P. Rafael Velasco SJ
Hoy la bondad no interesa. Escribir sobre esto hará de hecho que no me quieran publicar la nota en ningún diario, porque no es de interés. Porque hoy no es tiempo de los buenos, quiero decir de los buenos de verdad. Porque el “bueno” para el gusto de hoy es el que cae bien, no hace mal a nadie y no se mete donde no lo llaman; es descafeinado, descremado e insípido. Porque el otro, el bueno de verdad, es el que elige hacer el bien siempre, y ese se arriesga, puede equivocarse, porque hace opciones, habla, es intenso…y da muchos flancos para ser criticado.
Y la verdad es que los buenos son personas incómodas, porque son personas que buscan hacer el bien, que se comprometen, que activan, y por eso mismo molestan. Por eso hay que domesticarlos si es posible. Ocurre en todas las instituciones, en la iglesia católica ocurre bastante seguido con los santos. Los santos son incómodos, porque tienen fuego dentro, y eso los hace urgentes, desprolijos muchas veces. Por eso es mejor quitarle aristas para hacerlos más digeribles para el gusto medio. Ejemplos hay innumerables: uno de ellos es la imaginería del cura Brochero la original, en esa foto mirando a la cámara con su mirada pícara y brava, con su cigarro de chala montado sobre su mula mala cara, parece que te mirara y te preguntara, “¿y vos? ¿qué vas a hacer?”, pero progresivamente lo hemos ido reemplazando por la imagen de un viejito amoroso con su bastón y su sotana.

Y en nuestro tiempo hay muchas personas buenas, que son ignoradas o en muchos casos silenciados. Entre la gente de a pie hay montones: aquel que prefiere que los otros tengan razón, el que perdona una ofensa, el que dedica tiempo para dar una mano al desfavorecido, el que prefiere que no se lo nombre cuando ha dado una donación que significa un mes de comida para los pobres, el que visita a los presos o a los enfermos… esos que –a decir de Borges- sin saberlo están salvando al mundo
Muchas personas buenas se sienten tontas, se los hace sentir tontos. Porque al verlos entregados a ayudar a los demás, se les dice que “tienen que priorizarse ellos”, pensar en ellos, “ser un poco egoístas” y toda la sanata de la autoayuda berreta, que no es más que indisimulado egoísmo burgués.
Y los buenos sufren porque se meten en líos por hacer el bien y la sociedad les devuelve que son molestos, que deberían obrar como todo el mundo, como los “buenos” que no molestan, miran y no juzgan, sonríen siempre con mirada beatífica aun en las injusticias, cuando los cínicos oprimen. El que hace ruido, levanta la voz, “se para de manos”, como dicen en el barrio, es malo, no es bueno. Pensar que Jesús, el Bueno por excelencia, les tiró las mesas a los cambistas en el templo y armó un látigo para sacar corriendo a los vendedores que hicieron de la casa de Dios una cueva de malandras. Tiempo de grandes contradicciones el nuestro.

