Vicenzo Rosito
«Fieles a la enseñanza de Cristo, miramos la realidad de la familia hoy en toda su complejidad, en sus luces y en sus sombras» (AL 32). Esta afirmación de Amoris laetitia describe no solo la perspectiva de la Iglesia sobre la familia, sino también la manera en que las ciencias sociales estudian la vida familiar. Yo mismo, como filósofo político y social, busco estudiar la familia en tanto realidad compleja, interpretando las conexiones entre las luces y las sombras de la vida familiar.
Tanto la familia como la Iglesia son realidades complejas porque son realidades relacionales. Esto significa que la vida, dentro de la familia y de la Iglesia, está hecha de relaciones que definen la identidad de cada uno de nosotros. A través de los lazos relacionales que construimos con otras personas —ya sean madres, padres, hermanos o hermanas— nos convertimos en artífices de nuestra vida personal y, al mismo tiempo, edificamos la vida institucional de la familia y de la Iglesia.
Recientemente, en Magnifica humanitas, el Santo Padre nos ha recordado las palabras de San Pablo: «Cada uno mire cómo construye» (MH 229). La importancia de esta invitación aparece muy claramente cuando pensamos en la familia y en la Iglesia como realidades relacionales. De hecho, podríamos recordarnos unos a otros: Cada uno mire qué relaciones construye dentro de su propia familia y dentro de la Iglesia.

Hablar de familia y de Iglesia juntas: Amoris laetitia a la luz de Gaudium et spes
En los últimos diez años, en el espíritu de Amoris laetitia, nos hemos dado cuenta de que no basta con enumerar las principales transformaciones de la familia contemporánea. Hay que concentrarse también en la relación entre la Iglesia y la familia, es decir, en las implicaciones recíprocas entre las transformaciones de la Iglesia y las transformaciones de la familia.
Amoris laetitia explicita claramente esta perspectiva desde su inicio (incipit): «La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» (AL 1). Incluso estilísticamente, estas primeras líneas de Amoris laetitia remiten a las primeras líneas de Gaudium et spes: «Los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo». Existe, por tanto, una cercanía entre el incipit de Amoris laetitia y el proemio de Gaudium et spes.
Cada uno de nosotros puede observar las angustias y las esperanzas de las familias desde fuera, como si se tratara de una realidad que está frente a sí. Esta actitud puede recordar la imagen del «naufragio con espectador». Corremos el riesgo, en efecto, de pensar que las transformaciones antropológico-sociales conciernen siempre a los demás. Sin embargo, los cambios antropológico-sociales nos muestran cómo las Iglesias mismas se transforman junto con las familias.
El relato del naufragio de Pablo, en el capítulo 27 de los Hechos de los Apóstoles, nos sugiere la posibilidad de una perspectiva diferente. Pablo no es el espectador de un naufragio. Pablo no mira los problemas desde lejos. Él mismo es un náufrago que siente la necesidad de salvarse junto a la multitud de sus compañeros. Las angustias y las esperanzas de las multitudes son «familiares» para la Iglesia, son un recurso para la Iglesia familia de Dios. Por eso, las prácticas del hacer familia hoy interesan a las prácticas del ser Iglesia, familia de Dios, hoy.
Podríamos expresar esta perspectiva también a través del principio de pastoralidad: «No hay anuncio del Evangelio de Dios sin hacerse cargo de su destinatario». Las familias, como destinatarias del anuncio del Evangelio, ya han tenido una historia de amor con Dios; el anuncio del Evangelio ya está operativo en ellas. La pastoral es, por tanto, un lugar en el que la Iglesia comprende lo que Dios le está diciendo a través de las familias, para que la Iglesia misma pueda comprender mejor el Evangelio y su anuncio.
En la historia reciente, para hablar de la relación entre familia e Iglesia hemos recurrido a algunas metáforas; pensemos en la imagen «familia Iglesia doméstica» o en la imagen «Iglesia familia de Dios». El uso teológico y pastoral de estas metáforas podría ser hoy integrado por un trabajo teológico y pastoral sobre las prácticas. Las prácticas familiares nos ayudan, en efecto, a comprender cómo las iglesias y las familias aprenden unas de otras.
Tanto la Iglesia como la familia aprenden también a través de las prácticas de su vida cotidiana. Tanto las Iglesias como las familias, por ejemplo, acogen y acompañan a través de prácticas concretas, a través de acciones habituales y compartidas, mediante las cuales invitamos, convocamos, festejamos o celebramos.

Familia y cambios antropológico-culturales: tres perspectivas metodológicas
A la luz de estas consideraciones, quisiera formular tres perspectivas metodológicas, útiles también para el discernimiento común de estos días.
Primera perspectiva: los cambios de la vida familiar son cambios sociales. Como hombres y mujeres que tienen una vida familiar, nos transformamos socialmente, es decir, nos transformamos todos juntos, haciendo cosas juntos. Los cambios antropológico-culturales (AL 32), en la perspectiva de la vida familiar, no son macrofenómenos que ocurren «sobre nuestras cabezas».
Son, por el contrario, cambios prácticos que conciernen a lo que hacemos «con nuestras manos», a través de los gestos cotidianos. Amoris laetitia nombra algunos de estos cambios: el individualismo exasperado (AL 33), la cultura de lo provisorio (AL 39), las migraciones y la movilidad humana (AL 46). Para comprender pastoralmente estos cambios, es necesario analizarlos desde el punto de vista de las prácticas familiares, enfocándose en las «acciones comunes» con las que «hacemos familia» hoy. Por ejemplo, para dos jóvenes novios que por motivos de trabajo viven en naciones distintas, las videollamadas que hacen cada noche son una «práctica» fundamental para alimentar su relación a distancia.
De esta observación surge una segunda perspectiva metodológica: los cambios antropológico-culturales no son problemas, sino actividades humanas. Amoris laetitia nos recuerda que las relaciones familiares, aun cuando son difíciles y dolorosas, «no son un problema, son principalmente una oportunidad» (AL 7). Todas las familias deben gestionar cambios pequeños y grandes. Algunas transformaciones de la vida familiar dependen de los grandes procesos de cambio social y pueden adoptar la forma de decisiones padecidas. Sin embargo, vistos desde la perspectiva de las familias, los cambios antropológico-culturales no deben considerarse solo como problemas que enfrentar, sino también como procesos concretos en los que las personas y las familias actúan, reaccionan, aprenden y desarrollan nuevos recursos.
La conversión de la mirada pastoral sobre la familia (AL 199) requiere, por tanto, que nos esforcemos cada vez más por identificar, también en la vida familiar, no ante todo problemas, sino actividades humanas. Un estudiante filipino mío, al escribir su tesis, analizó la definición sociológica de «cultura del desastre» aplicada a su país. Las Filipinas son devastadas con frecuencia por tifones e inundaciones; sin embargo, estos problemas han hecho madurar una cultura familiar de la solidaridad, típica del pueblo filipino. Las familias filipinas conocen muy bien cuáles son los gestos y hábitos necesarios para ayudarse mutuamente ante un problema social como un tifón.
De esta reflexión se deriva la tercera premisa metodológica: las transformaciones sociales son ocasiones de aprendizaje. La conversión pastoral requiere, ante todo, una «disposición a aprender» por parte de todo el pueblo de Dios, mientras gestiona los cambios antropológico-culturales. Pensemos, por ejemplo, en cómo el uso de las nuevas tecnologías digitales está transformando los hábitos cotidianos de las familias y la educación de los hijos.
Una renovada conciencia pastoral debe ser consciente de que estamos aprendiendo a hacer cosas nuevas y de que todos estamos inmersos en un gran proceso de «aprendizaje colectivo». Podríamos decir que las familias ya están aprendiendo cuando las iniciativas de la pastoral se acercan a ellas para acompañarlas. Es necesario, por tanto, escuchar a las familias, sabiendo sin embargo que la escucha es solo un aspecto de un proceso más amplio de aprendizaje que concierne a la Iglesia como comunidad de discípulos misioneros.
Cada uno de nosotros podría preguntarse, desde su propia perspectiva específica (como padre, madre, teólogx o pastor): ¿Soy capaz de reconocer y presentar a los demás al menos una cosa nueva que he aprendido a hacer, o a hacer de forma diferente, en los últimos años de mi vida familiar o pastoral?

La huida a Egipto: familias e Iglesias que aprenden en las transformaciones
La familia y la Iglesia, por tanto, aprenden juntas en las transformaciones. Creo que la imagen evangélica de la huida a Egipto de Jesús, José y María (Mt 2, 13-23) puede ayudarnos a comprender mejor esta dinámica. Quisiera releer este relato deteniéndome en tres palabras: movilidad, violencia, sueño.
La huida de la Sagrada Familia de Nazaret es un ejemplo de movilidad familiar. La primera experiencia que Jesús hace junto a sus padres es la del migrante. Apenas nacido, Jesús se convierte en extranjero en la tierra de Egipto, exactamente como hacen muchas familias que dejan nuestros países para trasladarse a otras naciones, o como hacen muchas familias que viven como inmigrantes y extranjeras en nuestras diócesis. ¿Cómo se reconfigura la Iglesia en los contextos en los que llegan muchas familias migrantes? ¿Qué nos está diciendo el Señor en este momento histórico, a través del fenómeno de la movilidad humana, a las Iglesias, para que puedan comprender mejor el Evangelio y su anuncio?
La teóloga congoleña Josée Ngalula observa que, para los migrantes que cruzan el Sáhara africano con dirección a las costas del mar Mediterráneo, la presencia de la Iglesia adopta la forma de «Iglesias domésticas» —en otras palabras, viviendas familiares en las que los discípulos del Señor son, ante todo, quienes ofrecen agua, comida y descanso a quien está realizando un largo viaje.
Hoy, a través de la experiencia de las familias refugiadas y migrantes, algunas comunidades cristianas se están reconfigurando como «Iglesias refugio». Muchas Iglesias sienten, en efecto, la llamada a adoptar la forma de una «casa hostal» o de una «casa familia». Sería hermoso si, en estos días de trabajo compartido, las Iglesias que ya viven experiencias de este tipo pudieran poner en común los frutos y las dificultades de estas transformaciones.
La segunda palabra es violencia. La Sagrada Familia se convirtió en migrante porque se encontró con la violencia; estuvo rodeada de autoridades políticas sanguinarias que mataban a niños inocentes. La inseguridad que proviene de la violencia social y política es una realidad preocupante que muchas Iglesias deben gestionar hoy en su vida cotidiana. La guerrilla armada en América Latina, las guerras civiles en numerosos países del continente africano, las bandas urbanas en muchas ciudades europeas y asiáticas: todos estos fenómenos son un amargo pan de cada día para las familias y las Iglesias que viven en estos contextos. La escalada de la violencia, no solo en la forma global y mediática de las guerras internacionales, es uno de los principales factores de transformación de la vida eclesial y familiar. El riesgo de perder la vida a causa de la incertidumbre y la inestabilidad social está transformando progresivamente también las relaciones íntimas. La violencia puede devorar incluso los afectos familiares y las propias relaciones eclesiales.
La tercera palabra es sueño. En el relato de la huida a Egipto, José sueña e imagina nuevos caminos de salvación. En todas partes del mundo, las familias y las iglesias ya están soñando e imaginando un mundo mejor. Estos sueños están hechos de acciones concretas y cotidianas, como las de los esposos Lorena Fornasir y Gian Andrea Franchi, quienes, en la ciudad italiana de Trieste, curan los pies de los migrantes que recorren la ruta balcánica.
Soñar significa volver a aprender a hacer algo nuevo, en el sentido de imaginar una acción inédita como la pastoral que cura los pies de las familias migrantes. Soñar, imaginar formas nuevas para la Iglesia, significa también renovar lo que ya hacemos. Imaginar la Iglesia significa estar dispuestos a aprender unos de otros, mientras nos transformamos juntos, como Iglesias y como familias. Si, por tanto, «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (AL 31), podríamos hacernos esta pregunta: ¿Qué necesitamos, en las luces y en las sombras del hoy, para aprender e imaginar nuevos modos de ser familia y nuevos modos de ser Iglesia?

Publicado en: Settimana News
