Ruth Puga
El jueves 30 de abril se celebra el Día del Niño. Momento para pararnos y dedicar unos minutos a reflexionar sobre el trato que Jesús les daba a los más pequeños. Jesús dijo a sus discípulos, para responder quién es mayor en el Reino de los Cielos:
“Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de los cielos. El que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos”. Mt 18,3
Sabemos, a través de todos los relatos de los evangelios, cómo Jesús constantemente rompe las “normas establecidas” en su época, contra todo formalismo, se sale continuamente del guion esperado. No lo hace para destacar, sino para transmitir un nuevo estilo de vida para su época, un nuevo mensaje revelador y revolucionario, que hoy en día sigue rompiendo nuestros esquemas. Una lógica nueva, que rompe nuestra lógica humana. Un modo de vivir que nos enseña a amar la vida, lo cercano y lo humano.
Contemplando la escena, como Ignacio nos invita, podemos ver cómo Jesús saca la atención de los discípulos de la escena. Ante la pregunta, les trae un elemento nuevo en el que deben centrar la atención. Estarían solo adultos reunidos; hace un cambio total de situación y coloca a un niño delante de ellos.

Ante esto, pensemos: ¿no supone asumir esto una completa conversión? Fijémonos cómo menciona el evangelista la palabra “cambio”. Jesús desea que tengamos un cambio o, como aparece en la Biblia hebrea, “Suh”, tal vez un verdadero giro en nuestra vida, en nuestra visión de las cosas importantes. Entonces, la siguiente pregunta, si asumimos las palabras de Jesús y deseamos ese giro, sería: ¿hacia dónde? Y aquí nos indica hacia dónde: a hacernos como… es decir, transformarnos en niños. En nuestra sociedad, ser niños puede sonarnos en algunos momentos hasta algo idílico. Alguna vez tal vez habremos añorado esta etapa, en la que vivíamos sin ninguna preocupación o responsabilidad, al abrigo y amparo de unos padres.
Pero para sus discípulos debió de suponer un impacto enorme escuchar al Maestro decirles que debían transformarse en los más alejados y olvidados del momento. No olvidemos que, en la sociedad de Jesús, el grupo de los niños estaba completamente considerado fuera de los círculos importantes. ¿Quién hubiera podido ver las caras de sorpresa de sus amigos y seguidores? Seguro que en ese momento no comprenderían gran parte del mensaje de Jesús, pero, como siempre, algo iba quedando en sus corazones.
Pues así nos quiere Dios, así quiere que sea nuestro cambio: hacia lo pequeño; así cobra sentido el término “menos es más”. Una gran contradicción que, para nosotros, en Cristo cobra un sentido completo. Ser menos en las cosas de los hombres, en lo mundano, es más en el Reino de los Cielos. Dios gusta de lo pequeño.

Por otra parte, meditar este pasaje nos puede apelar también a nuestra responsabilidad hacia el cuidado de nuestro propio interior y de las cosas frágiles a las que Jesús ponía en primer plano. Si estuviera en la contemplación de este pasaje rodando una película, no puedo evitar imaginar el momento exacto en el que Jesús les está diciendo que se hagan como niños. Lo acompañaría un primer plano de zoom en el niño, con cara de sorpresa y ojos grandes, un plano que se va cerrando en su cara y termina en su mirada, en esos ojos grandes llenos de asombro e inocencia. Podemos recibir una llamada hoy al cuidado de esa fragilidad, de esa inocencia amenazada hoy en día por tantos frentes: explotación infantil en diversos ámbitos, ruptura de los derechos de los más inocentes y, por último, inmersos en una sociedad de consumo, donde todos nos vemos inmersos en una voracidad y un consumismo atroz que nos deja más vacíos cada vez. Pero no solo nos va vaciando a nosotros; conectados como estamos con todo lo que nos rodea, lo que nos afecta por dentro termina por afectar a todo lo que nos rodea. El Papa Francisco lo reflejaba así en la encíclica Laudato Si’ 217: “Si los desiertos exteriores se multiplican en el mundo es porque se han extendido los desiertos interiores”.
No permitamos que esto siga ocurriendo. Reguemos hoy con la sonrisa de un niño nuestro corazón, cultivemos mejor nuestro interior. Cuidemos los pequeños detalles, lo pequeño, lo cotidiano y lo silencioso. Dejemos que las palabras del evangelista resuenen en nuestro interior cobrando vida nueva: “…si no cambiáis y os hacéis como niños…”.
Vivamos nuestra vida con la novedad de niños; no olvidemos disfrutar de todo como si fuera la primera vez, con corazones nuevos y puros. Disfrutemos de la belleza de una flor, del canto de los pájaros, de los sonidos de la ciudad y, por qué no, de lo bueno y lo malo. Descubramos hoy que Dios está y habita en todo.
Para terminar, tornemos la mirada sobre San Ignacio en su experiencia a orillas del Cardoner; podamos descubrir nuevas todas las cosas: “Y estando allí sentado se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande que le parecían todas las cosas nuevas”. (Autobiografía 30).
Esta experiencia de San Ignacio está conectada sin duda con la cosmovisión de Jesús, con su mirada que cambiaba a los que se acercaban y que hoy en día sigue transformándonos si somos capaces de dejarnos alcanzar por su palabra viva. Descubramos, pues, en la celebración del Día del Niño, una oportunidad para ver nuevas las cosas.
Los niños en esto nos llevan mucha más ventaja; no hay más que ver su sonrisa y sus ojos de ilusión y asombro ante un globo de color, un pequeño regalo o el simple abrazo de sus padres. Son capaces con sus miradas sin filtros, de hacer que el día más gris se llene de soles y arcoíris con sus grandes sonrisas. Muchas veces sus ocurrencias simples a problemas complejos nos asombran y dejan sin palabras. ¡Qué fácil puede que fuera solucionar muchos de los problemas de nuestro mundo si los dejáramos en la sencillez y simpleza de la humilde mirada de los niños!
