P. David Fernández SJ
Así como hay ejercicios físicos para fortalecer el cuerpo, también existen ejercicios para fortalecer el espíritu, la voluntad, el carácter. Estos son los Ejercicios Espirituales (EE). La comparación es del propio Ignacio de Loyola: así como caminar, correr o realizar determinadas prácticas fortalece y prepara el cuerpo, las prácticas espirituales pueden perfilar actitudes y disponer a la persona interiormente.
Los EE de San Ignacio, en particular, son un camino espiritual para ayudar a una persona a ponerse delante de Dios, reconocer lo que está viviendo, ordenar aquello que la desordena interiormente, discernir sus decisiones y orientar su vida hacia lo que pueda conducirla a un servicio más pleno a Dios y a los demás.
También son oraciones, instrucciones y alejamiento del ruido exterior. Son todo eso y más. Incluyen examen de conciencia, meditación, contemplación, oración vocal y mental, revisión de la propia experiencia y otras prácticas destinadas a ayudar a la persona a liberarse de aquello que Ignacio llama «afecciones desordenadas» y a buscar y hallar la voluntad de Dios.
Los EE son el resultado de una experiencia espiritual personal de Ignacio de Loyola, que comenzó a madurar durante su convalecencia después de haber sido herido en la batalla de Pamplona, en 1521. Como es sabido, durante su recuperación, Ignacio leyó vidas de santos y una vida de Cristo, y comenzó a observar cuidadosamente lo que ocurría en su interior: unas experiencias le dejaban paz, alegría y deseo de entregarse a Dios; otras producían satisfacción pasajera y posteriormente tristeza o vacío. Esa atención a los movimientos interiores sería decisiva para la espiritualidad que desarrollaría posteriormente.

Los Ejercicios fueron, pues, tomando forma a partir de aquella experiencia y de los años posteriores de peregrinación, estudio y acompañamiento espiritual. Ignacio todo lo fue escribiendo y revisando durante la década de 1530. El propio Ignacio concibió los EE como un instrumento para ayudar a otras personas a realizar un proceso semejante de búsqueda y discernimiento.
¿Qué significa «hacer» Ejercicios?
De manera que los EE no consisten principalmente en recibir información. Su propósito no es que la persona termine sabiendo más cosas sobre Dios, sino que llegue a relacionarse de una manera distinta con Dios y, a partir de esa relación, pueda ordenar su propia vida. Ignacio insiste en que no es el mucho saber lo que satisface el alma, sino «sentir y gustar de las cosas internamente». La experiencia espiritual, por tanto, ocupa un lugar central. Esa experiencia, de hecho, es lo que se busca con todo el ejercicio.
De ahí que los Ejercicios sean esencialmente experienciales. La persona no sólo lee textos sobre Jesucristo. Más bien contempla los relatos evangélicos, imagina las escenas, observa a los personajes, escucha sus palabras, considera sus acciones y entra en diálogo con el Señor. El objetivo es alcanzar un conocimiento cada vez más «interno» de Cristo: no solamente conocer quién es Jesús, sino llegar a conocerlo de tal manera que surja el deseo de amarlo y seguirlo.

Un camino en cuatro momentos
Los Ejercicios completos están organizados en cuatro «semanas», aunque no necesariamente corresponden a cuatro semanas cronológicas. Pueden realizarse en aproximadamente treinta días de retiro, pero también existen adaptaciones para períodos más cortos o también en la vida ordinaria, que distribuyen el proceso a lo largo de varios meses.
La Primera Semana está centrada en la experiencia del pecado, la misericordia y la conversión. Su punto de partida es el llamado «Principio y Fundamento», una de las formulaciones más conocidas de Ignacio. Allí se plantea que la persona humana está llamada a vivir orientada hacia Dios y sus creaturas, que las realidades creadas son medios, no fines absolutos, y que se han de usar “tanto cuanto” ayuden a ese fin.
Después aparece una revisión de la propia historia: los pecados personales, las decisiones, las consecuencias de las propias acciones y, al mismo tiempo, la misericordia de Dios. La finalidad no es provocar culpa. Se trata de reconocer con honestidad aquello que ha roto o deteriorado la relación con Dios, con los demás, con uno mismo y con la creación, para experimentar la posibilidad de una vida nueva.
La Segunda Semana introduce de lleno el seguimiento de Jesús. El ejercitante contempla la vida del Galileo desde la Encarnación hasta su camino hacia Jerusalén. Aquí aparece una pregunta decisiva: ¿qué significa seguir a Jesús concretamente? No se trata solamente de admirarlo, sino de preguntarse qué consecuencias tiene para la propia existencia identificarse con su proyecto y con su manera de vivir.
Es también la etapa en la que adquiere particular importancia el discernimiento, por lo que Ignacio irá proponiendo a la par aprender a reconocer los movimientos interiores que acompañan las decisiones: consolación y desolación, paz y turbación, generosidad y encerramiento, libertad y apego. El discernimiento es un proceso de atención espiritual mediante el cual una persona procura reconocer hacia dónde la conduce el Espíritu de Dios y qué decisiones corresponden mejor al seguimiento de Cristo.
En este momento se sitúa también la posibilidad de realizar una elección. Puede tratarse de una decisión vocacional importante, pero también de decisiones concretas sobre la manera de vivir, trabajar, relacionarse, servir o utilizar los propios bienes y capacidades. Ignacio quiere que la persona pueda decidir desde una libertad interior mayor, no simplemente desde el miedo, la presión social, la ambición, la comodidad o los propios intereses.
Múltiples son las meditaciones de autoría del propio Ignacio que se proponen aquí para discernir y hacer elección y que se han convertido en patrimonio de la Iglesia universal: los tres binarios, el llamamiento del rey eternal y temporal, las tres maneras de humildad, las dos banderas…
La Tercera Semana conduce a la contemplación de la pasión y muerte de Jesús. El ejercitante acompaña al Nazareno en su sufrimiento, no desde una contemplación morbosa del dolor, sino desde la relación entre amor, entrega y fidelidad. La pregunta deja de ser únicamente qué quiero hacer con mi vida y se convierte en qué significa permanecer con Jesús cuando el seguimiento implica conflicto, pérdida, sufrimiento o entrega.

Finalmente, la Cuarta Semana se concentra en Cristo resucitado. El horizonte es la alegría de la Resurrección y la experiencia de que la muerte no tiene la última palabra. Los Ejercicios terminan con la llamada «Contemplación para alcanzar amor», que puede considerarse una de sus grandes síntesis espirituales. Ignacio invita allí a reconocer los bienes recibidos, descubrir la presencia y acción de Dios en la historia y en la propia existencia y responder a ese don con una entrega amorosa. El amor, para Ignacio, no se reduce a palabras o sentimientos: se expresa en obras, en la manera concreta de vivir y de servir.
¿Para qué sirven los Ejercicios?
En primer lugar, sirven para detenerse. La vida cotidiana está llena de estímulos, obligaciones, preocupaciones y decisiones. El retiro crea un espacio de silencio y de distancia respecto de la rutina habitual. Esa interrupción es una oportunidad para mirar el mundo y mirarse a uno mismo, a una misma, de otra manera.
En segundo lugar, sirven para conocerse interiormente. Ignacio concede una enorme importancia a observar lo que ocurre dentro de uno mismo. ¿Qué me da verdadera paz? ¿Qué me genera ansiedad? ¿Qué deseos me mueven? ¿Qué miedos condicionan mis decisiones? ¿Qué apegos me impiden ser libre? ¿Dónde experimento generosidad y dónde me encierro en mí mismo? Esta atención a la experiencia interior es una de las grandes aportaciones de la espiritualidad ignaciana.
En tercer lugar, sirven para discernir. No todas las decisiones importantes de la vida pueden resolverse mediante argumentos puramente racionales. Hay decisiones en las que entran en juego deseos, afectos, valores, relaciones, temores, posibilidades y convicciones profundas. Los Ejercicios enseñan un método para integrar todas esas dimensiones y buscar una decisión desde una libertad mayor.
En cuarto lugar, sirven para reorientar la vida hacia Cristo. El centro de los Ejercicios no es el bienestar psicológico del individuo ni una búsqueda genérica de espiritualidad. Es el seguimiento de Jesús. El ejercitante contempla su vida, sus palabras, sus opciones, su relación con los pobres, los enfermos y excluidos, su conflicto con los poderes de su tiempo, su entrega y su resurrección. De esa contemplación nace la pregunta por la propia manera de vivir.

Y, finalmente, sirven para disponer la propia vida al servicio. La experiencia de Dios que propone Ignacio no termina en la interioridad, ni mucho menos en la salvación individualista de la propia vida. La «Contemplación para alcanzar amor» desemboca en una actitud de agradecimiento y entrega. Si todo ha sido recibido como don, la respuesta consiste en poner la propia libertad, capacidades, bienes y tiempo al servicio de los demás.
(Continuará)

