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La Virgen del Carmen, hermana de los profetas

Miguel Ángel Aguilar Arreola

Como parte de las reglamentaciones tridentinas respecto a la veneración de los Santos, en 1643, un grupo de jesuitas, liderados por Jean Bolland, se dedicaron al estudio de las hagiografías, para tener datos más ligados a la historia y menos a lo mítico, estos estudios se condensaron en el Acta Sanctorum de 1681.

Cuando se dedicaron a las historias de santos ligados a la Orden del Carmen, descubrieron algunas anomalías y cuestionaron su origen y antigüedad. Incluso se atrevieron a negar que su fundador fue el profeta Elías, su filiación con los profetas y apóstoles. También negaron que llegaron desde Tierra Santa a Europa antes del siglo XIV y mostraban sus sospechas acerca de la autenticidad de ciertas bulas papales que les beneficiaban. Todo esto a pesar de la tradición que contaba entre los devotos y que se popularizó en textos como La institución de los primeros monjes del siglo XIV, escrito por Fr. Felipe Ribot y en el Speculum Carmelitarum de 1680, escrito por Fr. Daniel de la Virgen María.

La respuesta de los Carmelitas, calzados y descalzos, no se hizo esperar, los frailes fray Juan Gómez Barrientos O.Carm y fray José de Jesús María O.C.D denunciaron la obra jesuítica ante la inquisición. La polémica empezó de inmediato y fueron varias las universidades que se involucraron en las pugnas logrando que el 14 de noviembre de 1695, el tribunal de la Inquisición de Toledo (confirmando por los tribunales de Aragón, Madrid, Toledo y por ende todas las Indias Hispanas) prohibiera el “Acta Sanctorum”considerándolo erróneo, herético, escandaloso y ofensivo a los oídos piados, especialmente por las proposiciones contra algunas órdenes religiosas en particular la del Carmen y a sus insignes escritores graves.

El 20 de noviembre de 1698 el Papa Inocencio XII creó una tregua, un tanto falsa, al imponer a ambas partes un perpetuo silencio sobre esta disputa. Sin embargo, los Carmelitas no se pararon hasta conseguir en 1727 que se colocara una imagen del profeta Elías en el interior de la Basílica Vaticana con la siguiente inscripción (redactada personalmente por el Papa Benedicto XIII): «Universus Ordo Carmelitarum fundatori suosancto Eliae prophetae erexit». De momento, las tradiciones carmelitanas habían encontrado una solemne aprobación.

¿Y la Virgen del Carmen dónde queda en esta controversia?, justo en el corazón de toda esta Historia. La Regla del Carmen nunca habla de los orígenes de la Orden, solo hace referencia a los lugares donde los primeros eremitas del Monte Carmelo se reunían: la fuente y el oratorio, cada uno ligado a las bases del Carmelo, Elías y María. Es justo en este silencio, pero también en esta filiación a estas dos grandes figuras donde se encontró la base para las tradiciones que se crearon después.

No debe juzgarse a la familia Carmelitana por estas exageraciones, todas las órdenes antiguas dieron rienda suelta a la fantasía y rellenaron con hechos fantásticos los vacíos históricos, incluso órdenes hacían nacer a sus fundadores entre incendios o en pesebres para darles más realce. Los Carmelitas tenían una preocupación clara, una necesidad para ello, la franca oposición que encontraron para afincarse en Europa cuando llegaron perseguidos de Tierra Santa.

Así la Orden elaboró una historia mítica sobre sus orígenes enraizado en las Sagradas Escrituras, los primeros anacoretas y cenobios. Con esto se quisieron salvar varios frentes. Si se les criticaba por ser una orden nueva, se hablaba de su existencia desde el profeta Elías, si se les criticaba por su filiación Mariana, al llamarse hermanos de ella, cosa que escandalizaba a los teólogos, incluyeron en su genealogía a familiares de Cristo, incluida a su bisabuela Santa Emerenciana. Así se creó una explicación histórica en etapas o épocas: la Profética (desde la aparición de la Nubecilla a Elías hasta el nacimiento de Cristo); la Evangélica griega o bizantina, la Latina y Occidental, a partir de la llegada de los carmelitas a Europa. Aquí entran, por tanto, figuras de santos de todos los tiempos que fueron asumidas como carmelitas al ser consideradas como eslabones de una misma e ininterrumpida cadena.

Me detengo para reflexionar en esta genealogía, y es que a los que son perseguidos o dejados en los márgenes les toca reflexionar y recrear su historia, recuperar lo que otros han dejado atrás y esto hicieron los Carmelitas que vieron cerca su extinción al pasar a Europa. Parece interesante que una orden dedicada a la oración y silencio tuviera por fundador al más grande de los profetas bíblicos, pero leyendo el libro de los Reyes nos encontramos con un Elías orante que busca la soledad para encontrarse con el Dios verdadero que se manifiesta en lo pequeño y cotidiano de la brisa suave (1 Re. 19, 11-13).

En la Orden realmente creyeron ser herederos de la Escuela de los Profetas, fundada por Samuel, acrecentada por Elías y Eliseo, por ello se esfuerzan en recoger toda la información que encontraban en autores cristianos y no cristianos sobre los ascetas que a lo largo del tiempo vivieron en ese Monte Carmelo, para crear esa línea de sucesión.

Por otra parte, los autores carmelitas junto a la línea profética también dedicaron grandes esfuerzos en defender la vinculación de la Orden con María, no solo viéndola desde el simple vasallaje medieval, la vieron como fundamento, como Madre, Fundadora y Hermana. Esta filiación, en un principio, no se fundamentaba en signos exteriores o alguna fiesta particular sino en la práctica e imitación de virtudes, lo que ellos llamaban conformación con María. Así queda asentado en el Capítulo de Montpellier, en 1287, donde se explica que la Orden fue fundada en su honor.

El momento de peligro comunitario y su posterior superación resultó en un renovado marianismo donde la Orden Carmelita honrará la protección de María sobre su orden, sus hermanos, en dos momentos: El milagro de Chester, donde una estatua de María proclama públicamente su hermanamiento con los Carmelitas, y la resignificación del escapulario, la famosa visión de San Simón Stock y su promesa de salvación por portar esta vestimenta, esta última, considerada el gran privilegio, es la que quedó grabada en la devoción popular y la que se celebra cada 16 de julio.  La popularidad de esta prenda propició el olvido de la capa blanca, que durante la segunda mitad del siglo XIV y la primera del siglo XV era el signo de pertenencia y profesión religiosa, la cual recordaba a la capa de Elías y una declaración sobre la pureza de María, fuera perdiendo protagonismo en favor del Escapulario. De esta manera, el Escapulario condensó todas las experiencias de protección, se convierte en signo de una María que auxilia y privilegia a los proscriptos.

Ahora bien, más allá de la María que auxilia, defiende y acompaña, que siempre es bueno recordarlo, también vale la pena recordar a una María que anuncia y denuncia, que canta el tiempo de la liberación en el Magnificat. Por siglos hemos visto a María exclusivamente como virgen, esposa y madre, es tiempo de recuperar, como dice Nancy V. Raimondo, a la hermana, discípula y profetisa, esto no solo es fruto de la hermenéutica de las teólogas feministas, hemos visto que el Carmelo desde hace mucho ya lo intuía y lo vivía así, al unirla a la figura de Elías.

Si el Carmelo comprendió su identidad a partir de esta doble filiación, eliano–mariana, entonces la Virgen no es simplemente la protectora de la Orden, es también participante y heredera de la tradición profética. Desde esta perspectiva podemos mirar a María del Carmen como la hermana de los profetas. Así, cada vez que miremos y besemos ese escapulario café, lo veamos como señal de protección y de predilección del Dios de María por los pequeños, los humillados y marginados. Percibamos al escapulario como signo de la liberación de las llamas de las violencias y del egoísmo. Pero también como un signo de liberación para las opresiones de hoy, haciendo eco a esa liberación de aquellos Carmelitas perseguidos y desheredados no solo fue esperar lo milagroso, fue encontrarse con una mujer profeta que los conectaba con otros profetas para así tener una voz, organizarse desde donde podían y defenderse ante los poderosos que buscaban hacerlos desaparecer.

 

Miguel Angel Aguilar Arreola.

Licenciado en Historia del Arte por el Centro de Arte Mexicano (CAM) y Maestro en Educación Inclusiva e Intercultural por la Universidad Internacional de La Rioja. Ha cursado el diplomado en Enfoque Feminista de la Teología Cristiana (Universidad Iberoamericana) y el seminario Teologías Políticas Feministas (17, Instituto de Estudios Críticos). Coordinó el diplomado de Iconografía del Arte Cristiano en la Universidad Pontificia de México (2015) y desde 2016 imparte cursos sobre la Orden del Carmen y Teresa de Jesús en el Museo del Ex Convento del Carmen de San Ángel. En 2025 fue curador invitado de la exposición “Nacimiento, Miradas en el tiempo” en el MAPI de Montevideo, Uruguay. Es fundador del Colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada, dedicado a la reflexión teológica.

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