Skip to content Skip to footer

La crítica de Habermas a las falsas posiciones de conocimiento

 

Dr. Pablo Lazo*

 

Pasados ya unos días de la muerte de Jürgen Habermas ocurrida el pasado 14 de marzo de 2026, podemos constatar la efervescencia de opiniones en favor y en contra de su labor intelectual. Elogios desmesurados por una parte llamándolo el último gran filosófo vivo, por un lado, y críticas destructivas sin fundamento, como si todo lo que produjo fuera pura ideología burguesa de un pensador de derecha. Frente a este fenómeno más bien mediático, quisiera proponer en este pequeño texto una reconsideración del valor, precisamente, de su punto de vista crítico frente a las falsas opiniones de conocimiento.

Hay que recordar que es J. Habermas quien en la lección inaugural pronunciada en Francfort en 1965, que lleva por título Conocimiento e Interés, presenta una primera serie de ataques contra la pretensión de universalidad del conocimiento sin fundamento, que él atribuye a algunas posiciones hermenéuticas de su momento, pero también al desorbitado lenguaje de los medios y de la opinión pública. Comienza problematizando la añeja idea del saber como algo esencialmente desinteresado y de la entronización de la teoría pura como el lugar de la verdad. Esta idea, cara a la tradición filosófica desde sus comienzos, pero también a la “autocomprensión positivista de las ciencias” en boga en nuestros días, se caracteriza, argumenta Habermas, por desconectar el conocimiento de los “intereses naturales de la vida”, y por ello debía levantar sospechas desde un comienzo.

Que el conocimiento siempre responde a fines o intereses, quiere probarlo Habermas estableciendo una triple división de las ciencias: en primer lugar, señala las ciencias empírico-analíticas, cuyo objetivo –como el de la vieja cosmología– es “describir el universo conforme a leyes, tal y como es”, de manera que el establecimiento de sus reglas no sólo permite construir las teorías, sino también contrastarlas críticamente mediante “conexiones hipotético-deductivas de proposiciones”, que expresarían magnitudes observables sobre las que se hacen pronósticos controlables. La intervención subjetiva se ve en este tipo de ciencias como nociva, pues vendría a dar por tierra con la claridad objetiva y la evidencia inmediata que es su primera exigencia, y que tiene como resultado la organización de nuestra experiencia en el “circulo de funciones de la acción instrumental”. El interés que las mueve es, por tanto, la “disponibilidad técnica de procesos objetivados”.[1]

El segundo grupo de ciencias son las histórico-hermenéuticas, que si bien compartirían con las ciencias empírico-analíticas una “conciencia cientificista”, pues su ideal metódico sigue siendo “describir desde la actitud teórica una realidad estructurada”[2]  y así anudan todavía, insiste Habermas, con la “ilusión objetivista de la teoría pura”, no obstante se distinguen de ellas en que en lugar de contrastar sistemáticamente las suposiciones normativas con el fin de controlar los hechos, se abocan a una comprensión del sentido mediante una interpretación de los textos, sobre todo con el fin de captar el sentido de una tradición y aplicarlo al propio intérprete, conservando así la “intersubjetividad de una posible comprensión orientadora de la acción”. El interés de este tipo de ciencias es pues práctico en el sentido de que generarían un consenso de los agentes en el marco de una “autocompresión compartida”.[3] Hay que decir ya que Habermas ve en esta atención a una tradición reconocida y compartida, precisamente uno de los impedimentos para que las ciencias hermenéuticas sean críticas, pues se trataría en todo caso de un reconocimiento cerrado a su propio lenguaje y sobre todo de carácter sumiso, irreflexivo y en ocasiones ideológicamente dependiente.

Sólo el tercer tipo de ciencias, las sociales críticas, son capaces de una autoreflexión que pone en cuestión los “nexos legales” cuando su uso desemboca en relaciones de dependencia. La autoreflexión propia de estas ciencias se libera de los poderes hipostasiados de las instituciones, de la reificación de estos poderes, y de la cautividad de la falsa conciencia (una conciencia que sólo en apariencia es autónoma cuando irreflexivamente se vincula a intereses, o bien digamos cuando justifica su valor), pues su interés no es técnico ni práctico, sino “cognitivo emancipatorio”. Esta es justo, según Habermas, la incapacidad central de la hermenéutica y de las opiniones públicas, no poder distanciarse críticamente del peso de una tradición y su autoridad para constatar que en los medios del trabajo y el poder, que también son parte de esa tradición, puede haber entrometido, y no ser nada evidente para el propio sujeto interpretante pues es parte de su mismo lenguaje, un poder de alienación y autoengaño.

En la Lógica de las Ciencias Sociales se encuentra un complemento importante de estas ideas. De entrada, dice Habermas, el dualismo de ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu ha conducido a una situación de esterilidad en donde los dos grupos de ciencias, las nomológicas y las hermenéuticas, se acusan entre sí ya de no poseer una legitimación científica suficiente, ya de no ver que más acá de los métodos hay una experiencia pretemática mucho más amplia. Las ciencias sociales críticas tienen que dirimir entre estos planteamientos divergentes y encontrar un tipo de reflexión acorde a la práctica misma de la investigación. Esto es importante señalarlo desde este momento, pues lo que es relevante frente a una “opinología” en el ámbito público, es justamente penetrar en la estructura de la investigación social para construir una ciencia hermenéutica que no obstante concilia con la pretensión crítica que Habermas defiende.

Es justo el hecho de que la hermenéutica se defina como la “capacidad que adquirimos en la medida en que aprendemos a dominar un lenguaje natural: al arte de entender el sentido lingüísticamente comunicable y de tornarlo comprensible en caso de comunicaciones perturbadas”,[4] o sea, a la aclaración del malentendido, lo que, se- gún Habermas, marca su incapacidad para penetrar con sus propios medios en un lenguaje de autoengaño o ideologizado.

Sólo volviendo a la construcción de un conocimiento crítico, que no se vea rebasado por sus propias inclinaciones de “autoridad” en el mar de opiniones públicas, que no se deje vencer por sus propias “tradiciones” ya consagradas, es que se puede acceder a un ámbito de la verdad comunicable y verídica. Creo que este principio general, puede combatir también la efervescencia de opiniones que surgieron a raíz de la muerte del propio Habermas.

[1] Habermas, J. (1996), “Conocimiento e Interés”, en Ciencia y técnica como’ideología’, Red Editorial Iberoamericana, México, 1996.p. 170.

[2] Ibid., p. 162.

[3] Ibid., p. 171.

[4] Habermas, “La Pretensión de Universalidad de la Hermenéutica”, en La lógica de las ciencias sociales, Técnos, Madrid, España, 1990, p. 277.

*Profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

 

Leave a comment