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Santo Tomás apóstol

Natalia H. Miedzinski

Santo Tomás, apóstol, a quien celebra la Iglesia el día 3 de julio es uno de los doce discípulos del Señor, un personaje polifacético que nos sorprende y nos deja inolvidables enseñanzas que se resisten al paso de los milenios y nos hacen cercanos a él. Está presente en las cuatro listas del Nuevo Testamento, en los Hechos de los Apóstoles junto a Felipe (Hch 1,13) y en los Evangelios Sinópticos al lado de Mateo (Lc 6,15). Su nombre tiene raíces hebreas: «ta `am» significa mellizo, el dato que concuerda con su apodo juánico «Dídimo» (Jn 11,16; 21,2). Martirizado en la India tras evangelizar a Siria y Persia, según los relatos de Orígenes. Fuente de inspiración en las obras de grandes maestros de arte cautivados por su historia como Rubens o Caravaggio.

La presencia evangélica de Tomás se nos revela especialmente en el cuarto evangelio. Sus primeras palabras vienen del momento de tensión para Jesús quien decide visitar a su amigo Lázaro acercándose peligrosamente a Jerusalén. Los discípulos preocupados tratan de comprender su decisión mientras Tomás sorprende con una exhortación ejemplar: «Vayamos también nosotros y muramos con él» (Jn 11,16). Signo de fidelidad y valentía, recordándonos la misma disponibilidad que perfumó de gloria a todos los mártires cristianos en la prueba suprema de la muerte.

 

 

El segundo momento donde encontramos palabras de Tomás es el momento de la Última Cena. Jesús anuncia su partida: «Y a donde yo voy, ya sabéis el camino» (Jn 14,4). Tomás interrumpe diciendo: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?». De aquel instante proviene la celebre frase de Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».

 

La duda de Tomás es la duda del hombre hoy, perdido por la autosuficiencia, sacrificando la dignidad por la eficiencia (Cf. LeónXIV, Magnifica Humanitas, 7). En la fe tenemos el camino, el único camino seguro donde el cielo es la meta. El tercer momento, quizá el más conocido, es la escena de la incredulidad del Apóstol. Ocho días después de la Pascua, Tomás no cree a sus condiscípulos que habían visto al Señor y dice: «Sí no le veo en las manos la marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré» (Jn 20,25). Éste es el momento donde en la duda de Tomás descubrimos que reconocer al Jesucristo es ahora buscando sus llagas, no su rostro. Jesús camina por las calles oculto en las llagas de los enfermos y pobres, de los marginados y olvidados. ¡Cuánto nos cuesta percibir su presencia! El Apóstol no se equivoca. En las llagas de Cristo descubrimos al amor infinito de Dios, la luz para las familias y consuelo para los débiles.

 

Ocho días después, estaban de nuevo juntos los discípulos y apareció Jesús diciendo a Tomás: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Jn 20,27). Tomás reacciona palpando y proclamando la profesión de fe mas espléndida de Nuevo Testamento: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Así el discípulo, “veía y tocaba al hombre, y confesaba a Dios, a quien no veía ni tocaba; pero mediante esto que veía y tocaba, creía aquello, alejada ya la duda” (San Agustín). Que el anhelo de alcanzar las bienaventuranzas y sanar las heridas de incredulidad sea nuestro anhelo, porque: «Bienaventurado los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20,29).

Por último, Tomás aparece junto a Simon Pedro en la escena de la pesca milagrosa atestiguando la presencia del Resucitado ( cf. Jn 21, 2). Santo Tomás Apóstol es el ejemplo para quienes quieren confirmar su fe. Es el hermano en quien vemos nuestra propia debilidad y retomamos el camino correcto. Santo Tomás nos ayuda a vencer la incredulidad con la fidelidad y no olvidar quién es el Señor, nuestro Dios.

 

 

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