hechos que ayuden a comprender mejor los elementos aportados por las fuentes puramente literarias. A la historia, sin la ayuda de la arqueología, le falta el calor de lo cotidiano y el contacto directo con la realidad, pero la arqueología sin la historia -es el caso de la prehistoria- carece en buena medida del trenzado de los hechos y sus causas, así como de la identificación de personas con su vida y sus nombres.

La arqueología como escuela de encarnación
Sin duda, esta afirmación es la clave para comprender el trasfondo teológico del Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, porque la Revelación se encarna en la historia de la humanidad. Pues, la Revelación, el Encuentro de Dios con la humanidad, se ha realizado por obras y palabras que, constituyen la historia de la salvación tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El hecho de que la Revelación sea histórica se puede entender de múltiples formas (cfr. DV 1.2.4.7.8.17.18):
a) Histórica porque la historia es el escenario de la Revelación, es decir, ésta se realiza en un tiempo y en un lugar muy concreto.
b) Porque el objeto de la Revelación y de la fe es histórico. Las confesiones de fe proclaman hechos. Por ejemplo, Dt 26,5-10: “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto…” 1Cor 15,1-8: “… Porque les transmití lo que a mi vez recibí, que Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras; que fue sepultado…”
Nosotros creemos en hechos históricos reales y visibles a lo largo de los testimonios que nos heredaron nuestros primeros hermanos. La historia es reveladora, porque es allí, donde Dios continúa hablándonos de su amor para salvar a todas las personas. Así se comprende mejor lo que el evangelio afirma: “El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Y en las palabras del Papa León XIV: “Esto es lo que la arqueología hace evidente, palpable. Nos recuerda que Dios eligió hablar en una lengua humana, caminar en una tierra, habitar lugares, casas, sinagogas, calles”.

Con este marco teológico, se puede comprender la celebración del Centenario de la fundación del Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, que en palabras del Papa León XIV: “Siento el deber y la alegría de compartir algunas reflexiones que considero importantes para el camino de la Iglesia en los tiempos actuales. Lo hago con corazón agradecido, consciente de que la memoria del pasado, iluminada por la fe y purificada por la caridad, es alimento de la esperanza”. Añadiendo que, “la arqueología cristiana no es un privilegio para unos pocos, sino un recurso para todos, que puede ofrecer una contribución original al conocimiento de la humanidad, al respeto de la diversidad y a la promoción de la cultura… La arqueología, al ocuparse de los vestigios materiales de la fe, educa en una teología de los sentidos: una teología que sabe ver, tocar, oler y escuchar. La arqueología cristiana educa en esta sensibilidad. Excavando entre piedras, ruinas y objetos, nos enseña que nada de lo que ha sido tocado por la fe es insignificante. Incluso un fragmento de mosaico, una inscripción olvidada, un grafito en una pared de las catacumbas pueden contar la biografía de la fe. En este sentido, la arqueología es también una escuela de humildad: enseña a no despreciar lo que es pequeño, lo que es aparentemente secundario. Enseña a leer los signos, a interpretar el silencio y el enigma de las cosas, a intuir eso que ya no está escrito. Es una ciencia del umbral, que se encuentra entre la historia y la fe, entre la materia y el Espíritu, entre lo antiguo y lo eterno”.
Un poco de historia
Al inicio el papa Pío IX (6 de enero, 1852) fundó un Instituto “para custodiar los sagrados cementerios antiguos, preservar su conservación, las ulteriores exploraciones, las investigaciones y el estudio; para tutelar, además, las antiquísimas memorias de los primeros siglos cristianos, los monumentos insignes y las venerables Basílicas en Roma, en el suburbio y en el suelo romano, y también en otras Diócesis, de acuerdo con los respectivos Ordinarios”. Más tarde, fue declarado Pontificio por el papa Pío XI con el Motu Proprio: I primitivi cimiteri (Los cementerios primitivos) el 11 de diciembre de 1925. En tiempos recientes, la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra ha recibido un gran impulso, ya sea en lo que se refiere a las actividades arqueológicas y de conservación, realizadas según los criterios más modernos de excavación y de restauración, como en lo que concierne a la organización técnica, documental y operativa, para apoyar de un modo siempre más auténtico y eficaz el conocimiento y la tutela del valioso patrimonio monumental y espiritual que le ha sido confiado.

En la visión del papa Pío XI, la arqueología es indispensable para la reconstrucción exacta de la historia, la cual, como “luz de verdad y testimonio de los tiempos, si se consulta correctamente y se examina con diligencia” , indica a los pueblos la fecundidad de las raíces cristianas y los frutos del bien común que pueden derivarse de ellas, acreditando así también la obra de evangelización. A lo largo de todos estos años, el Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana ha formado a cientos de arqueólogos del cristianismo antiguo, así como a profesores, procedentes de todas partes del mundo, que han desempeñado, al regresar a sus países, importantes cargos docentes o de tutela; ha promovido investigaciones en Roma y en todo el mundo cristiano; ha desempeñado un eficaz papel internacional en la promoción de la arqueología cristiana, tanto con la organización de congresos cíclicos y otras numerosas iniciativas científicas, como por las estrechas relaciones y los intercambios constantes con universidades y centros de estudio de todo el mundo.
Finalidad de la Arqueología Cristiana
El papa León XIV define la importancia y la validez de la arqueología en las siguientes afirmaciones: “La arqueología cristiana sigue teniendo la tarea de: ayudar a la Iglesia a recordar sus orígenes, a custodiar la memoria viva de sus comienzos, a narrar la historia de la salvación no sólo con palabras, sino también con imágenes, formas y espacios. En una época que a menudo pierde sus raíces, la arqueología se convierte así en un instrumento precioso de evangelización que parte de la verdad de la historia para abrirse a la esperanza cristiana y a la novedad del Espíritu”.
Concretamente en aras de la memoria histórica el papa León XIV señala que, los vestigios antiguos del cristianismo no son solo recuerdos sino memoria. Precisamente la memoria evoca y nos compromete, ya que tiene una connotación comunitaria. Mientras el recuerdo, queda en eso, una actividad subjetiva de los hechos solo para recordarlos. Tener memoria es implicarnos con la historia, con los hechos y vivencias del pasado. Al respecto, el papa León XIV enfatiza: “Educar en la memoria, es custodiar la esperanza. Vivimos en un mundo que tiende a olvidar, que corre rápidamente, que consume imágenes y palabras sin sedimentar el sentido. La Iglesia, en cambio, está llamada a educar en la memoria, y la arqueología cristiana es uno de sus instrumentos más nobles para hacerlo. No para refugiarse en el pasado, sino para habitar el presente con conciencia, para construir el futuro con raíces… Los cristianos no son huérfanos: tienen una genealogía de fe, una tradición viva y una comunión de testigos. La arqueología cristiana hace visible esta genealogía, custodia sus signos, los interpreta, los narra y los transmite. En este sentido, es también un ministerio de esperanza… No se trata de un simple recuerdo, sino de una reactualización viva de la salvación. Las primeras comunidades cristianas conservaban, junto con las palabras de Jesús, también los lugares, los objetos y los signos de su presencia. La tumba vacía, la casa de Pedro en Cafarnaúm, las tumbas de los mártires, las catacumbas romanas: todo contribuía a dar testimonio de que Dios había entrado realmente en la historia y que la fe no era una filosofía, sino un camino concreto en la carne del mundo”.

Exhortación final del papa León XIV
A partir de la época del modernismo, la iglesia debe dar razones de nuestra esperanza y nuestra fe. La iglesia debe estar dialogando con los avances de la ciencia para proponer el mensaje de la Revelación desde una perspectiva clara y objetiva. Ya se acabó el tiempo de supersticiones y ficciones que no ayudan a la comprensión de la fe. La fe debe ser explicada de modo que, “creo para entender, y entiendo para creer”.
Es por eso que el papa León XIV invita a los obispos, presbíteros, y concretamente: “a los responsables de la cultura y la educación: para que animen a los jóvenes, laicos y sacerdotes a estudiar arqueología, que ofrece muchas perspectivas formativas y profesionales dentro de las instituciones eclesiásticas y civiles, en el mundo académico y social, en los campos de la cultura y la conservación… además, a ustedes, hermanos y hermanas, estudiosos, profesores, estudiantes, investigadores, agentes del patrimonio cultural, responsables eclesiásticos y laicos: su trabajo es valioso. No se dejen desanimar por las dificultades. La arqueología cristiana es un servicio, una vocación, una forma de amor a la Iglesia y a la humanidad. Sigan excavando, estudiando, enseñando, narrado. Sean incansables en la búsqueda, rigurosos en el análisis, apasionados en la divulgación. Y, sobre todo, sean fieles al sentido profundo de su compromiso: hacer visible el Verbo de la vida, dar testimonio de que Dios se ha hecho carne, que la salvación ha dejado huellas, que el Misterio se ha convertido en narración histórica”.
Finalmente, en el mundo teológico se dice: “que la arqueología es la amiga de la Biblia”, no porque la arqueología suscite la fe; sino porque viendo los testimonios tangibles de las comunidades creyentes, podemos aseverar que, ahí, aquí, allá, vivieron personas, hermanos y hermanas que, dejaron sus huellas de su fe en Dios. Y eso nadie lo puede negar.
Desde este espacio agradecemos al papa León XIV por recordarnos la importancia de esta fecha que, indica claramente el dialogo entre fe y ciencia en un hecho concreto la arqueología al servicio de la fe.

*Doctor en Ciencias Bíblicas por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma y profesor en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.