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El Rosario, memoria popular del misterio de Jesús

 

Hna. Licarayén Torres O.P.

 

En una pequeña capilla , en la pieza de una abuela o en el bus de vuelta del trabajo, unas manos pasan las cuentas del Rosario. A veces son manos gastadas por el trabajo y el cuidado de otros, y muchas veces son manos de mujeres. Repiten las mismas palabras de siempre, sin libros ni explicaciones, y sin embargo en ese gesto sencillo se condensa algo decisivo de la fe cristiana: la memoria de Jesús, guardada y transmitida por el pueblo.

El Rosario suele mirarse con cierta sospecha, como una devoción repetitiva, privada o propia de otra época. También se lo ha asociado a una imagen de María dócil, silenciosa y lejana, que poco tiene que ver con la mujer de Nazaret: pobre, trabajadora, creyente, capaz de cantar que Dios derriba a los poderosos y enaltece a los humildes. Esta reflexión propone otra lectura, el Rosario como la memoria popular del misterio de Jesús, el evangelio de los pobres. Lo que el pueblo sencillo vive al rezarlo es un lugar donde Dios sigue revelándose y no una fe de segunda categoría.

 

 

El recorrido tiene dos momentos. Primero, mira el lugar de María en la vida del pueblo de Dios como hermana y compañera de camino de quienes sufren y esperan y luego, muestra cómo el Rosario funciona como memoria del Evangelio, un modo en que los pequeños, igual que María, guardan en el corazón la vida de Jesús y la convierten en esperanza y resistencia en medio de lo cotidiano de la vida.

1. María en la vida del pueblo de Dios

Durante mucho tiempo, cierta imagen de María la presentó como modelo de silencio, obediencia y resignación. No pocas veces esa imagen sirvió para pedir a las mujeres que aceptaran silenciosamente un lugar subordinado en la Iglesia y en la sociedad. Sin embargo, cuando el pueblo sencillo se acerca a María, no busca en ella un ideal lejano. Las mujeres que llenan los santuarios, celebran el Mes de María o rezan el Rosario en sus casas acuden a ella porque la sienten cercana. María también conoció la pobreza, el rechazo y el dolor de perder a un hijo, y por eso es capaz de comprender y abrazar la historia de muchas. Blanca Besa-Bandeira nos dirá respecto de la Mariología de la teóloga Elizabeth Johnson:

«La simbología mariana ha tocado –y sigue tocando– aspectos fundamentales de la identidad de las mujeres: género, sexo, rol, imagen, conductas, valores asumidos,  es  decir, cuestiones que tienen que ver con la cultura, con el modo como comprendemos la realidad, vivimos y nos relacionamos. Así, lo que Johnson pretende es «releer la figura de esta mujer desde la perspectiva de las mujeres, buscando lo que en María puede ayudarlas a tomar distancia de modelos que las inferiorizan».[1]

Los evangelios permiten reconocer esta propuesta, pues María es una mujer de condición modesta, de una aldea sin importancia, que pertenece al ambiente popular de su tiempo. Cumple las costumbres de su pueblo y presenta a su hijo en el templo con la ofrenda de los pobres (Lc 2,22-24). Sin embargo, su «sí» no es la aceptación pasiva de un destino, sino la respuesta libre de una creyente que pregunta, discierne y se compromete (Lc 1,26-38). Leída así, María no es una excepción inalcanzable, es una hermana en la fe, que caminó habitada por el Espíritu sin saberlo todo de antemano, y por eso puede acompañar a quienes hoy caminan a tientas.

 

 

Ese rostro se vuelve más nítido en el Magníficat (Lc 1,46-55). En boca de una mujer pobre, Dios aparece como quien mira la pequeñez de su servidora, derriba a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías. María canta allí la esperanza de su pueblo y se convierte en la primera en anunciar la liberación que Dios realiza en favor de los pequeños. Por eso puede ser reconocida como profetisa: una mujer que, desde abajo y en solidaridad con otras mujeres, proclama la llegada del Reino aquí y ahora.

Esta María profética no está lejos de la vida cotidiana. En Caná está atenta a lo que falta en la fiesta de los pobres (Jn 2,1-12). Al pie de la cruz permanece junto al hijo ajusticiado, como tantas madres que hoy acompañan a sus hijos en hospitales, en cárceles o frente a la violencia (Jn 19,25-27). En Pentecostés está en medio de la comunidad que ora y espera (Hch 1,14). No es casual que la fe popular se detenga especialmente en Belén y en el Calvario. Allí reconoce a una madre pobre y sufriente, parte de su propia historia.

Por eso el pueblo latinoamericano hizo de María una presencia viva. La que llegó como «la Conquistadora», asociada a los vencedores colonizadores, fue acogida por los pobres como madre de los oprimidos.[2] En los santuarios, las fiestas patronales y la oración doméstica, la gente le confía la enfermedad, el trabajo que falta y la esperanza que no se rinde. Allí el pueblo no solo practica una devoción, pues con sus propios gestos y palabras elabora una verdadera sabiduría creyente sobre María. En esa compañía el Rosario encuentra su sentido más hondo.

2. El Rosario como memoria popular del Evangelio

Después del nacimiento de Jesús, y otra vez tras encontrarlo en el templo, el evangelio dice que María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón (Lc 2,19.51). No lo entendía todo, pero no olvidaba. Guardaba los acontecimientos, los volvía a recordar y dejaba que fueran revelando su sentido con el tiempo. Esa manera de creer, que recuerda, rumia y espera, es la misma que el pueblo sencillo ha practicado durante siglos al rezar el Rosario, entonces el Rosario es una forma popular de guardar todas las cosas en el corazón.

El Rosario nació como el «salterio» de quienes no sabían leer. En los monasterios se rezaban los 150 salmos, y quienes no podían leerlos los reemplazaban por 150 avemarías, una por cada salmo. Desde su origen, entonces, fue una oración al alcance de todos, una oración de los pobres. No hacía falta saber latín ni tener biblioteca, bastaban la memoria y el corazón. Con el tiempo, a cada avemaría se le unió el recuerdo de un episodio del Evangelio, hasta que esas escenas se agruparon en los misterios de la vida de Jesús.[3] Así, quien reza el Rosario recorre el Evangelio entero: el anuncio a una muchacha de Nazaret, el nacimiento en un pesebre, la vida pública, la pasión y la cruz, la resurrección y el don de la Ruah.

 

 

En esos misterios, los pobres reconocen su propia vida. Un niño en peligro por los poderosos de su tiempo, una familia migrante que huye buscando nuevos horizontes, años de trabajo oculto, un inocente condenado, una madre al pie de la cruz, estas no son escenas lejanas, sino la historia de muchos en el presente de nuestra historia. Por eso la repetición del Rosario es el ritmo de una memoria que se hace oración, como la respiración, que sostiene la vida sin necesidad de pensarla. Mientras los labios repiten, el corazón contempla y deja que la vida de Jesús y la propia se iluminen mutuamente.

Esta memoria no es nostalgia ni evasión, es recordar a Jesús crucificado, es recordar también a todos los crucificados de la historia, y negarse a olvidar su sufrimiento. Es una memoria peligrosa, porque mantiene vivo lo que el poder preferiría borrar, y a la vez es una memoria de esperanza, porque recuerda también la resurrección, pues Dios no abandona a las víctimas. Por eso, cuando una madre reza los misterios dolorosos por un hijo enfermo, preso o desaparecido, no se resigna. Pone su dolor junto al de Jesús y al de María, y en ese gesto resiste a la desesperanza.

Así, la fe del pueblo se transmite de generación en generación más por los gestos que por los libros: la abuela que enseña a pasar las cuentas, el Rosario rezado en el velorio, la novena en la capilla. La cultura religiosa es la memoria de un pueblo.[4] En el Rosario, esa memoria guarda lo esencial, la vida de Jesús contada desde abajo, por quienes más se parecen a él. Como María, el pueblo pobre guarda estas cosas en su corazón, y al guardarlas mantiene vivo el Evangelio.

Volvamos a las manos del comienzo, las de la abuela en su pieza, las de la mujer que reza en el bus de vuelta del trabajo, las que pasan las cuentas en una capilla de una población. Ahora podemos mirarlas de otro modo. No son manos que repiten por costumbre una oración vacía. Son manos que guardan la memoria de Jesús, como María la guardó en su corazón.

En el Rosario se encuentran las dos ideas que han recorrido esta reflexión. María no es una figura lejana ni un modelo de sumisión. Es una mujer pobre y creyente, hermana y profetisa, que canta la esperanza de los pequeños y permanece junto a los crucificados. Y el pueblo sencillo, al rezar, hace lo mismo que ella, recuerda la vida de Jesús, la vuelve a recorrer y deja que ilumine su propia historia de gozo, de dolor y de esperanza.

 

 

Por eso el Rosario es la memoria popular del misterio de Jesús, el evangelio de los pobres. Es un Evangelio que no necesita libros para transmitirse, porque se aprende de memoria y se hereda de generación en generación. Es una memoria que no deja olvidar a las víctimas, y que, al recordar la cruz, también recuerda la resurrección. Mientras haya manos que pasen las cuentas en medio de la pobreza y la incertidumbre, el Evangelio seguirá vivo en el corazón del pueblo.

 

Bibliografía:

Besa-Bandeira, Blanca. «La marialogía de Elizabeth Johnson en diálogo con el contexto chileno». Palabra y Razón 20 (2021): 54-73. https://doi.org/10.29035/pyr.20.54

González Dorado, Antonio. «De la María Conquistadora a la María Liberadora. Ensayo sobre mariología popular latinoamericana». Medellín 12, n.º 45 (1986). https://revistas.celam.org/index.php/medellin/article/download/1258/1164/2797

Mejía, Iván Fernando. «Historia del Rosario». Síntesis basada en el Nuevo Diccionario de Mariología. Bogotá: Orden de Predicadores, Provincia de Colombia, s. f. https://opcolombia.org/images/noti_caminando/mariologia/HISTORIA_DEL_ROSARIO.pdf

[1]Cf. Blanca Besa-Bandeira, «La marialogía de Elizabeth Johnson en diálogo con el contexto chileno», Palabra y Razón 20 (2021): 54-73, aquí 66, https://doi.org/10.29035/pyr.20.54

[2]Cf. Antonio González Dorado, «De la María Conquistadora a la María Liberadora. Ensayo sobre mariología popular latinoamericana», Medellín 12, n.º 45 (1986): 26, https://revistas.celam.org/index.php/medellin/article/download/1258/1164/2797

[3]Cf. Iván Fernando Mejía, «Historia del Rosario», síntesis basada en el Nuevo Diccionario de Mariología (Bogotá: Orden de Predicadores, Provincia de Colombia, s. f.), https://opcolombia.org/images/noti_caminando/mariologia/HISTORIA_DEL_ROSARIO.pdf

[4]Cf. González Dorado, «De la María Conquistadora a la María Liberadora», 26.

 

 

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