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Testimonio misionero en Centroáfrica

 

P. Francisco Xavier Sánchez

Bangui, República Centroafricana

En la Iglesia católica durante el mes de Octubre se celebra el DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones) el tercer domingo del mes. Pero todo el mes está dedicado a rezar, ayudar y reflexionar sobre nuestro compromiso misionero. Para tomar conciencia del deber que tenemos TODOS los bautizados de compartir nuestra fe con los demás, es decir de ser misioneros.

Realizaré esta reflexión de la siguiente manera. En primer lugar les compartiré brevemente mi experiencia, de estos dos últimos años colaborando como misionero Fidei Donum en Centroáfrica. Posteriormente hablaré sobre la importancia de la oración por los misioneros y misioneras, principalmente en este mes de octubre. Concluiré recordando la misión que tenemos todos los bautizados de convertirnos en misioneros.

  1. Ser misionero en África Central. Ingresé al seminario de los Misioneros Combonianos a los dieciocho años de edad con la idea de ser misionero en África. Llegué como diacono comboniano al Valle de Chalco, Estado de México. Una zona muy pobre en la periferia de la Ciudad de México, y quise quedarme allí para trabajar como sacerdote diocesano. Fui ordenado sacerdote el 24 de Noviembre de 1991 entre casas de cartón, polvo y un gran calor humano. Después me fui a estudiar filosofía a Paris, donde obtuve un doctorado en la Sorbona y en el Instituto Católico de Paris con una tesis sobre “La verdad y la justicia en el pensamiento de Emmanuel Levinas”. Considero que una de las mejores maneras de ayudar a nuestros hermanos es dándoles educación. A mi regreso a México trabajé como profesor de filosofía en varias universidades de nuestro país, la mayoría católicas pero también fui profesor de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Disculpen que hable de todo esto, pero también tiene que ver con las misiones. Porque finalmente ser misionero es predicar y ayudar a construir un mundo más humano y justo, que Cristo llamó el Reino de Dios y que fue el centro de su predicación Mis cursos, publicaciones y conferencias, siempre han tenido que ver con temas sociales como pobreza, migración, Derechos humanos y la búsqueda de justicia. Fui feliz siendo profesor de filosofía y colaborando un poco, los fines de semana, en parroquias de mi diócesis de Nezahualcóyotl, Estado de México. Sin embargo cómo que me faltaba algo. ¿Qué? El ser misionero en África. Durante las vacaciones aprovechaba para ir, por cortas temporadas, a las misiones con mi amigos misioneros combonianos. Fue así que tuve cortas estancias misioneras en el Petén, Guatemala y en las sierras de Guerrero y de Veracruz en México. También colaboré por pocos días en los albergues para para migrantes en Tapachula o con el P. Solalinde en Oaxaca. Pero eran solo “probaditas” de un trabajo misionero más largo y radical. Mis padres fueron envejeciendo y cada vez me era más difícil separarme de ellos, ya que yo los cuidaba. El Señor llamó a mi padre primero y a mi madre unos años después. Y fue entonces que entendí que ya no tenía más pretextos para no irme a misiones. Me puse en contacto con amigos misioneros que trabajaban en África. Tenía que ser un lugar de lengua francesa por los estudios que tenía. Y después de analizar varias opciones opté por República Centroafricana, por ser un país demasiado pobre y con muchas necesidades. La Conferencia Episcopal de Centroáfrica recibió con mucho gusto mi petición para colaborar como sacerdote diocesano Fidei Donum con ellos. Por mis estudios realizados me pidieron que les ayudara como formador y profesor de filosofía en el Seminario Nacional San Marcos, que es donde ahora me encuentro. Estoy comenzando mi tercer año en Centroáfrica y me siento muy feliz. Desde el año pasado me nombraron coordinador del Departamento de Filosofía y esto me mantiene muy ocupado.

 

 

Son cerca de ciento veinte seminaristas que vienen de todo el país, pero también tenemos algunos de otros países como el Congo, Camerún y Guinea Ecuatorial. Son jóvenes entre 18 y 26 años de edad que estudian las últimas etapas de su formación (3 años de filosofía y 4 de teología). La mayoría de ellos también cursaron la preparatoria o incluso la secundaria en el Seminario menor, y todos hicieron un año de curso propedéutico. Somos nueve formadores de los cuales yo soy el único no africano. La tristeza más grande que experimento en Centroáfrica no es tanto la pobreza material, las enfermedades o la guerra permanente en el país, sino la falta de libros y de acceso a la cultura. Aquí no se pueden encontrar libros. En los mercados (que son como “tianguis”) se venden en el piso algunos libros de primaria, cuadernos, plumas y algunos pocos libros de literatura, eso es todo. Los libros hay que traerlos de Europa (en particular de Francia, por el idioma). El verano pasado que fui a Paris, el obispo encargado del seminario me dio 5,000 euros para comprar libros. Aproveché los contactos de una amistad para que nos los enviaran gratuitamente por paquetería a la embajada de Francia en RCA. También he comenzado a crear una pequeña biblioteca virtual en mi computadora y se los voy compartiendo por USB, aunque no todos tiene computadora y no siempre funciona bien nuestro internet o la electricidad.

Estoy feliz de poder hacer lo que deseaba desde hace mucho años. He impartido clases de filosofía en muchas universidades con buenas bibliotecas y en mi oficina de México estaba rodeado de libros. Ahora los medios son demasiado limitados, pero las ganas de ayudar son inmensas. En este tiempo creo que me he ganado el cariño de los seminarista (y formadores) y varios acuden a mí para ver si les puedo conseguir libros y para que los asesore en sus trabajos de filosofía. Es una gran satisfacción poder enseñar entre otros a Platón, Santo Tomás, Descartes, Nietzsche, Heidegger, Ricoeur y sobre todo a Levinas, en África. Tal vez no todos los jóvenes serán sacerdotes, algunos irán saliendo del seminario como es normal en el proceso vocacional; sin embargo tratamos de darles la mejor educación posible e inculcar en ellos la búsqueda de justicia, diálogo interreligioso, paz y otros valores importantes. Centroáfrica es uno de los países más pobres del mundo. Yo tan solo soy un sembrador de semillitas de esperanza, seguramente no alcanzaré a ver los frutos. El propietario de la viña es el Señor.

 

 

  1. Oremos por las misiones. Durante este mes de Octubre es necesario incrementar nuestra oración al Señor, para que mande trabajadores a su viña y para que nosotros mismo seamos misioneros en el lugar en que nos encontremos. Ustedes habrán visto rosarios con cinco colores. Se trata de rosarios misioneros. Explico el significado de cada color para que al ir rezando cada decenario pensemos en un continente específico.

Verde (África). Podemos pensar en la selva verde de África y en la riqueza de su naturaleza. Lamentablemente es el continente más pobre y explotado del mundo.

Rojo (América). Representa la sangre derramada por los mártires y misioneros que dieron su vida al anunciar el Evangelio en suelo americano. Tierra de grandes misioneros y profetas como Fr. Bartolomé de las Casas y San Oscar Arnulfo Romero, por ejemplo.

Blanco (Europa). Podemos pensar en la vestidura blanca del Papa. Es el continente del que partieron los misioneros a todo el mundo. Ahora pareciera ser que la fe va dismuyendo, sin embargo hay signos de esperanza.

Azul (Oceanía). Representa el color del mar que rodea a tantas islas, grandes y pequeñas. Lugares donde las tradiciones milenarias tienen aún mucho que aportarnos.

Amarillo (Asia). Aunque los asíaticos no tienen la piel “amarilla” (ni los africanos “negra”, ni los europeos son “blancos”), sin embargo desde el el siglo XVIII así se les clasificó en Europa. Un gran continente con muchos contrastes y con grandes tradiciones religiosas. Un dialogo interreligioso respetuoso con Asia solo puede ayudarnos a crecer reciprocamente.

  1. Todos los bautizados estamos llamados a ser misioneros. El compartir nuestra fe con los otros no debe ser visto como algo forzado u obligatorio que tengamos que hacer a la fuerza. Sino como un acto espontaneo que nazca de nuestro amor y experiencia de vida. Cuando alguien está enamorado no lo puede ocultar, es más; la persona lo quiere gritar y anunciar a todos. Si tenemos una experiencia hermosa (el nacimiento de un hijo, una graduación, recuperarnos de una enfermedad, etc.) la queremos compartir, gritar, anunciar, hacerla pública. Ahora en la actualidad gracias a tantos medios de comunicación como internet, WhatsApp, Instagram, Inteligencia Artificial, etc., tenemos muchísimas facilidades para estar en contacto con los demás.

Compartir nuestra fe es pasar de ser discípulos a ser enviados, es decir convertirnos en misioneros del Señor. “Que hermosos son los pies de los que anuncian las buenas noticias del Señor”, nos dice el apóstol y misionero por excelencia que es San Pablo (Rm. 10, 15). No tengamos miedo de mostrar nuestra fe a los demás. Llevar una pequeña cruz en el pecho; que nos vean leyendo la Biblia; bendecir los alimentos antes de comer; dar la bendición a las personas que amamos, etc. El ser misionero o misionera no es fácil ni inmediato, es todo un proceso. Primero tenemos que ser “discípulos” del Señor, es decir sentarnos a sus pies (como la joven María en Betanía) para poder escucharlo, sentirlo, amarlo y aprender de Él. Durante este mes de las misiones yo los invito a pasar un poco más de tiempo con el Señor haciéndole la pregunta: “¿Señor qué quieres de mí?” Seguramente poco a poco el Señor les irá indicando la manera de anunciarlo. Algún pequeño servicio en su parroquia, visitar a un enfermo, compartir algo con el que menos tiene, perdonar a quien nos ha herido, etc. No hay que olvidar que la patrona de las misiones es una religioso que nunca dejó su convento, Santa Teresita del Niño Jesús. Y el patrón es el gran misionero jesuita, San Francisco Xavier.

La Iglesia, al proponernos a una mística y a un hombre de acción, como patronos de los misioneros, nos hace reflexionar sobre el equilibrio que debemos guardar entre la contemplación y la acción. Ser misioneros al viajar en el metro a través de una charla informal en la que avivamos le esperanza de alguien. Ser misioneros cuidando de la ecología y de los animales que el Señor ha puesto a nuestro encargo. Ser misioneros en una cama de hospital rezando por los demás, y mostrando paciencia y fortaleza a pesar de las dificultades. Y para algunos hay un llamado muy específico para dejar el propio país e irnos a otros lugares, aprender nuevas lenguas, culturas, danzas, comidas, etc. Quienes tengan la inquietud de ser misioneros en otras tierras, les recomiendo organizarse para ir en Semana Santa a tantos lugares abandonados y con pocos sacerdotes que tenemos en México. Y si eres joven y sientes el llamado del Señor, para seguirlo como sacerdote o religiosa misionera, no tengas miedo. Te aseguro que será la experiencia más hermosa de tu vida, responder al Señor: “¡Heme aquí. Envíame a mí!”

 

 

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