Pablo Cassano
En marzo de 1976, la oligarquía Argentina, con pleno respaldo del gobierno de los Estados Unidos, decidió eliminar definitivamente toda forma de resistencia a sus intereses, sin importarles las consecuencias ni limitar ningún medio para lograrlo.
Para concretarlo, provocó un golpe militar –que después de destituir y encarcelar a la presidente constitucional María Estela Martínez de Perón– tomó una serie de medidas regresivas profundas, muchas de las cuales continúan vigentes hasta la actualidad; y a fin de asegurarse que ninguna forma de disidencia cobrara cuerpo mientras desarrollaban sus planes y latrocinios, con la excusa de la lucha contra el terrorismo, desarrolló un metódico programa de asesinatos, torturas, desapariciones y secuestros contra el pueblo argentino.
Si bien la represión afectó al pueblo en su conjunto, apuntó de manera privilegiada contra los cuadros medios: dirigentes y delegados gremiales, militantes sociales y políticos, religiosos comprometidos con los más humildes, a fin de descabezar toda forma organizativa de la comunidad.
Por esos días, Mons. Enrique Ángel Angelelli Carletti era obispo de la diócesis de La Rioja, una provincia argentina empobrecida, ubicada en el noroeste del país, con fuerte presencia de trabajadores rurales y mineros, que vivía una situación socio-política marcada por tensiones profundas entre los sectores populares y los grupos de poder locales.
Angelelli nació en 1923 en Córdoba y fue ordenado presbítero en el Pontificio Colegio Pío Latino Americano de Roma, el 9 de octubre de 1949, a los 26 años.
De regreso a su provincia natal, fue nombrado vicario cooperador de la parroquia San José de Alto Alberdi –un barrio de trabajadores que tuvo gran influencia en su formación pastoral– y capellán del Hospital Clínicas.
Durante esos años visitó los barrios populares de Córdoba y asumió como asesor de la Juventud Obrera Católica, con sede en la capilla Cristo Obrero. Además, fue profesor de Derecho Canónico y Doctrina Social de la Iglesia en el Seminario Mayor y profesor de Teología en el Instituto Lumen Christi.

La experiencia como asesor de la Juventud Obrera Católica (JOC) fue decisiva para su perfil pastoral. Allí -en la década de 1950- acompañó a jóvenes trabajadores, promoviendo la dignidad laboral desde la fe.
Ese contacto directo con la realidad del trabajo lo marcó profundamente: aprendió a vincular la doctrina cristiana con las luchas obreras y desarrolló una tarea pastoral cercana y comprometida con los pobres y los trabajadores. Muchos testimonios recuerdan que la JOC fue el “semillero” de su opción por los pobres, que luego se consolidó en su episcopado y lo llevó a enfrentarse con los poderes de la dictadura.
El 12 de marzo de 1961 fue nombrado obispo auxiliar de Córdoba, y en esa condición participo del concilio Vaticano II – el gran encuentro religioso que reubicó a la Iglesia en medio de los cambios profundos que ya se comenzaban a apreciar – y esa experiencia fue decisiva para su visión de la Iglesia y su estilo pastoral. Durante las sesiones se involucró en los debates sobre la Iglesia de los pobres, la renovación litúrgica y el compromiso social de los cristianos.
En 1968 fue designado obispo de la diócesis de La Rioja.
La tarea pastoral de Monseñor Enrique Angelelli entre 1968 y 1976 se caracterizó por una opción clara por los pobres y trabajadores, profundamente transformadora y también conflictiva: promovió cooperativas de trabajo, sindicatos rurales y mineros y la organización de las empleadas domésticas, impulsó la participación popular en la vida de la Iglesia, con celebraciones transmitidas por radio para llegar a toda la provincia y defendió la idea de una Iglesia “con olor a pueblo”, comprometida con la realidad cotidiana de los más humildes.
Su defensa de campesinos y obreros lo enfrentó con terratenientes, empresarios locales y sectores conservadores de la Iglesia. Fue acusado de “agitador” y “cura comunista” por las Fuerzas Armadas y grupos de poder. Tras el golpe militar de 1976, sus misas y emisiones radiales fueron censuradas.

El 4 de agosto de 1976, el cuerpo de Enrique Angelelli, fue encontrado al costado de la ruta 38, camino a la capital provincial. La camioneta furgón en la que viajaba dio varias vueltas antes de que saliera expulsado. Su acompañante, el entonces vicario episcopal, Arturo Pinto, sufrió numerosos golpes y perdió la conciencia, pero salvó su vida y declaró que se trató de un ataque intencional porque un automóvil los encerró, provocando el vuelco de la camioneta.
Cuando la policía encontró el cuerpo de Angelelli, estaba llamativamente dispuesto sobre la tierra y presentaba una lesión en la nuca, compatible con un golpe. Ambos religiosos regresaban de Chamical, donde unos quince días antes habían sido secuestrados, torturados y brutalmente asesinados los jóvenes sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias. El obispo había oficiado la misa del entierro el 22 de julio y en la camioneta llevaba una valija con documentos recogidos para esclarecer estos crímenes que nunca se pudo encontrar.
El asesinato de Monseñor Enrique Angelelli fue uno de los crímenes más emblemáticos de la dictadura militar argentina y se convirtió en símbolo del martirio de la Iglesia comprometida con los pobres.
Durante años se sostuvo la versión oficial de “accidente de tránsito”. En cambio, en 1986 el juez Aldo Morales determinó que se trató de un homicidio premeditado. La causa quedó paralizada por las leyes de impunidad en los años 90, se reabrió en 2005 y en 2014 el Tribunal Oral Federal de La Rioja condenó a perpetua al General Luciano Benjamín Menéndez -comandante del III Cuerpo de Ejército- y al Comodoro Luis Fernando Estrella -segundo jefe de la Base Aérea Chamical-, reconociendo el asesinato como parte del plan represivo de la dictadura.
La Iglesia reconoció su muerte como “martirio en odio de la fe”.
Francisco tuvo un rol decisivo en la beatificación de Enrique Angelelli y los mártires riojanos: en 2018 autorizó el decreto que reconoció su martirio “en odio de la fe”, y en 2019 envió a su representante, el cardenal Angelo Becciu, para presidir la ceremonia de beatificación, quien leyó la carta firmada por Francisco y transmitió el “abrazo del Papa”.
León se refirió a él en “Magnífica Humanidad” como uno de los mártires de la fraternidad y de la justicia.
Al cumplirse cincuenta años de su paso a la gloria, las conmemoraciones en La Rioja se extendieron entre el 25 de julio y el 4 de agosto de 2026, con misas, peregrinaciones, vigilias, marchas, profusa difusión en medios y redes sociales y actividades culturales bajo el lema “Pascua riojana, alegría del pueblo” y se replicaron en ciudades como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, San Juan, Santiago del Estero y Lomas de Zamora.
La magnitud de las celebraciones da cuenta que las perversas acciones de los golpistas del 76, de quienes los manipularon y de quienes continúan promoviéndolas, no han logrado erradicar del alma argentina y latinoamericana los sentimientos de justicia social y defensa de la dignidad de las personas y de los pueblos; y que junto a su recuerdo siguen brotando y creciendo las semillas de esperanza que Enrique Angelelli y tantos mártires –muchos de ellos santos y mártires de la puerta de al lado-sembraron en el fértil campo fiel Pueblo de Dios.

