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Salud mental y misión en comunidades eclesiales

Daniel Torres Rosales

La misión también nos toca

A lo largo de mis más de 15 años como voluntario y colaborador de la Compañía de Jesús, me ha tocado conocer y acompañar a personas increíbles en muy diversos espacios y redes de la Iglesia. He visto de cerca al sacerdote que escucha durante horas situaciones dolorosas, a la joven que anima un grupo eclesial, a la religiosa volcada con personas migrantes o víctimas de violencia, y a laicos que sostienen la pastoral a la par de su trabajo y familia. También a quienes coordinan obras en territorios atravesados por el conflicto y a obispos que median en procesos llenos de dolor e incertidumbre.

Aunque cada responsabilidad y realidad es distinta, hay un hilo conductor en todas estas vivencias: la misión nos pone en contacto directo con la vida y el dolor de los demás.

No todas las personas vivimos ese contacto de la misma manera, ni contamos con los mismos recursos para procesarlo. Hay momentos en los que acompañar da fuerza, sentido y esperanza; y hay otros en los que ciertas historias se quedan con nosotros, algunas situaciones nos rebasan o simplemente acumulamos cansancio sin darnos cuenta.

 

 

La espiritualidad puede ayudarnos justamente a hacer esa lectura. No solamente a encontrar consuelo, sino a detenernos y reconocer qué está pasando dentro de nosotros mientras acompañamos. Qué nos da vida, qué nos está quitando paz, qué estamos cargando de más, qué necesitamos compartir y qué decisiones conviene revisar. En ese sentido, cuidar también puede ser una forma de discernir.

A veces la oración, el silencio o una conversación espiritual no cambian de inmediato la situación que estamos viviendo, pero sí pueden ayudarnos a mirarla de otro modo. Nos recuerdan que la misión no depende únicamente de nuestra capacidad para resolver, estar disponibles o responder a todo. También puede vivirse desde la confianza, la comunidad y la humildad de reconocer que no caminamos solos.

¿Desde dónde estamos viviendo la misión?

Por eso, cuando hablamos de cuidado y salud mental en comunidades eclesiales, no basta con preguntarnos cuánto descansamos o qué hacemos individualmente para sentirnos mejor. También conviene mirar desde qué visiones, hábitos y actitudes estamos viviendo la misión.

Las visiones son esas ideas que orientan, a veces sin que las nombremos, nuestra manera de servir. Qué entendemos por compromiso, por disponibilidad, por entrega, por acompañamiento o por comunidad.

Los hábitos son las formas de hacer que se van volviendo normales: cómo organizamos las tareas, cómo usamos el tiempo, cómo nos comunicamos, cómo pedimos ayuda o cómo respondemos cuando alguien la pide.

Y las actitudes tienen que ver con la manera en que estamos con otros: si escuchamos, si juzgamos, si reconocemos, si queremos tener siempre la respuesta, si dejamos espacio para que otra persona piense, decida o simplemente diga que no puede.

 

 

Ahí es donde empieza el verdadero cuidado. En mi experiencia acompañando procesos con agentes pastorales jóvenes, vi con fuerza la urgencia de aprender a distinguir entre escuchar, orientar, acompañar, derivar y pedir apoyo. Acompañar bien no es resolverlo todo, sino reconocer hasta dónde llega nuestro papel y cuándo toca caminar junto a alguien más.

En los espacios donde me ha tocado facilitar diálogos sobre el cuidado en comunidades eclesiales, al preguntar qué nos ayuda a sostenernos surgen palabras como esperanza, escucha, trabajo en red, celebración, espiritualidad y momentos de pausa. Y cuando preguntamos por aquello que no ayuda, aparecen la prisa por los resultados, la saturación de actividades, la sobrecarga de responsabilidades, la poca claridad en las funciones, la falta de comunicación, el protagonismo y la dificultad para escuchar.

Lo interesante es que unas y otras no hablan solamente de “autocuidado”. Hablan de vínculos, pertenencia, confianza, claridad y formas de organizarnos. Es decir, de la manera en que vamos construyendo comunidad mientras vivimos la misión.

Podemos tener una misión profundamente valiosa y, al mismo tiempo, haber normalizado hábitos que nos desgastan. Podemos hablar mucho de comunidad y dejar poco espacio para escuchar. Podemos querer responder a todo y terminar concentrando responsabilidades en pocas personas. Podemos invitar al compromiso y, sin darnos cuenta, hacer difícil que alguien diga “hoy no puedo” o “necesito ayuda”.

También puede ocurrir lo contrario. Una comunidad puede aprender a preguntar cómo estamos antes de entrar de lleno a los pendientes; a revisar la disponibilidad antes de asignar una tarea; a reconocer un esfuerzo; a celebrar lo logrado; a conversar una diferencia antes de que crezca.

También puede aprender a hacer espacio para la oración, el silencio y el discernimiento, no solamente como momentos devocionales, sino como formas de leer juntos lo que estamos viviendo y decidir cómo seguir.

Y quizá aquí está una de las claves: el cuidado no empieza cuando alguien ya está agotado. Se va construyendo, o se va dificultando, en la manera cotidiana de vivir juntos la misión.

 

 

Hay cansancios que necesitan algo más que descanso

Hay cansancios que necesitan descanso, pero no todos se resuelven durmiendo más o tomando una pausa. Algunos necesitan una conversación pendiente. Otros, revisar cómo se están repartiendo las tareas. A veces lo que hace falta es poder decir con confianza “esto me está costando”, “necesito ayuda” o “hasta aquí puedo llegar”.

Por eso, aprender a poner límites es importante, pero también lo es aprender a recibirlos.

Cuando alguien dice “hoy no puedo”, “necesito más tiempo” o “esto rebasa lo que puedo asumir”, la respuesta de la comunidad puede hacer una gran diferencia. Un límite no siempre es desinterés; muchas veces es una forma de cuidar la relación, la tarea y la propia capacidad de seguir presente.

Desde ahí, el cuidado deja de ser algo exclusivamente personal y empieza a verse como una práctica compartida.

Muchas comunidades ya tienen recursos valiosos: personas que escuchan, acompañan, se preocupan unas por otras y responden cuando alguien atraviesa un momento difícil. El reto es que el cuidado no dependa solamente de que alguien se dé cuenta o tenga buena voluntad. También puede expresarse en acuerdos, formas de comunicación, distribución de responsabilidades y caminos claros para pedir ayuda cuando algo nos rebasa.

Una comunidad que cuida también necesita hacer posible la palabra. Que alguien pueda decir que está cansado, que algo le preocupa, que necesita ayuda o que no sabe cómo responder a una situación, sin temor a ser juzgado o visto como menos comprometido.

A veces una conversación a tiempo no resuelve todo, pero sí evita que una persona tenga que cargar sola con aquello que está viviendo.

 

 

 

El cuidado también necesita corresponsabilidad. No todas las personas tienen la misma responsabilidad dentro de una comunidad, pero sí podemos preguntarnos qué nos toca aportar y qué necesitamos recibir para sostener mejor la misión.

A veces una persona necesita poner un límite. Otras veces el equipo necesita redistribuir una tarea. Y en ciertos momentos corresponde a quienes coordinan ofrecer mayor claridad, acompañamiento o apoyo.

Esto también supone reconocer que no todo puede resolverse desde el mismo lugar. Hay situaciones que podemos atender personalmente; otras necesitan conversación y acuerdos dentro del equipo; algunas requieren acompañamiento espiritual o psicológico; y otras necesitan ayuda especializada.

Discernir también es reconocer esa diferencia.

Vivir la misión con mayor cuidado

Hablar de salud mental y cuidado en comunidades eclesiales no significa agregar una tarea más. Tampoco convertir la vida pastoral en un espacio terapéutico. Puede significar algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: revisar cómo estamos viviendo juntos aquello a lo que hemos sido llamados.

Cómo nos hablamos. Cómo escuchamos. Cómo distribuimos responsabilidades. Cómo recibimos un límite. Cómo pedimos ayuda. Cómo celebramos. Cómo discernimos.

La oración, el silencio, el agradecimiento y la posibilidad de volver al sentido de lo que hacemos pueden ayudarnos a mirar nuevamente el camino. No solo para preguntarnos cuánto hemos hecho, sino también cómo lo estamos haciendo, qué está dando vida y qué necesita ser revisado.

Evitar que la inercia del día a día alimente una cultura del desgaste exige atención consciente. Muchas veces nos acostumbramos a funcionar desde la prisa y la exigencia hasta normalizarlas, pero dar espacio a una cultura del cuidado nos invita a transformar la manera en que nos vinculamos, haciendo de la escucha, el respeto a nuestros ritmos y el apoyo mutuo un hábito cotidiano en el servicio.

Quizá una comunidad eclesial que cuida no es aquella en la que nadie se cansa, tiene dudas o necesita ayuda. Es aquella en la que esas experiencias pueden ser reconocidas, compartidas y acompañadas sin perder de vista la esperanza.

Porque también ahí, en la manera en que nos escuchamos, nos acompañamos y discernimos juntos, se construye comunidad.

 

 

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