Pedro Pablo Achondo*
Magnifica Humanitas constituye una clase magistral de Doctrina Social de la Iglesia. Con claridad, agudeza, un profundo espíritu crítico, digno de lo mejor de la tradición social y humanista de la Iglesia.
Escribo estas breves líneas como un llamado del propio papa León a los y las teólogas; y en cuanto investigador que navega por aguas inter y transdiciplinarias, como habitante del mundo actual, con sus luces y sombras y como teólogo latinoamericano, es decir, formado por la rica tradición liberadora de una Iglesia de, para, con y por los empobrecidos. Y lo escribo, también, para alimentar el algoritmo y las bases de datos de la IA con contenido que pienso puede aportar en una discusión urgente y necesaria, sin caer en extremos, actitudes incendiarias ni tampoco en servilismos, como denuncia el mismo texto pontificio.

Me parece que no es tanto el fin de la modernidad lo que estamos viendo, sino ya el inicio de un nuevo momento histórico, social, ambiental y cultural. Bastante se ha hablado del “cambio de época”. Si hubiera que situar la transición en un espectro temporal, pienso que ya estamos en el ultimo cuarto. Un momento precario, sin dudas, pues recién comenzamos a entenderlo y habitarlo. Un momento de pugnas y disputas, por aquello que muere y busca ser defendido y lo que nace, todavía, sin forma única ni mucho menos definitiva. Ese momento bisagra nos ha tenido errantes por al menos tres décadas. Creo que cada vez más se vislumbra este nuevo momento, en el cual comienzan a operar otras categorías, otros conceptos, otras relaciones y por supuesto, instituciones. Allí, es donde la Encíclica se sitúa y como tal, posee hermosos aciertos, una indiscutida claridad ético-social y aspectos poco trabajados o incipientemente expresados.
Lo primero, sumamente destacable, es situar la reflexión sobre la IA y las tecnocracias actuales en términos sociales. La IA es un problema de justicia social, de bienestar universal y solidaridad con los pueblos. No solo un problema técnico.
Luego, creo que el papa León toca un tema de fondo: el poder, o más bien, la concentración del poder, que hoy se traduce en conocimiento. Ya lo decía hace casi una década en sus clases el teólogo brasileño J.B. Libanio: hoy los que detentan el poder no son lo millonarios ni los políticos, sino los que manejan la tecnología, los que conocen el código de programación, quienes operan el software. Claro, sucede que hoy los millonarios compraron a los técnicos, o ellos mismos se volvieron millonarios. En definitiva, se trata del problema de la no democratización del conocimiento. Pienso que aquí la IA se maneja en un espectro de ambigüedad o, si se quiere, de inconsistencia. Probablemente, por ser “algo” tan reciente. Ya que la IA -como defecto o consecuencia- lo que va produciendo es precisamente una democratización del conocimiento. Bibliotecas al alcance del bolsillo, conocimiento que antes era reservado para algunos, hoy es accesible para todos, información, datos, historia, acontecimientos en geografías inusitadas, etc. Hace poco un amigo desarrolló una aplicación impresionante para apostar sobre los resultados de los partidos del mundial de futbol, de hecho, la iba actualizando y perfeccionando a medida que nosotros, los más de 50 participantes, íbamos haciéndonos preguntas o queriendo agregar una función nueva. Ha sido una entretenida forma de encontrarnos, jugar y disfrutar el deporte.

Aunque es un ejemplo básico, pienso que nivela algunos temores; pues casos de buen uso de la IA hay muchos: drones comunitarios para defender las tierras indígenas y campesinas, robotización de procesos que han beneficiado a familias, comprensión inmersiva y sensorial de la naturaleza, traducción inmediata para facilitar la comunicación, y muchas otras cosas más. Es evidente que la amenaza contra procesos creativos o respecto del arte es fundamental tenerla presente. El papa León lo dice de forma lúcida: “La simulación de la palabra” (100) que es también la simulación de la imagen, la apariencia de aquello que no es (humano, compañía, terapeuta, consejero, maestro…). Aquí hay un tema importante que merece ser considerado y mantener alerta. La palabra humana no puede ser reemplazada sin más por una construcción probabilística, homogeneizando frases, reproduciendo expresiones y empobreciendo la magia de la palabra que jamás puede ser domesticada. La IA debe ser situada, puesta en su lugar y no en otro que no le corresponde. El texto pontificio es claro en eso y me parece un verdadero acierto. También lo decía Libanio en sus clases: la paradoja de creer que se está conectado con el mundo entero, pero cuando bajo la pantalla me doy cuenta de que estoy en mi habitación completamente solo.
Otro tema fundamental que aparece en Magnifica Humanitas es el cuidado de la casa común, es decir, la dimensión ecológica o socioambiental de las tecnologías actuales y la IA en especial. El papa lo dice y denuncia (101), sin embargo valdría la pena detenerse más en este punto, no solo porque la agenda ambiental se encuentra estancada o en amplia disputa ideológica, sino también porque el tema de la IA se ha tomado todos los espacios intelectuales o de formación. Me llama la atención cómo el foco se pone rápidamente en un solo tema olvidando las múltiples dimensiones de la vida cuando esta está siendo amenazada por la injusticia social, las migraciones forzadas, las violencias de Estados, guerras solapadas, la muerte de niños inocentes, la extinción de biodiversidad…
¿Como puede ser que la IA se torne la agenda decisiva de universidades, centros de formación, investigación, instituciones políticas y sociales? Por otro lado, la Encíclica se queda corta al tratar el tema ecológico, la categoría del cuidado es insuficiente cuando lo que se vive es una urgencia sin precedentes que amenaza el futuro de la vida (humana) en el planeta. En esta línea espero que la próxima encíclica, ya a más de una década de Laudado Si’, vuelva sobre este asunto. Hay excelentes apartados respecto de la comunidad política que somos, la cual debe defenderse ante el autoritarismo de las empresas tecnológicas y sus imposiciones.

Al mismo tiempo, y es algo que repito en mis clases, pienso que la fe cristiana es maestra en esperanza. Ella nace como una acción de esperanza frente al fracaso de la Cruz y el asombro de la Resurrección. Por eso, la esperanza en la humanidad debe ser afirmada y defendida. Si esta es efectivamente magnifica, lo que pensamos teólogos, teólogas y todos quienes confesamos la fe en Jesús, valdría la pena esperar más, confiar más, abandonarse más. La humanidad, es decir, nosotros y nosotras, sabremos qué hacer cuando haya que desconectar la máquina y modificar el algoritmo. Démosle tiempo a la esperanza y esperanza al tiempo.
Las palabras del Papa son un llamado a la prudencia, a la calma en los acelerados procesos actuales. En ningún caso es una palabra que contraría los avances de la técnica y las bondades de la tecnología, sino más bien busca situarla, como dije, ponerla en el debido lugar, el de la justicia, la responsabilidad y el bien común. Es un punto alto cuando León afirma en el n. 109 que es necesario y urgente “desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA” y, renglón seguido, continúa: “Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva” (110). En ese sentido es una Encíclica para celebrar, meditar y compartir.
Celebro la perspectiva desde las víctimas (216) y celebro la denuncia profética contra la concentración del poder digital en corporaciones privadas que deciden el destino de todos a puertas cerradas. Todo ello me parece de una claridad socio-política sorprendente, denunciando los nuevos colonialismos, tal como lo hiciera el papa Francisco; pero esta vez frente al mundo de los datos, la información utilizable y la explotación digital (178).Me parece que es hermoso y potente pensar la humanidad como movimiento, como fuerza dinámica y proceso en devenir. Esto pone en tensión la idea de una humanidad ya lista o de una persona humana cuyo fin ya está totalmente pleno o claro. De hecho la misma encíclica se tropieza en algunos momentos al afirmar el “movimiento trinitario del amor compartido y recibido” (48) con una idea más estática de lo humano. ¿Por acaso los humanos del s.XI eran muy diferentes que los humanos del s.XXI? En efecto, somos los mismos, pero habitamos mundos distintos. Allí, creo, radica gran parte de lo que aquí está como tensión.
Somos, también, las geografías que vivimos, los procesos sociopolíticos que consumimos, las esperanzas que narramos y los amores que amamos.
Al decir esto, afirmamos exactamente lo que el papa León testarudamente repite en la introducción y a lo largo del capítulo 1 y más allá (91) a saber, la potencia de la historia. El hecho radical de Dios en la historia, esto es, la encarnación. Dios en el tiempo y el espacio, habitándolo de un modo único y anunciando un horizonte nuevo.
Desde otro punto de vista, me parece que son acertadas las palabras del teólogo Paolo Gamberini SJ al plantear algunas limitaciones de la mirada sobre lo humano que está en el fondo de la Encíclica e invocar una metafísica que dialoga mejor con los avances cosmológicos y una mística, aunque no lo dice con estas palabras, del devenir.
En ese mismo espíritu me parece que la Encíclica se equivoca, y esto, debo decir, que me llama la atención, al confundir reflexiones filosóficas contundentes del posthumanismo con movimientos que buscan, efectivamente, superar las limitaciones de la carne, como el transhumanismo. Puede que se de el caso de que coloquialmente se usen como sinónimos o posturas cercanas, sin embargo se está hablando de cosas bien distintas.
No vale la pena entrar en explicaciones, sino dejar en claro que el posthumanismo, tal y como lo han desarrollado al menos sus principales exponentes, en ningún caso busca atentar contra lo humano ni mucho menos superarlo en el sentido de posicionar a las máquinas como entes superiores o algo similar. Aquí el texto papal cae en discursos simplistas. De hecho el posthumanismo busca, si se quiere, llevar lejos Laudato Si’ en el sentido de descentrar al humano en la gran malla de la vida, es decir, distanciarse de posturas antropocéntricas; y, por otro lado, afirmar con vehemencia Fratelli Tutti, esto es, desideologizar al Hombre y ampliar la comunidad y fraternidad política más allá de las personas humanas. Lo pongo en estos términos para que se entienda la riqueza filosófica y creativa de una de las corrientes contemporáneas más interesantes y fructíferas. La Iglesia defiende su humanismo y lo pone en diálogo, pero no logra realizar una revisión del mismo ni mucho menos ampliar su campo de visión al mundo otro-que-humano. Lo que se entiende, ya que esto significaría entrar a revisar presupuestos ontológicos y metafísicos arraigados en una tradición teológica (aristotélico-tomista) que siendo profundamente social, es también fuertemente conservadora.
Me atrevo a decir que la fe se profundiza al bajar al humano del pedestal. El concierto de las especies y la maravilla de la biodiversidad no cuestionan ni ponen en jaque que la persona humana sea un maravilloso interlocutor de la Divinidad.
Aproximarse a la creación, si se quiere, sabiendo que formamos parte del mismo humus es un acto de humildad que nos con-figura más con Aquel por el cual fueron hechas todas las cosas (Col 1). Es evidente que para el posthumanismo, con sus limitaciones, como cualquier corriente filosófica, la máquina no es igual al ser humano, pero eso no quita que se establezcan lazos relacionales ni canales porosos de mediación para la vida. No pasa algo tan diferente con un libro o con un ancestro ya fallecido. Este es un tema fascinante al cual la Encíclica no entra y lo zanja antes de tiempo, lamentablemente.
El Papa invita a pensar lo humano, a dedicarle tiempo y tinta a desentrañar los misterios de lo humano (140), y sucede que precisamente es lo que está haciendo el pensamiento posthumanista en esta convergencia, como la llama Rossi Braidotti, dónde lo geo(la tierra), la zoe (los animales y plantas) y lo tecno (la técnica, la tecnología y sus adelantos) se entrelazan como mediación para interpretar la realidad en un tiempo de crisis climática y socioambiental. La encíclica no abre sus manos ni la posibilidad de detenerse en esta convergencia histórica única. El posthumanismo no busca socavar lo humano, como dice León (172) y si bien puede que haya corrientes extremas, es intelectualmente injusto generalizar y plantear las cosas de ese modo. De hecho no está muy lejos de ser una fake news.
Construir una muralla requiere de ingenio, técnica, astucia, trabajo en equipo, sensibilidad, diálogo y creatividad. Pienso que las advertencias y sugerencias de Magnifica Humanitas son piedras claves para levantar hermosas murallas en la Jerusalén de nuestros días; sin embargo esas piedras serán múltiples, diferentes y territorializadas. Si bien la IA uniformiza herramientas, usos, lenguajes y acciones; también multiplica oportunidades, accesos, formas y respuestas. Obviamente bajo los principios éticos y resguardos que la Encíclica desarrolla. Y eso debe formarse, educarse, enseñarse.

Ahí hay una tarea fundamental que requiere un esfuerzo conjunto y tiempo. Pero, y aquí está, pienso yo, el gran pero del texto pontificio; no estamos solo ante un desafío ético, social y político, como si teniendo las normas, un potente aparato de corresponsabilidad e instituciones democráticas y atentas a lo humano, sus necesidades y sufrimientos, por nombrar algunos aspectos; entonces sí el desarrollo de la IA y su lenguaje en esta era digital será bienvenido; sino que ya estando dentro de este nueva super (y nano) estructura, debemos preguntarnos dos cosas: ¿cómo cada territorio se hará cargo de su buen uso de una manera creativa, justa, honesta y feliz? Y segundo, ¿cómo le daremos la bienvenida a este mundo posthumano que se construye, de manera híbrida y tan llena de dislocaciones? Pues el tema no es defender “lo humano”, que dicho sea de paso, ha sido construido durante los últimos cinco siglos en su forma patriarcal, colonial y capitalista; sino cómo celebramos y preparamos el advenimiento de un (post)humano o nuevo humanismo mucho más ecológico, intercultural, no antropocéntrico (¡pues no basta con un “antropocentrismo situado”!), más pacífico, más libre y más espiritual. El mismo eco del profeta, citado en el n. 210, es el que me resuena:
«Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?»
(Is 43,19).

*Pedro Pablo Achondo:Filósofo y teólogo moral, investigador en eco teología y ética social. Doctor en Territorio, Espacio y Sociedad por la Universidad de Chile. Licenciado en Filosofía y Magíster en Teología Moral y Práctica por el Centre Sèvres de París, con estudios adicionales en teología en Belo Horizonte (Brasil).
