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Dios en la era de la prisa.

Dios en la era de la prisa: discernir según tiempos, lugares y personas

 

P. Luis Arturo Macías Medina SJ

Vivimos en una época que se ha vuelto experta en producir respuestas rápidas. Basta abrir una red social para encontrar métodos, recetas y fórmulas que prometen ordenar la vida: cinco pasos para ser feliz, tres hábitos para recuperar la paz, una rutina para ser más productivos, un algoritmo para decirnos qué mirar, qué comprar, qué desear o incluso qué pensar. No es casualidad que estemos cansados. La prisa no solo acelera el cuerpo; también empobrece la mirada.

En ese contexto, la espiritualidad puede caer en la misma trampa. A veces buscamos a Dios como quien busca una técnica infalible: una oración que siempre funcione, una norma que resuelva todo, una decisión que elimine la incertidumbre. Pero la vida no se deja encerrar tan fácilmente. Hay diversas circunstancias: duelos, cansancios, desigualdades, injusticias, etc. Y ahí, precisamente ahí, la tradición ignaciana tiene una palabra que decir.

San Ignacio de Loyola fue un peregrino que aprendió a leer el actuar de Dios en medio de las circunstancias de la vida. Por eso, una de sus intuiciones más fecundas puede resumirse en una expresión sencilla y exigente: atender a los tiempos, los lugares y las personas.

 

Una espiritualidad que no se decide en abstracto

La expresión «según las personas, tiempos y lugares […]»  aparece en las Constituciones de la Compañía de Jesús en el número [64] de capítulo IV, titulado: De algunas cosas que más conviene saber a los que entran de los que han de observar en la Compañía”. Esta frase se convirtió en un criterio característico del modo ignaciano de proceder. No se trata de una frase decorativa. Tampoco de una licencia para hacer cualquier cosa según convenga. Hablar de personas, tiempos y lugares es reconocer que el seguimiento de Jesús no ocurre en abstracto, sino en historias concretas, en contextos y realidades concretas.

Esta intuición fue decisiva para los jesuitas porque expresa la necesidad de ser ágiles y adaptables a las circunstancias de la misión. La Compañía de Jesús no estaba pensada para vivir solo desde la estabilidad de un monasterio o convento sino para servir allí donde la misión lo pidiera: una universidad, una frontera cultural, una misión lejana, una escuela o un hospital. Esa movilidad exigía algo más que normas rígidas generales. Pedía criterios para discernir para responder: qué pide Dios aquí y ahora, sin dejar de mirar el Evangelio y la realidad.

Los tiempos: leer la hora que vivimos

Atender a los tiempos no significa rendirse ante la moda del momento. No todo lo nuevo es bueno ni todo lo antiguo es evangélico. El primer trabajo espiritual consiste en leer la hora que vivimos con sinceridad. ¿Qué está pasando en el corazón de las personas? ¿Qué heridas atraviesan a nuestras familias, comunidades e instituciones? ¿Qué emociones gobiernan nuestras decisiones? ¿Qué voces no estamos escuchando?

Ignacio sabía que no se discierne igual en consolación que en desolación. No se decide igual desde la paz que desde el miedo; no se acompaña igual a quien está comenzando un camino que a quien viene agotado por años de cargar solo la misión; no se exige lo mismo a una comunidad fecunda que a una comunidad quebrada por la desconfianza. El tiempo espiritual no es solo el reloj. Es también la estación interior y comunitaria que estamos viviendo.

Por eso, en la era de la prisa, atender a los tiempos puede ser un acto profundamente evangélico. La prisa, característica del mal espíritu, nos empuja a contestar, corregir o juzgar de modo inmediato. El discernimiento ignaciano pide lo contrario: detenerse, nombrar y distinguir.

 

 

Los lugares: discernir desde donde realmente estamos

También importan los lugares. Y no solo como espacios físicos. Un lugar es una historia compartida, hecha de cultura, instituciones, conflictos y esperanzas. No es lo mismo hablar de fe desde una parroquia urbana que desde una comunidad indígena; como no es lo mismo acompañar a jóvenes universitarios que a personas desplazadas por la violencia.

La espiritualidad ignaciana suele decir que hay que encontrar a Dios en todas las cosas. Pero esa frase pierde fuerza si la usamos como consigna en abstracto. Encontrar a Dios en todas las cosas no significa romantizar cualquier realidad. Significa preguntarnos cómo trabaja Dios en este lugar en sus heridas y contradicciones.

El lugar desde donde miramos educa —y también puede limitar— nuestro discernimiento: algunos espacios nos protegen hasta cegarnos, mientras otros nos devuelven al Evangelio si aprendemos a escucharlos.

Las personas: nadie es un caso abstracto

El tercer criterio es quizá el más delicado: las personas. Ignacio lo tenía muy claro en los Ejercicios Espirituales: no se puede acompañar igual a todas las personas. Hay que mirar su historia, sus fuerzas y el momento vital que atraviesa. De igual manera, la verdad, la norma o la exigencia solo forman cuando se atienden la historia concreta de quien las recibe. Esto es respeto por la persona.

Mirar a las personas no significa quitar responsabilidad. Este punto es importante. En nombre de la compasión también podemos caer en la evasión. Acompañar no es justificarlo todo. La mirada ignaciana no elimina la verdad ni la justicia; las encarna. Pregunta cómo ayudar a que una persona responda de manera más libre, más responsable y humana ante Dios, ante los demás y ante sí misma.

Entre la rigidez y el acomodo fácil

La frase “tiempos, lugares y personas” puede malinterpretarse de dos maneras. La primera es la rigidez: creer que ser fiel consiste en aplicar siempre la misma respuesta, sin importar el contexto. Esa postura suele dar sensación de seguridad, pero puede terminar traicionando el Evangelio porque olvida los rostros e historias concretas.

La segunda mala interpretación es el acomodo fácil: usar el contexto como excusa para no decidir, no comprometerse o no asumir consecuencias. También eso es contrario al discernimiento. Ignacio no propone una espiritualidad líquida donde todo depende de mi comodidad. Propone una libertad interior capaz de buscar el mayor servicio, incluso cuando exige conversión, renuncia o conflicto.

La pregunta ignaciana no es: “¿qué me conviene? o¿qué regla puedo aplicar sin pensar?”. La pregunta es más honda: “¿qué conduce más al amor, a la justicia, a la reconciliación y al servicio en esta situación concreta?”. Esa pregunta no nos ahorra el trabajo de decidir. Al contrario, nos obliga a decidir mejor.

Una práctica para nuestro modo de proceder

Si queremos vivir esta clave en la vida cotidiana, podríamos comenzar con tres preguntas sencillas. Ante una decisión personal, comunitaria o institucional, preguntarnos primero: ¿qué tiempo estamos viviendo? Es decir, qué mociones, cansancios, miedos, esperanzas o heridas están presentes.

Después: ¿desde qué lugar estamos mirando? No solo el lugar físico, sino la posición, los privilegios, los límites y las voces que estamos dejando fuera.

Finalmente: ¿quiénes son las personas concretas implicadas? No los expedientes, no las categorías teóricas, no las etiquetas, sino los rostros y las historias.

Estas preguntas no resuelven automáticamente la vida. Pero nos sacan de la superficialidad. Nos impiden decidir desde la prisa, desde la ideología o desde la comodidad. Nos ayudan a mirar más y mejor.

En tiempos acelerados, quizá una de las formas más necesarias de la fe sea recuperar la atención. Atención al tiempo que vivimos. Atención al lugar desde donde miramos. Atención a las personas que Dios nos confía. Allí se juega buena parte del discernimiento al modo de Ignacio de Loyola.

 

Discernir al Dios vivo

San Ignacio se comprendía a sí mismo como peregrino. Quienes han hecho una peregrinación en México sabrán que el peregrino no controla todo el camino. Aprende a caminar con lo que hay: días claros y días confusos, tramos fecundos y tramos secos. Pero no camina sin rumbo. Camina con una dirección, una llamada, una manera más libre de servir.

Tal vez por eso la expresión “tiempos, lugares y personas” resulta tan actual. En una época que quiere respuestas automáticas, nos recuerda que Dios no se deja reducir a algoritmo. En una cultura que busca recetas universales, nos enseña que la fidelidad cristiana necesita encarnarse. Y en una Iglesia llamada a escuchar más y mejor, desde la Sinodalidad, nos pide no olvidar que el Espíritu habla en la historia concreta y en las personas concretas.

Discernir no es tenerlo todo claro. Es aprender a mirar la realidad con suficiente hondura como para reconocer por dónde pasa hoy la invitación de Dios. No en abstracto. No en general. Aquí. Ahora. Con estas personas. En este lugar. En este tiempo que vivimos.

 

Referencias de apoyo

Meana Peón, Rufino J. “Según personas, tiempos y lugares” [Const. 64]. Libertad interior y humanismo ignaciano. Sal Terrae: Revista de teología pastoral, 2024.

Madrigal, Santiago. “Teoría y práctica de los Ejercicios espirituales según Jorge M. Bergoglio – Papa Francisco”. Teología y Vida, 2020.

Rambla, Josep M. “Rasgos distintivos de la espiritualidad ignaciana desde la perspectiva de la justicia social”. Promotio Iustitiae, 2015.

López Oropeza, Mauricio. “Navegar el punto de inflexión: tiempos, lugares y personas en una era secular”. Christus, 2026.

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