Dr. Jorge Piedad Sánchez
“…El magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio”
DV 10
Introducción
Empecemos evocando aquel 25 de enero de 1959 cuando Juan XXIII anunció la celebración de un Concilio, dando a entender que se trataba no de una reanudación del Concilio Vaticano I, interrumpida en 1870, sino de un nuevo Sínodo de temáticas y metodologías nuevas.
Desde la preparación algunos miembros de la Curia Romana intentaron convertirlo en un apéndice del anterior. Se creó así una fuerte tensión entre este grupo curial controlador, llamado “la minoría”, y el sector predominante del episcopado, denominado “la mayoría”.
A pesar de tantas discusiones bíblicas el 18 de noviembre de 1965 se promulgaba la Constitución Dogmática Dei Verbum, sobre la Revelación. A partir de entonces surgieron grandes comentarios explicando la teología bíblica ahí expuesta. Dichos manuales servían para comprender cada uno de los números evitando así alguna mala interpretación del texto aprobado por el Concilio. Pero sin duda alguna, una de las grandes innovaciones, gracias a Dei Verbum, la Biblia nuevamente fue entregada en manos del pueblo para su lectura, meditación y estudio.

Nuevo paradigma bíblico para la iglesia (2)
Dei Verbum insiste en que, los fieles tengan fácil acceso a la Biblia (DV 22), ya que Dios sale al encuentro de su pueblo y dialoga con él (DV 21). Si Dios nos habla en los acontecimientos, se deduce que, con mayor razón lo hace a través del hermano, protagonista de la historia. Y de manera particular en el pobre, pues es “sacramento” de Cristo Jesús. “Lo que hicieron ustedes a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron…” (Mt 25,31-46). Desde esta perspectiva, la lectura de la Biblia representó una novedad que constituía una luz y una esperanza para la gente pobre. Dicha lectura comenzó a realizarse, no de manera individual sino en comunidad, particularmente en los grupos de apostolado ―principalmente la Acción Católica y los llamados Círculos Bíblicos― de donde irradió en todas direcciones dando origen a un verdadero movimiento de la lectura de la Biblia, novedoso en América Latina, y que se ha denominado de diversas formas predominando el de Lectura Popular de la Biblia (LPB) 3. Así pues, en los documentos de la iglesia sobre la lectura de la Biblia se percibe una evolución. Del temor frente a los métodos históricos-críticos, por el peligro que podrían representar para la fe, se pasa a reconocer la importancia de los mismos por la correcta interpretación y el anuncio de la fe.
Ya que a menudo la investigación proponía para un texto de la Sagrada Escritura un sentido distinto —y normalmente menos trascendente— del que hasta entonces se había tenido por correcto y por revelado. A la apologética cristiana, que tenía al texto por verdadero, se le ofrecían tres caminos para responder a los retos de la investigación: en primer lugar, podía prescindir de esa investigación —que, después de todo, lo único que ofrecía eran hipótesis más o menos probadas— y mantenerse en el sentido recibido desde el pasado, rechazando lo novedoso; tenía un segundo camino: si lo que ofrecía la crítica histórica y filológica eran conclusiones bastante probables, la apologética podía refugiarse en el sentido espiritual de los textos; finalmente, tenía un tercer camino, más tortuoso, pero que fue el elegido: aceptar el análisis crítico de los textos, profundizar en las metodologías, y procurar descubrir el legado de doctrina, el contenido de la Revelación, no al margen de lo que dicen los textos estudiados críticamente, sino en la misma dirección. En definitiva, elegir el estudio del sentido literal de los textos, el pretendido por los autores humanos, como el único camino para llegar al sentido pretendido por Dios. Esta fue la solución que adoptó la teología católica y también la que promovió el Magisterio de la Iglesia.

Actitud y función del Magisterio
La Palabra de Dios entregada en la Sagrada Escritura y transmitida a través de la Tradición es la guía interior de la reflexión teológica. Por su parte, el magisterio de la Iglesia determina los hitos de este camino. Si la teología es un itinerario de búsqueda radical de la verdad salvífica y una profundización cada vez mayor en la fe recibida y confesada, el magisterio es límite necesario, el marco que circunscribe y la guía que nos asegura que estamos en el contenido auténtico revelado en la Escritura y en comunión efectiva y real con la Tradición viva de la Iglesia, tanto en su dimensión diacrónica como sincrónica.
De aquí se deriva la actitud del magisterio. El Concilio debe escuchar con devoción, es decir, que los padres que conforman el magisterio sean CREYENTES y proclamen con valentía, lo que indica ser pastores oliendo a ovejas y auténticos PROFETAS (DV 1). Así inicia la DV reconociendo a los obispos oyentes, creyentes y profetas (servidores de la Palabra). Por eso, se afirma explícitamente que el magisterio no está por encima de la Palabra, sino a su servicio (DV 10 y EN 78). El magisterio antes de “enseñar” debe “aprender” de la Palabra de Dios. No es solo iglesia docente sino también discente. Desde un punto de vista negativo, se pone de relieve que el magisterio no es la totalidad de la doctrina cristiana y menos aún la realidad que representa a través de sus imágenes y conceptos.
No podemos identificar magisterio y vida cristiana, ni tampoco magisterio y teología bíblica, pues la teología no es una simple explicación y justificación de las afirmaciones del magisterio. Tal como señala DV 10, el oficio del magisterio consiste en interpretar auténticamente, es decir, con la autoridad transmitida por Cristo a los apóstoles, así, la Palabra de Dios escrita en la Sagrada Escritura o transmitida en la Tradición. Para ello, se pone a servir la Palabra, con el fin de escucharla religiosamente, guardarla con exactitud y exponerla con fidelidad. Desde un punto positivo, el magisterio no es un simple límite formal de la teología y de la vida cristiana, sino la ratificación del contenido real de ambas.
Es decir, la tarea del magisterio está en función de los fieles a los que desea auxiliar en un determinado momento histórico. Pues el magisterio tiene que ver con el acto de enseñar y transmitir, pero a la luz de Cristo. Con esto, se entiende que el magisterio apostólico no pretende avocarse a las cuestiones técnicas, (magisterio científico), sino que trata de presentar el sentido de un texto tal como se ha leído en la iglesia. Al respecto, conviene entender que, la relación con el sentido de la fe de los fieles (LG 12 y DV 8) y con el magisterio de los pastores (LG 25 y DV 10) resulta esencial para el ejercicio de la teología
Ambas relaciones no son externas, sino que pertenecen a su esencia. Por ende, podemos hablar de dos magisterios, el apostólico, en cuanto que da testimonio de la continuidad con la fe apostólica. Su autoridad no proviene ni se funda en la capacidad intelectual de sus razonamientos, sino en el sacramento del orden (gracia) y en la comunión jerárquica.
Mientras que el magisterio científico, su autoridad proviene de la competencia y pericia en el campo exegético en el que desarrolla sus estudios. Ambos tipos de magisterio no están en competencia, sino en convergencia, ya que sirven, en diferentes planos, a la misma fe, bajo la misma Palabra de Dios y en el único pueblo de Dios.

Función del pueblo de Dios en la interpretación de la Biblia
Nos referimos a la tesis de que toda la iglesia recibe, escucha y transmite la Palabra de Dios. No hay una iglesia docente ni una iglesia discente, como distinción de categoría de personas; sino que toda la comunidad tiene dos funciones: aprender (recibir, escuchar) y transmitir (enseñar) la Palabra de Dios (DV 8.10). La interpretación y actualización de la Escritura es obra de todos los miembros de la comunidad eclesial. Nadie puede arrogarse la exclusiva en esta tarea. De modo particular, a los fieles les toca fundamentalmente con su sentido de fe, aportar elementos para encontrar líneas de actualización, descubrir la verdad existencial, la búsqueda en la Palabra de Dios de la respuesta a las grandes interrogantes del hombre sobre el sentido de la vida. Muchas veces en las personas sencillas y pobres se da una verdadera sensibilidad ante las exigencias de la Palabra. Ellos tienen mucho que enseñar a los pastores y exégetas. Se dice la llamada fe del carbonero. Un Francisco de Asís, quien, sin recursos técnicos, supo descubrir la verdad del Evangelio para su vida
No obstante, algunas críticas al nuevo paradigma Bíblico, se resolvieron con Dei Verbum. La Escritura a la luz de la fe significa no sólo leerla con una aceptación de las verdades reveladas. Significa igualmente y, sobre todo, penetrar profundamente en ellas con rectitud de juicio y aplicarlas íntegramente a la vida (LG 12). Por esto mismo, la disponibilidad para escuchar a Dios y a su palabra exige también “discernir e interpretar con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra Divina” (GS 44).
Si la Biblia no es interpretada desde la vida, no es posible que pueda brindar un mensaje pertinente, y entonces es que directamente no ha habido interpretación. Pues la Sagrada Escritura, junto con la Tradición, han sido entregadas a la iglesia, comunidad orgánica en la cual “el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia ”(DV 10). Sin embargo, colaboran también en la interpretación de la Escritura, en formas y niveles diversos, todos los miembros del pueblo de Dios: los exegetas (DV 10) y los creyentes.
Esto presupone que la Biblia sea el segundo libro, siendo que el primer libro es la realidad. Presupone, también, que la Biblia provenga de un contexto comunitario y que sea escrita teniendo en cuenta la formación de la vida comunitaria. Como consecuencia, resulta de esto una lectura comprometida con la lucha por la justicia.

El Dios de la historia y del Reino
El Concilio Vaticano II, hablando de la revelación de Dios afirma que ésta se realiza en la historia. Las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan. (DV 2). En esta situación, la metodología Ver-Juzgar-Actuar, se adopta y se vuelve método teológico pastoral. El principal desafío no es propiamente el problema de la existencia de Dios o no existencia de Dios, ni tampoco si validar o no lo dogmas de la iglesia, sino los ídolos del sistema que atentan contra la vida de las personas.
Desde entonces la reflexión teológica no se limita al intellectus fidei pasando de largo ante el sufrimiento humano. Ha de entenderse, más bien, como intellectus amoris et misericordiae, que se hace cargo del sufrimiento de las víctimas; toma partido por ellas, denuncia proféticamente a los causantes de sus sufrimientos, exige su reivindicación y formula sus derechos inalienables en cuanto personas e imagen de Dios. Actualmente, las Universidades e Institutos Católicos en todo el mundo movidos por la Reforma de Dei Verbum, siguen promoviendo Diplomados y Talleres Bíblicos los cuales son verdaderas enseñanzas de la Sagrada Escritura abiertos al público en general.

Notas:
1 “La minoría” se aferraba a una iglesia monárquica con miedo a los cambios pues, según ellos estaba en riesgo el depósito de la fe, confundiendo el progreso de la Revelación con el Dogma; mientras “la mayoría” era sensible a las realidades del mundo y a las necesidades de la adaptación abierta al dialogo ecuménico y partidaria de una teología basada en la Sagrada Escritura para su aplicación pastoral. Cf. R. AUBERT, “El Vaticano II” en AA.VV. Nueva Historia de la iglesia, Tomo V, Madrid 1977, pp. 553-566.
2 Se toma como punto de partida el riguroso estudio de Angelo TOSATO, “Ars interpretandi” Annuario di Ermeneutica Giuridica 4 (1999) pp.123-200; también su última obra Angelo TOSATO, Vangelo e ricchezza. Nuove prospettive esegetiche, Torino 2002, pp.25-124.
3 José KAEFER, “La Biblia y los documentos del CELAM”, Reseña Bíblica 59 (2008) 17-18Dei Verbum será fruto del movimiento bíblico de finales del s. XIX y primera mitad del s. XX, teniendo como antecedentes, la encíclica Providentissimus Deus (1893), y la Divino Afflante Spiritu (1943) en donde ya se veía necesaria la comprensión de la Biblia desde los géneros literarios y los modos de pensar propios del mundo oriental del escritor sagrado (hagiógrafo DV 12).
4 CORDOVILLA, Ángel, El ejercicio de la teología, Sígueme, Salamanca 2007, 28-32.
5 JUNCO GARZA, Carlos, Escucha Israel, Clavería, México 1995, 349-350. que “va creciendo la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya que por la contemplación y el estudio, los creyentes las meditan en su corazón (cf. Lc 2,19.51); ya por la percepción íntima experimentan las cosas espirituales” (DV 8). Y puesto que la lectura de la Biblia inspira toda la acción pastoral de la iglesia, en la realidad eclesial, ella motiva, sobre todo, a las pequeñas comunidades como semillero de Círculos Bíblicos en los que se reúnen pequeños grupos para leer la Palabra de Dios a la luz de la realidad vivida en lo cotidiano.
6 MESTERS, Carlos, Flor sem defesa: uma explicação da Bíblia a partir do povo, Vozes, Petrópolis, 1983, 42-
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