Pbro. Dr. Ramón García Reynoso
Al hablar del Espíritu, nos damos cuenta de que el término ha tenido diversas modalidades temáticas: acepción hebrea (ruah, femenino); griega (pneuma, neutro) y latina (spiritus, masculino). El tema bíblico del Espíritu es muy extenso y comprende significados que nos ayudan a comprender el Don que el Padre y el Resucitado comparten al mundo y a la Iglesia.

Aquí quisiera resaltar algunos elementos que sugiere la perícopa de Ezequiel 37, 1-14, especialmente respecto al uso del sustantivo femenino hebreo ruah. Aunque en el Antiguo Testamento todavía no se identifica la ruah con el Espíritu Santo, podemos intuir esta presencia del Espíritu de Yahvé. En el Antiguo Testamento, ruah posee las acepciones de viento, respiración, aire, aliento (todo esto es signo de vida); además es un sustantivo femenino. Esto sugiere algunas consecuencias interesantes:
a) La Ruah
Se trata de un sustantivo femenino que lleva a considerar «el rostro materno» de Dios.
Esto lo señalo, dada la recuperación del papel protagónico que la mujer va teniendo tanto en la sociedad como en la comunidad eclesial y que gusta privilegiar esta categoría en su discurso.
Además, el Espíritu Santo es principio de vida y dinamismo, por lo tanto, genera y promueve diversidad de ministerios concedidos en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia.
Son dones dinámicos que, más que «extravagantes» o «extraordinarios», son ordinarios, en el sentido de que se van manifestando en la cotidianeidad de la experiencia eclesial y humana: en la praxis del amor, del servicio, la bondad, la alegría; ya que «del Espíritu del Señor está llena toda la tierra» (Sab 1, 7).

b) El Espíritu es una realidad libre, dinámica, innovadora, creadora, símbolo de la juventud, de la viveza, de la renovación. Es una fuerza activa que da vida, sustenta, guía y gobierna todas las cosas. Esta realidad «libre»,está presente no solo en la Iglesia, sino también en el mundo entero, actúa en la historia siempre necesitada de un impulso creativo ordenado a su plena realización.
c) El Espíritu Santo es el movimiento de Dios, el Dios que “juega” creando, como afirma Jürgen Moltmann:
«Dios es libre. Cuando crea algo, este algo tiene su razón de ser no en sí mismo, sino en la complacencia divina. La creación es un juego de Dios, un juego de su insondable e inescrutable sabiduría, el lugar de recreo para el desarrollo de la gloria de Dios».
Entonces la Ruah, en la creación, es un movimiento lúdico:
Movimiento cósmico: Dios compasivo y solidario con la creación.
Movimiento visceral y óseo: Dios sale al encuentro de las víctimas de la historia; «se conmueve hasta las entrañas» ante el dolor del hombre y de la mujer; expresión que queda claramente patente cuando el profeta invoca el Espíritu de los cuatro vientos, desde una situación de conflicto (los huesos secos). Recordemos, además, que los huesos son, para los hebreos, el último resquicio de vida y por tanto el último reducto de la presencia de Dios: siempre queda una mínima esperanza, una pequeña y débil posibilidad de vida que es vivificada por Ruah Yahvé.
Movimiento relacional: el Espíritu es el autor de la relación entre Dios y los hombres. Así, ambos son capaces de un encuentro personal. Ruah-Yahvé es el juego creacional que danza con su movimiento cósmico, visceral, óseo y relacional.
He aquí una propuesta para vivir como personas nuevas, animadas por la Persona del Espíritu Santo.
¡Feliz Pentecostés!
