Hna. Clara Malo Castrijón rscj
Hoy celebramos la fiesta de la Asunción, es decir, que María fue “asunta”, asumida, abrazada en el cielo con todo su ser: cuerpo, alma, recuerdos, cariños, experiencias. Toda ella estuvo llena de Dios, y por eso la Iglesia reconoce que “todo” fue integrado en la vida plena.
El dogma de la Asunción fue proclamado el 1º de noviembre de 1950, y vale la pena detenernos en esto. La palabra “dogma” tiene muy mala fama: suena a algo impuesto, que “hay que aceptar, aunque no entendamos”. Sin embargo, cada dogma en realidad expresa anhelos y preguntas humanas muy profundas, es importante comprenderlos, porque cada uno expresa una faceta de la Buena Noticia que no podemos perder. En el caso de la Asunción, está por ejemplo la pregunta sobre qué pasa cuando morimos, y también si todo lo que somos puede ser acogido por Dios.
La definición de la Asunción es bastante sobria: «…la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo».
María terminó su vida terrenal, como todos nosotros. Y fue “asunta” es decir, fue llevada, asumida, acogida, abrazada. Y fue “en cuerpo y alma”, es decir, toda entera.
¿Por qué esto es buena noticia para nosotros? ¿Por qué es tan importante que valía la pena proclamarlo públicamente y declararlo una verdad de fe?
La división de cuerpo y alma no procede de la tradición bíblica. En el lenguaje bíblico somos sencillamente “humanos”: carne, corazón, espíritu, aliento… Y nuestra relación con Dios pasa por todas estas dimensiones: Dios es el que teje nuestros huesos, el que escruta los riñones y el corazón, el que nos da aliento de vida… Al morir, la persona entera “bajaba” al sheol, al lugar de las sombras.
La resurrección de Jesús abre la posibilidad de una nueva experiencia: desde ahora, el ser humano sabe que no está destinado a las sombras, sino a una vida transformada. ¿Qué “parte” de nosotros es la que se encuentra con la vida definitiva? No podemos decir que solamente el “alma…” sino todo nuestro ser, nuestra capacidad de relación, nuestra historia cargada de experiencias, todo aquello que nos permite decir “yo”.
Nosotros vivimos una relación ambivalente con nuestro propio cuerpo. Es nuestro medio para existir en el mundo y para relacionarnos con todo, pero hay un momento en el que el cuerpo también se vuelve carga, dolor, limitación. Sin embargo, ese cuerpo gordo o flaco, cansado o roto, sigue siendo vasija que contiene la presencia de Dios en nosotros, y sigue siendo mediación para la cercanía y la ternura.
Afirmar que María “fue asunta al cielo en cuerpo y alma” indica algo de esto. María es acogida en la vida de Dios toda entera, así como nosotros lo seremos y lo somos. Me parece que este es una consecuencia lógica de nuestra fe en la encarnación: Dios “asumió” la condición humana en su totalidad, se hizo hombre y por lo mismo, todo lo humano es asumido, acogido, unificado en Dios.
Es significativo ubicar el momento histórico en el que se proclamó el dogma de la Asunción. Apenas cinco años antes había terminado la segunda Guerra Mundial. La humanidad entera seguía sufriendo las consecuencias de esa guerra, y se seguían descubriendo los horrores que habían sucedido. Detengámonos un momento a pensar: son sólo cinco años después de la bomba de Hiroshima; cinco años después de descubrir los campos de concentración y exterminio. Al proclamar como verdad de fe que María de Nazaret, nuestra madre y hermana, llegó al cielo como resucitada, lo que la Iglesia está anunciando es esto:
Miren lo bajo que puede caer la humanidad… pero miren también lo alto a lo que podemos llegar. María, la madre de Jesús, la que lo vio crecer, y también lo acompañó hasta la cruz… subió al cielo. Desde ahí nos acompaña, en cuerpo y alma. Nos escucha, nos ve, nos cobija. Así como Jesús resucitó de entre los muertos, nosotros seremos levantados y abrazados. Porque, más allá de la fuerza del mal, Jesús es vencedor del pecado y de la muerte. Y nuestro Dios nos quiere junto a él, con todo lo que somos, cuerpo y alma.
Todo esto conecta directamente con la esperanza de la que está tan urgido nuestro mundo. No se trata de quebrarnos la cabeza pensando con qué cuerpo llegaremos al cielo: el cuerpo ágil y sano de la juventud o nuestros cuerpos torpes o artríticos de la vejez. Es creer que quienes murieron nos escuchan, y que el recuerdo del roce de sus manos es una realidad que sigue viva. Es afirmar que nuestros cuerpos no están destinados a la destrucción, sino a la gloria.
Me gusta imaginar a Dios mismo bajando a cada una de las tumbas ocultas que llenan nuestro país, recogiendo los cuerpos que nadie ha logrado encontrar. Y ver cómo los abraza y los limpia de heridas y dolores. O escuchar a María devolviendo la esperanza y dignidad a todas aquellas personas que han vivido el cuerpo como una experiencia de opresión o de vergüenza.
Hoy podemos unirnos a María, con todo nuestro ser, y proclamar la grandeza del Señor. Dejar que nuestro espíritu se llene de júbilo, porque nuestra vida también puede ser asumida y abrazada por Dios, el que es fiel y cumple sus promesas.
Y unirnos a tantos hombres, mujeres y niños, que necesitan la Buena Noticia de que un día su cuerpo no será hambre o dolor, sino caricia y bálsamo en una vida que no termina.
