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Mes Ignaciano: sentir y gustar de las cosas internamente

Mes Ignaciano

«No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente.»

San Ignacio de Loyola

 

Tere Valenzuela

¿Qué papel juega la interioridad en “el sentir y gustar de las cosas internamente” de san Ignacio?

Esta entrada busca mostrar cómo la propuesta espiritual de san Ignacio de Loyola puede comprenderse como un camino interior que conduce a una experiencia de transformación de la consciencia, orientada hacia la libertad interior, la relacionalidad y la comunión con y en la Vida.

Para comenzar, conviene recordar que los grandes místicos y místicas de la humanidad desarrollaron un proceso personal de búsqueda de la verdad. Cada uno recorrió un camino singular, ligado a su historia, sensibilidad y experiencia. Esto nos ayuda a comprender que no existe un único camino para acceder a la verdad ni una sola manera de comprender la realidad. Sin embargo, algo común a muchos de ellos es lo que Joseph Campbell denominó el «camino del héroe». Aunque no me detendré en este concepto, sí deseo destacar la necesidad de la interiorización. Sin «sentir y gustar las cosas internamente», el camino espiritual corre el riesgo de quedarse en la superficie.

San Ignacio propone, a través de los Ejercicios Espirituales, un itinerario interior capaz de transformar a la persona y su manera de habitar el tiempo y el espacio. También debemos reconocer que existen tantos caminos como personas. Cada ser humano posee una geografía interior propia, una historia irrepetible, así como limitaciones y vulnerabilidades particulares. Lo primero es dar el paso y comenzar a caminar. En ese recorrido encontraremos tormentas y desafíos, pero también experiencias luminosas que nos llenarán de Vida. Para ello se requiere humildad, mucha humildad.

En este viaje hacia uno mismo aparece la invitación a vivir, sentir, admirar y permanecer presentes ante la Presencia. Es una invitación a amar y a descubrir que la vida vale la pena cuando se vive con profundidad. Sin embargo, este camino no se recorre en soledad. Lo recorremos impulsados por un deseo profundo y sostenidos por una fuerza que nos orienta hacia una misma dirección.

San Ignacio sabía muy bien que la fe no consiste en una acumulación de conocimientos teóricos, intelectuales o dogmáticos. Prioriza un conocimiento vivencial y afectivo, donde lo importante no es estudiar a Dios, sino sentirlo, experimentarlo y dejarse transformar por Él en lo más profundo del corazón. «Sentir y gustar las cosas internamente» exige sencillez, humildad y apertura a la gracia.

En la propuesta ignaciana existe una intención clara: sentir y gustar a Dios en el corazón humano. Los Ejercicios Espirituales constituyen el núcleo de este camino. En ellos la libertad ocupa un lugar central. Como señala Juan Antonio Estrada, Ignacio concedió gran importancia a la interioridad para desarrollar una libertad capaz de orientar la vida hacia Dios y hacia los demás.

El proceso ignaciano busca la transformación de la persona mediante el descubrimiento de sí misma y de su sentido de vida. Desde el Principio y Fundamento hasta la Contemplación para alcanzar amor, se despliega un camino de profundización progresiva. Aunque este ensayo se centra en un aspecto particular, sí podemos afirmar que la interioridad permite «sentir y gustar» las cosas internamente. El camino interior puede entenderse como un camino de consciencia que libera a la persona para amar y servir.

La consciencia de la trascendencia requiere un trabajo interior de reconocimiento del Dios que habita en nosotros.

Nadie parte de cero; todos iniciamos desde un sistema de creencias, experiencias y representaciones que condicionan nuestra mirada. El itinerario espiritual busca ordenar esas dimensiones y abrirlas al amor de Dios. De este modo surge una libertad interior que favorece la comunión y permite reconocer la dignidad de los demás como seres igualmente habitados por el Misterio.

La propia vida de Ignacio ilustra este proceso. Su larga convalecencia fue el inicio de una profunda transformación interior. La lectura de los Evangelios y de las vidas de los santos le permitió mirar la realidad con otros ojos. Al contemplar a Jesucristo descubrió una nueva manera de comprender a Dios y de comprenderse a sí mismo.

Aunque Ignacio no utiliza el lenguaje contemporáneo de la consciencia, resulta posible interpretar los Ejercicios como un proceso gradual de expansión de esta. Lo que algunos autores actuales describen como niveles de consciencia encuentra en Ignacio una expresión espiritual concreta: el paso de una vida centrada en sí misma hacia una vida orientada al amor, a la paz, al servicio y a la comunión.

La consciencia ignaciana comienza con el conocimiento de sí. La persona descubre sus apegos, deseos, heridas e ilusiones, aprendiendo a discernir los movimientos interiores y a reconocer la presencia de Dios que habita en ella.

Desde la mística podemos profundizar este movimiento distinguiendo entre una persona esclava de sus identificaciones y una persona libre. La primera vive condicionada por el prestigio, las posesiones o el reconocimiento; la segunda descubre su fundamento último en Dios.

El discernimiento desempeña aquí un papel fundamental. La contemplación se convierte en un despertar a la identidad profunda que se encuentra en Dios y con Dios. Asimismo, la imaginación ocupa un lugar relevante en la espiritualidad ignaciana. A través de la contemplación de los relatos evangélicos, la persona integra sus experiencias, heridas y búsquedas en una narrativa más amplia de sentido.

Cuando recorremos nuestras heridas de la mano del Evangelio, acompañados por Jesús, estas pueden transformarse en lugares de encuentro con Dios. La oración contemplativa y la narración de historias sagradas ayudan a reconstruir la confianza y a integrar experiencias fragmentadas. De este modo, el dolor deja de ser únicamente una herida y puede convertirse en una oportunidad de crecimiento y sanación.

Como recuerda Juan Martín Velasco, la experiencia cristiana de Dios implica una confianza radical. Tal confianza supone aceptar que nuestra existencia es recibida y sostenida por Otro. Sin esa apertura resulta difícil reconocer la presencia del Absoluto.

La experiencia de Dios se manifiesta de múltiples maneras según cada persona. En ocasiones aparece como sanación; en otras, como una nueva comprensión de la realidad.Lo importante es reconocer que Dios también se hace presente en las zonas más oscuras del corazón humano, allí donde habitan los deseos, las heridas y la capacidad de amar.

Los Ejercicios Espirituales involucran activamente la memoria, el entendimiento y la voluntad. La imaginación no funciona como evasión, sino como una herramienta para permanecer presentes ante la realidad y descubrir la acción de Dios en ella. Inspirándose en la propia experiencia de Ignacio, los Ejercicios enseñan que incluso las heridas pueden convertirse en lugares privilegiados de gracia.

Reconocer que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios implica aceptar que está llamado a realizarse en la relación con Él. La consciencia madura descubre que existir es coexistir. Por ello, la experiencia espiritual auténtica no termina en la contemplación; la contemplación tiene como finalidad alcanzar el amor.

El camino ignaciano comienza invitándonos a «sentir y gustar las cosas internamente», pero no termina en la experiencia individual. La interioridad conduce a la libertad; la libertad a la comunión; la comunión al amor; y el amor encuentra su expresión histórica en la construcción de comunión. La consciencia espiritual madura no nos aleja del mundo, sino que nos devuelve a él con una mirada renovada, capaces de reconocer en cada ser humano, en la creación y en nosotros mismos la presencia de un mismo Misterio que nos habita y nos une.

En conclusión, el itinerario espiritual propuesto por san Ignacio de Loyola constituye mucho más que un método de oración o discernimiento. Es una pedagogía de la consciencia que conduce progresivamente a la libertad interior y a la gratuidad. El ejercicio de «sentir y gustar las cosas internamente» permite descubrir los propios condicionamientos, reconocer la presencia de Dios en el interior de la persona y abrirse a una comprensión más profunda de sí misma y de la realidad.

La identidad humana no es aislada ni autosuficiente; es profundamente relacional. Si Dios mismo es comunión y relación, también el ser humano, creado a su imagen, está llamado a realizarse en la relación amorosa con los demás, con la creación y con el Misterio que lo habita.

Por ello, la espiritualidad ignaciana continúa siendo una propuesta vigente para nuestro tiempo: una invitación a descubrir que el encuentro con Dios en la profundidad del corazón cuando se experimenta auténticamente conduce inevitablemente al encuentro con los demás y al compromiso con la transformación en la unidad del mundo.

 

 

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