Skip to content Skip to footer

Santa Teresa, ejemplo de virtud

 

Miguel Angel Aguilar Arreola

 

Entre los tesoros artísticos del Museo de El Carmen, en San Ángel, Ciudad de México, se encuentra un tríptico pintado por Villalpando. En él vemos a Cristo llagado, flanqueado por santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, ambos haciendo penitencia.

Esta imagen representa una manera en que hemos mirado a Teresa durante muchos años: como una mujer penitente y una reformadora que impone un estilo de vida ascético y rigorista, en el que se exige mucho para alcanzar la perfección y permanecer unido a Dios. Sin embargo, una lectura directa de sus obras nos descubre que el corazón de la Reforma del Carmelo está  en compartir la suerte del mundo y vivir la realidad cotidiana sin que los privilegios nos nublen la mirada.

La Reforma invita a vivir desde nuestro contexto y con lo que tenemos, a dar lo mejor de nosotros a pesar de las limitaciones y a poner lo que está en nuestras manos al servicio de los demás. En pocas palabras, el Carmelo teresiano es una escuela de coherencia. Así lo explica Teresa: “determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo” (C 1,2).

 

 

Esta interpretación equivocada llevó a algunos frailes descalzos de la primera generación a adoptar un estilo de vida rigorista. Teresa los reprende al describirse como: “amiga de apretar mucho en la virtud, más no en el rigor como lo verán por estas nuestras casas. Debe ser, ser yo poco penitente … Si tomara mi parecer, era mi intento el desear que entrasen buenos talentos, que con mucha aspereza se habían de espantar” (carta a Ambrosio Mariano, 12 de diciembre de 1576).

Tras la muerte de Teresa, se construyó una imagen de ella que buscaba hacerla encajar en determinados moldes de virtud. Su vida comenzó a narrarse como una historia de conversión y de superación de la sospecha depositada sobre lo femenino, gracias a un supuesto ánimo “de varón”, expresado mediante la penitencia y la obediencia absoluta. De este modo, podía convertirse en un modelo más domesticado y controlable, capaz de influir directamente en la vida de las mujeres consagradas.

Esta orientación se consolidó con la llegada al poder de Nicolás Doria, quien impulsó una vida basada en la observancia regular y en un estilo ermitaño y penitente, contrario a las misiones. Sus decisiones tuvieron serias repercusiones en la vida de las monjas, algunas de las cuales perduraron hasta épocas recientes; entre ellas, la prohibición de la recreación dentro de los claustros.

En ese ambiente rigorista, algunas monjas se sintieron llamadas a una vida todavía más exigente y quisieron fundar un desierto en Alcalá de Henares. La iniciativa se interpretó como una desviación de los ideales apostólicos teresianos. La propia Ana de San Bartolomé, célebre enfermera y secretaria de Teresa, se opuso a ella y celebró que aquella casa se deshiciera:

“Cuando llegué a Madrid, díjome esta Madre que había de ir con ella al desierto. Yo le dije que no era movida a esto, ni saldría un punto de las ordenanzas de nuestra santa Madre; que mirase que era engaño del demonio lo que pretendía. (…) Y había tres meses que estaban en estos ejercicios, Dios mostró cómo no era su voluntad, y por juicio de Dios fue todo deshecho y con evidentes muestras, que no se pudo encubrir (…) El monasterio se deshizo todo de las costumbres, y los prelados mandaron que se pusiese en todo como los demás de nuestra Santa”.

Esta anécdota muestra que no siempre se comprendió la vida contemplativa que Teresa proponía: no una huida ni un aislamiento de la realidad, sino una vida espiritual que permitiera servir mejor desde las circunstancias concretas de cada persona. Así lo expresa: “no poner vuestro fundamento solo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes, y hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas” (7 M 4,9). La vida espiritual, además, no puede separarse de la vida comunitaria: “Mientras más santas, más conversables con sus hermanas” (C 41,7).

 

 

A ciertos sectores de la misma orden fundada por Teresa, ella les parecía demasiado laxa, por lo que buscaron otros modelos. Uno de ellos fue Catalina de Cardona, una asceta vinculada a los frailes descalzos. El fraile Ángel de San Gabriel llegó a escribir: “Aunque me voy tras la corriente diciendo que la Madre Teresa de Jesús es fundadora de las monjas y frailes descalzos, llévame tras sí la Madre Cardona. Los frailes descalzos más tienen y mejor les está, imitar a la ermitaña Cardona que a la monja Teresa. Que no es menos fundadora de los frailes descalzos la M. Cardona que la M.Teresa”. La distancia entre ese modelo y el de Teresa queda clara en un pasaje escrito por ella misma. Al pensar en las grandes penitencias de Catalina de Cardona y en que quizá ella podría ser más exigente consigo misma. Entonces, cuenta, recibió esta respuesta: “Eso no, hija; buen camino llevas y seguro. ¿Ves toda la penitencia que hace? En más tengo tu obediencia” (Relaciones 23).

Esta tensión, nos sigue siendo contemporánea. La serie “Cautiva”, estrenada este año, está inspirada en el caso de Silvia Albarenque, quien vivió durante catorce años en el Monasterio de Carmelitas Descalzas de Nogoyá y sufrió violencia física y psicológica.

 

 

Este caso invita a cuestionar las interpretaciones del carisma teresiano que pueden amparar prácticas alejadas de la propuesta de Teresa de Ávila. Quien, aunque en sus Constituciones, Teresa habla de penitencias corporales, como la disciplina, no prescribe más de lo establecido por la tradición carmelita; de hecho, pide explícitamente que no se haga más penitencia de la reglamentada. También dispone que se suspendan los ayunos cuando una hermana está enferma (F 6,5) o atraviesa una situación de debilidad psíquica (F 7,9), como muestran distintos pasajes de su epistolario. Incluso la oración, central en su vida y lugar de encuentro con el Señor, no debe convertirse en una carga: “Este es punto importante para muchas cosas, así para acortar el tiempo de la oración por gustosa que sea, cuando se ven acabar las fuerzas corporales o hace daño a la cabeza. En todo es muy necesario discreción” (C 19,13).

Teresa entiende que cada persona debe procurar su bienestar; y que no hacerlo en nombre de Dios, es todo menos algo que venga de Él. Así lo advierte: “Hace el demonio, porque entiende el daño que ha de hacer con vivir, y así tienta aquí de indiscretas penitencias para quitar la salud y no le va poco en ello” (C 19,9).

Es triste pensar que todavía se conciba el seguimiento de Cristo como una carretera con peajes, en la que hay que avanzar mediante penitencias y prácticas que, en muchos casos, atentan contra la dignidad humana. El Reino que Jesús hizo y sigue haciendo presente, en cambio, se funda en el servicio, la comunidad y la misericordia:

Así lo entendía y vivía Teresa de Jesús. Tanto Jesús como su Teresa nos recuerdan que la vida cristiana no consiste en imponer cargas pesadas, sino en amar mucho.

 

Leave a comment

BUENA PRENSA

Av. Ribera de San Cosme #5, Col. Sta María la Ribera, Alc. Cuauhtémoc, C.P. 06400, CDMX

SÍGUENOS EN REDES SOCIALES

Buena Prensa ©2023. Todos los derechos reservados.