Principio y fundamento en San Ignacio de Loyola
El sí que nos hace libres
Alfonso Dávila de la Torre
El mes de Julio nos regala la fiesta de San Ignacio de Loyola, y con ella la ocasión de volver a beber de una de sus intuiciones más hondas. En el umbral de sus Ejercicios Espirituales, Ignacio no coloca una devoción ni una técnica: coloca una piedra. La llama Principio y Fundamento, y es la roca sobre la que puede edificarse una vida entera.
No es un texto para estudiar con la cabeza y archivar. Es agua viva para beber, una verdad que pide resonar en el alma hasta hacerse carne de nuestra propia historia. Detengámonos en él despacio, como quien encuentra un tesoro escondido.
Un fundamento para navegar la vida
Toda entrega verdadera necesita un rumbo; toda travesía honda, un fundamento que resista las tormentas. Hemos sido hechos para una aventura audaz y hermosa: entregar el ser entero a Dios. Pero se entrega bien solo quien sabe desde dónde y para qué vive. Eso es lo que Ignacio nos ofrece, en tres pasos sencillos y desafiantes: reconocer de dónde venimos, descubrir para qué existimos y aprender a usar con libertad todo lo demás.
- Somos criaturas, y ahí empieza la libertad
La primera verdad es la más humilde y, a la vez, la más revolucionaria: fuimos creados. No somos dioses. No somos omnipotentes, ni dueños del universo, no somos inmortales en esta tierra. Vamos a envejecer, a enfermar, a disminuir capacidades, a despedirnos de personas que amamos. Somos criaturas: finitos, vulnerables, frágiles, dependientes. Y aquí está la paradoja que el mundo apenas comprende: es precisamente en aceptar nuestra pequeñez donde se esconde nuestra mayor grandeza.
Porque la vida no siempre nos sonríe. A veces nos abraza y nos llena; otras nos hiere y nos pone de rodillas. Las dos realidades son verdaderas, y en las dos está Dios. Los más plenos no son los que nunca sufren, sino los buenos navegantes del Espíritu: los que aprenden a ponerle buena cara al mal tiempo y a construir vida sobre la contrariedad. San Agustín lo dijo con una sabiduría que todavía nos alcanza: «Toma con alegría lo que la vida te trae y suelta con la misma alegría lo que la vida te quita». Cuántas veces, en la pérdida y en el desierto se abre una intimidad con Dios que jamás habríamos conocido entre aplausos.
Aceptarnos criaturas no es resignación. Es dejar de pelear contra lo que no podemos cambiar para gastar las fuerzas en lo que sí está en nuestras manos. Es cambiar la pregunta de fondo: ya no «¿qué quiero yo hacer con mi vida?», sino «¿qué quiere Dios de mí en esta vida?». Porque antes de que existieras, Él ya te pensaba: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía» (Jr 1,5). Tu nombre, tu respiración, tu historia entera son la respuesta a una invitación que brota del corazón mismo de Dios.

- Para alabar, hacer reverencia y servir
Ignacio no se queda en el origen; nos revela el sentido. Fuimos creados «para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar el alma». Tres palabras que no son tres obligaciones religiosas separadas, sino un solo movimiento del corazón.
Alabar es el gesto de la boca y del corazón que reconoce: «todo lo bueno que hay en mí y en la vida viene de Ti». Hacer reverencia es el gesto de la espalda y del alma que se inclina: «Tú eres el Señor y yo soy criatura». Servir es el gesto de las manos y de la vida entera que responde: «aquí estoy, para hacer tu voluntad». Cuando estos tres movimientos se unen en una misma persona, nace la libertad más honda que existe: quien alaba de verdad ya no persigue su propia gloria; quien reverencia ya no se toma demasiado en serio a sí mismo; quien sirve ya no vive para sí, sino para Aquel que lo amó primero.
Y entonces todo, el trabajo y el descanso, la alegría y el dolor, el silencio y los encuentros, se convierte en alabanza.
Eso es, en el fondo, «salvar el alma»: no solo la promesa de un cielo futuro, sino vivir ya la vida para la que fuimos creados y poder decir un día, sin amargura: «Señor, di lo que tenía que dar, amé lo mejor que pude, viví en conexión contigo».
- Libres para amar, sin dejarnos poseer
Falta el último paso, y quizá sea el más liberador. Todo lo demás, los bienes, los planes, los afectos, la salud, el prestigio y las personas, fue creado para ayudarnos a llegar a ese fin. Nada fue hecho para ser nuestro dueño; todo, para ser nuestro medio. Pero con qué facilidad invertimos el orden: convertimos los medios en fines absolutos, nos aferramos a ellos con miedo y ansiedad, y terminamos perdiendo la libertad que Dios nos regaló.
A esa libertad interior Ignacio la llama indiferencia, y conviene entenderla bien, porque la palabra engaña: no es frialdad ni desamor, sino todo lo contrario. Es la libertad de quien ya no depende de que las cosas salgan como quiere para sentirse seguro, valioso o feliz, porque su hondura está anclada en Dios. Libres ante la salud y la enfermedad, ante la abundancia y la escasez, ante el aplauso y el olvido. No porque nada nos importe, sino porque nada nos esclaviza. Quien vive así usa las cosas con gratitud cuando ayudan, y las suelta con paz cuando estorban. Y la pregunta que ordena cada decisión se vuelve limpia y luminosa: ¿qué me ayuda más a amar, a crecer y a servir?
Tres maneras de responder
Ante esta invitación, observaba Ignacio, caben tres actitudes. Está quien tiene buenos deseos pero no pone medios: espera que las cosas se arreglen solas y llega al final de sus días con muchas intenciones hermosas y ningún paso dado. Está quien se deja llevar por lo superficial y por lo que se espera de él, y prefiere la mediocridad conocida al riesgo de una plenitud mayor; ha vivido, pero no plenamente. Y está quien, con sus miedos a cuestas, sigue con honestidad las mociones más hondas que Dios pone en su corazón: discierne, decide, se arriesga, aun sabiendo que toda opción profunda implica pérdidas. Esta última es la persona verdaderamente libre. Y esa libertad no es privilegio de unos pocos: es una gracia que se pide y un músculo que se ejercita cada día, con cada pequeño sí.
Para llevar a la oración
Antes de cerrar, deja que estas preguntas te acompañen en el silencio, sin juzgarte y con valentía:
¿A qué me estoy resistiendo hoy: a soltar el control, a aceptar que soy criatura y no Dios?
¿Qué parte de mi historia —heridas, límites, pérdidas— todavía no he integrado ni amado del todo?
¿Qué «sí» concreto me está pidiendo el Señor para ser más libre y más suyo?
¿Qué cosa buena —un don, una persona, un logro, una cosa— estoy tratando como fin absoluto y me genera apego, cuando Dios me la dio solo como medio para amar más?
Cuando miro los últimos meses, ¿dónde reconozco la voz de Dios: en el consuelo que me alegró o en la contrariedad que me puso de rodillas? ¿o en ambas?
De los tres tipos de persona, ¿en cuál me reconozco hoy, y qué paso concreto, no una intención, sino una decisión, me pide dar el Señor esta semana?
Y hagamos nuestra esta antigua entrega ignaciana:
«Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo lo que tengo y poseo Tú me lo diste; a Ti, Señor, lo devuelvo. Dispón de todo según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia, que eso me basta.»
