P. Rafael Velasco SJ
Un tema fundamental en la espiritualidad de Ignacio y de la Compañía es el de los deseos. En las Constituciones al hablar de cómo se ha de ayudar a las almas, Ignacio dice en la parte VII “Así mismo se ayuda a los prójimos con deseos delante de Dios nuestro Señor”. En los Ejercicios el deseo aparece de manera clave: “Solamente deseando y eligiendo lo que más conduce” (23), el Ejercitante se “encierra” en el retiro “para conseguir lo que tanto desea” (20); al comenzar la segunda semana, ante el Rey Eterno se dice “quiero deseo, y es mi determinación deliberada” ... En las Constituciones se señala que el oficio del rector de los colegios comienza fundamentalmente sosteniéndolo “con la oración y los santos deseos…” (Cap X, n.5). En examen se interroga al candidato sobre los deseos: si está dispuesto a desear como Cristo “Desear parecer e imitar a Cristo nuestro Señor” (101), y demanda que se lo interrogue “si tiene tales deseos”, o si al menos si tiene “deseos de deseos”.
Los deseos son de algún modo pre-sentimiento de algo que puede ser; pueden ser vehículos de un anhelo profundo de Dios. Desear ante Dios nuestro Señor. Ignacio dice a los estudiantes de Coimbra que con santos deseos pueden ayudar a la Misión de la Compañía. Los deseos expresan algo profundo, ya el psicoanálisis ha hablado de los deseos y de la fragilidad de toda construcción o proyecto de vida que no está anclado en un deseo profundo y solo se sustenta en ideas o puro deber ser. Conectar con el deseo profundo –en clave espiritual- es conectar con esa “Fonte que mana y corre aunque es de noche”.

El jesuita es fundamentalmente, hombre de deseos, y esos deseos –si son profundos–entonces son divinos y provocan cosas muy de Dios, es decir muy del Espíritu que sopla donde quiere…
Hay algo que me llama la atención, los jesuitas que han hecho que ser jesuita valga la pena han sido hombres de fuertes y profundos deseos, y por lo general no han sido jesuitas del “mainstream”. Algunos ejemplos: Alberto Hurtado en Chile, no fue provincial, no estaba en el núcleo central, una intuición y experiencia muy profunda lo movió a recoger niños que estaban a la intemperie con su camioneta verde, su deseo y puesta en práctica no surgió de una planificación apostólica, Hurtado era, de hecho, alguien más bien periférico en cuanto a lo institucional, pero ahí comenzó con su camioneta verde impulsado por un deseo muy hondo, muy de Dios…y con el tiempo la Compañía reconoció esa obra y se dejó inspirar por ella; el padre Velas en Venezuela, empezó marginalmente con una familia que dio su casa para empezar una escuela; parecía un jesuita marginal y además conservador…Hoy Fe y Alegría ha superado nuestro continente, es la obra educativa para los pobres más grande de la Compañía, y todo comenzó con un jesuita y su deseo profundo delante de Dios y de los pobres.

Yendo más atrás en la historia, Mateo Ricci es otro ejemplo. Lo envió la obediencia, sí, pero lo que hizo fue fruto de un deseo profundo de anunciar a Jesucristo y que este fuera conocido y creído en China, Pedro Claver y su deseo de que los esclavos negros fueran tratados humanamente y cristianamente. Estuvieron a punto de expulsarlo de la Compañía, hoy su vida y su obra son ejemplo para la Compañía… Así podría seguirse con otros menos conocidos y también actuales. Hombres de deseos, por eso complicados a veces en las vidas comunitarias y en los entramados provinciales,

Me pregunto, en tiempos de tanta planificación apostólica, ¿qué lugar le hacemos a estos jesuitas?, más aún ¿cómo favorecemos que puedan sentir que tiene lugar entre nosotros?
Me da la impresión de que hace ya un tiempo estamos más preocupados en organizar la realidad que tenemos que en desear delante de Dios y darle cauce a esos deseos que el Espíritu suscita. Y no deberíamos dejarnos engañar por nuestra constante invocación a la palabra “discernimiento”, la solemos usar como una especie de talismán para reprogramar retiradas apostólicas, o peor para bendecir planificaciones carentes de arrojo y audacia. Nuestro afán de planificar y de “enredarnos”, no parecen ser los medios más apropiados para favorecer y dar lugar a estos santos deseos, ni para hacer lugar a jesuitas que encarnen este ser hombres de deseos. Es verdad que no pocas veces ha habido jesuitas que han tenido “ilusiones” (en terminología ignaciana), no deseos, y han provocado daño económico por su imprudencia. Eso es cuestión de claridad de conciencia y de gobierno, pero el temor a eso no debería cerrarnos a lo otro, no debería dejarnos fijados en planificaciones, precauciones y criterios que no entusiasman.
¿Fe y Alegría hubiera surgido de procesos de planificación apostólica como en los que estamos inmersos toda la Compañía hoy? ¿Y el Hogar de Cristo?
Hubo sí, un ejemplo extraño, de alguien que desde el mainstream impulsó y deseo delante de Dios y dejó que ese deseo se haga realidad. El Padre Arrupe, que siendo General sintió delante de Dios que el grito de los refugiados era el grito de Cristo y abrió espacio para socorrerlos empezando así el Servicio Jesuita a los Refugiados (SJR). Una intuición de Dios que ha dado mucha vida, más allá de lo que la institucionalización del SJR ha dado de si actualmente.

Porque otro de los temas, luego de lo que ha surgido fruto de los santos deseos delante de Dios nuestro Señor, es cómo se sigue esa intuición en el tiempo, sin pervertirla en el proceso. Hay que estar muy atentos. Tony de Melo ofrece una historia oriental que puede ser muy ilustrativa al respecto:
Un gurú quedó tan impresionado por el progreso espiritual de su discípulo que, pensando que ya no necesitaba ser guiado, le permitió independizarse y ocupar una pequeña cabaña a la orilla del río.
Cada mañana, después de efectuar sus abluciones, el discípulo ponía a secar su taparrabos, que era su única posesión. Pero un día quedó consternado al comprobar que las ratas lo habían hecho trizas. De manera que tuvo que mendigar entre los habitantes de la aldea para conseguir otro. Cuando las ratas también destrozaron éste, decidió hacerse con un gato, con lo cual dejó de tener problemas con las ratas, pero, además de mendigar para su propio sustento, tuvo que hacerlo para conseguir leche para el gato.
“Eso de mendigar es demasiado molesto”, pensó, “y demasiado oneroso para los habitantes de la aldea. Tendré que hacerme con una vaca”. Y cuando consiguió la vaca, tuvo que mendigar para conseguir forraje. “Será mejor que cultive el terreno que hay junto a la cabaña”, pensó entonces. Pero también aquello demostró tener sus inconvenientes, porque le dejaba poco tiempo para la meditación. De modo que empleó a unos peones que cultivaran la tierra por él. Pero entonces se le presentó la necesidad de vigilar a los peones, por lo que decidió casarse con una mujer que hiciera esa tarea. Naturalmente, antes de que pasara mucho tiempo se había convertido en uno de los hombres más ricos de la aldea.
Años más tarde, acertó a pasar por allí el gurú, que se sorprendió al ver una suntuosa mansión donde antes se alzaba la cabaña. Entonces le preguntó a uno de los sirvientes:
–¿No vivía aquí un discípulo mío?
Y antes de que obtuviera respuesta, salió de la casa el propio discípulo. “¿Qué significa todo esto, hijo mío?”, preguntó el gurú.
“No va usted a creerlo, señor”, respondió éste, “pero no encontré otro modo de conservar mi taparrabos”.
Bastante claro: las intuiciones originales (porque nos remiten a los orígenes y al Origen) luego se institucionalizan Y entonces para sostenerse esas mega instituciones tienen que recurrir a fondos grandes y para eso tienen que adaptarse al modo mundano como los grandes donantes piden rendición de cuentas, indicadores, protocolos, etc y así termina ocurriendo que las obras se burocratizan, se empiezan a generar dinámicas que esclerotizan … y tenemos que hacer de todo para cuidar el taparrabos.
Tal vez hay que volver a mirar el mundo con los ojos de Dios y desear con su corazón y empezar así a dejar de lado aquello que nos hizo conservar el taparrabos. Hoy hay otros gritos, otros lamentos que hay que atender. Y el modo de hacerlo, en pobreza, requiere un arrojo y una audacia apostólica que hay que volver a pedir delante de Dios. Hay que volver a escuchar los deseos más hondos, ser hombres de deseos grandes delante de Dios. Sería una pena resignarnos a que “esto es lo que toca”, “esto es lo que hay” … una tentación bastante clara de nuestros días. Lo que toca es escuchar al Señor, desear delante de Él; no se le ha acabado la creatividad a Dios, ¿por qué nosotros vamos a clausurar la creatividad para enredarnos y meternos en discernimientos de poca monta?
Como decíamos al principio, los jesuitas, según Ignacio, somos hombres de deseos, por eso hombres atentos al soplo del Espíritu, misioneros, muy unidos a Dios en la oración y por eso entregados a la acción. Hombres de Dios, que como el mismo Jesús estuvieran siempre en movimientos tras los deseos del Padre.
Cuenta otra historia que un pintor famoso fue invitado por el párroco del pueblo para que hiciera una imagen de Dios en el ábside del altar. Las condiciones del pintor fueron dos: que se le pagara por adelantado y que nadie podía ver la obra hasta que estuviese terminada. Acordaron así y el pintor se puso a trabajar detrás de una densa cortina negra. Todos estaban expectantes dado que era un pintor famoso, surgido del pueblo. El día acordado para la inauguración de la obra estaba todo el pueblo en la Iglesia, incluido el obispo y el intendente. Cuando se descorrió la cortina que tapaba la obra, todos quedaron en silencio y sorprendidos. Nadie decía nada, hasta que un niño hablo: pero ese Dios está borroso, todo movido. Es verdad, dijeron todos. Era verdad, no se podía distinguir la imagen de Cristo de tan borrosa. El pintor, muy serio, dijo: “es verdad, tiene razón el niño, pero no es culpa mía, nunca pude retratar a Cristo quieto, está todo el tiempo en movimiento yendo a levantar a un caído, a sanar a un enfermo, a consolar, a evangelizar, siempre tras los deseos del Padre, por eso salió así, no por culpa mía sino suya” … Pero está deforme, también, dijo otro. Efectivamente la imagen tenía un brazo largo y otro corto. Todos murmuraban, “es verdad respondió el pintor, es así, pero tampoco es culpa mía: Dios tiene el brazo largo de la misericordia para atraer a los que están lejos, y tiene un brazo corto para empujar a los que están cerca para ir a buscar a los que están alejados.” ¡¡¡ Ah!!! Dijeron todos, pero el pueblo se quedó con la duda si sería que el pintor era realmente malo, o tal vez Dios es así.
¿Cómo es el Dios de los Ejercicios y las Constituciones? Un Dios apostólico que hace desear y elegir, que suscita deseos santos, para anunciar la Buena Noticia de Dios con nosotros que nos impulsa a construir un mundo más justo junto a los pobres, nuestros amigos, un Dios que nos hace desear como Jesús, para salir a buscar, movilizarnos, yendo a buscar, empujando para salir. Los jesuitas creemos en ese Dios, un Dios que llama a hombres de deseos como Ignacio.

