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Sobre los 500 años de la orden dominicana

Dr. Mauricio Beuchot, O.P.

 

Celebramos los 500 años de la llegada de la Orden de Predicadores, a saber, la Orden Dominicana, por haber sido fundada por Santo Domingo de Guzmán. Por eso, en estas páginas intentaré presentar, de manera muy resumida, el pensamiento y la labor de los dominicos al comienzo de la evangelización de la Nueva España.

Fue el siglo XVI, el de la conquista y colonización, pero también el de la evangelización. Acerca de estas cosas los frailes dieron sus opiniones, la mayoría de ellas convergentes. Es decir, los más se decidieron por la defensa de los indios o pueblos originarios.

 

Hubo, además de los misioneros, profesores que trabajaron en ese comienzo de estas tierras. Se habían formado en el convento de San Esteban, en territorios salmantinos. En la célebre Escuela de Salamanca. En ella se renovó el tomismo, con la recepción de elementos nominalistas y también de elementos humanistas. Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, que eran los profesores principales, habían sido discípulos de nominalistas en París, y allí recogieron también cierta impronta del humanismo que surgía. Ambas corrientes, nominalismo y humanismo, confluyeron en el tomismo salmantino y lo renovaron. Era un humanismo cristiano. Por eso no extraña que el propio Bartolomé de las Casas, que tan atento fue a los doctores salmanticenses, recibiera ambas influencias en su tomismo, que es un ejemplo de tomismo vivo.

 

Esto es algo que tenemos que tomar en cuenta y no olvidarlo, porque forma parte de nuestra historia. Tanto de la que pertenece a nuestra Provincia Dominicana de Santiago de México, como de la de nuestra patria. En efecto, Las Casas actuó en Chiapas, como parte de la Nueva España y ahora de México, y es un aspecto de la historia cultural (filosófica y teológica) de estas tierras.

 

Herederos de la Escuela de Salamanca, muchos de esos primeros pensadores dominicos fueron claras voces que se levantaron contra la opresión de los indígenas; otros defendieron también a los negros. Y cuando ya era muy tarde para detener la conquista y resultaba imposible echar marcha atrás, por lo menos se dedicaron a clamar por el mejoramiento de las condiciones de vida de unos y otros. Algunos con más intensidad, pero se alcanza a ver en ellos una búsqueda sincera del bien común y la justicia, que era el fundamento de su ética social y su filosofía política. Todo ello en la línea de Aristóteles y Santo Tomás, añadiendo el humanismo renacentista.

 

Los ´que fueron pastores hicieron la proclamación de la libertad para los pueblos originarios. Y los catedráticos trataron las mismas materias que se veían en Europa, poniendo su enseñanza a la altura de las mejores universidades de aquellas latitudes. Hubo una filosofía y una teología muy competentes y, en muchas ocasiones, bastante comprometidas en la lucha por la justicia.

 

Así pues, a despecho de lo que muchos historiadores han sostenido, no se trató siempre de justificar con la filosofía y la teología la conquista, sino que hubo quienes se dieron a la tarea de oponerse a ella y defender los derechos de los indios, incluso cuando ya no había marcha atrás. Varios de estos pensadores usaron esas dos grandes disciplinas para tratar de mejorar la situación de los naturales, y de dar a los nuevos pobladores una estructura política y jurídica que permitiera el bien común. Así, hubo siempre pensadores que se pusieron a favor de la dignidad de la persona y los derechos humanos. Eso evitará la actitud simplista e irresponsable de denostar este período, tan lleno de ideas y acontecimientos.

 

Un obispo, fray Julián Garcés, alcanzó del papa la bula Sublimis Deus, que declaraba racionales a los indígenas y prohibía que se los hicieran esclavos. Sin embargo, muy poco fue lo que se puso en práctica. Y así hubo otros frailes que fueron en contra de la esclavitud y las encomiendas. Se sabe que el más fuerte fue fray Bartolomé de las Casas, pero también hubo otros, como fray Juan Ramírez, fray Pedro de Pravia y fray Bartolomé de Ledesma, que alzaron sus voces.

 

Hay que poner de relieve algunos aspectos de la rica filosofía política de Bartolomé de las Casas. Fue un gran evangelizador, al punto de aceptar ser obispo de Chiapas para hacer más fuerte su defensa de los indios y los negros. En efecto, aun cuando es ampliamente reconocida su labor con los indígenas, se le acusa de haber permitido que se trajeran esclavos negros. Al principio estuvo de acuerdo, porque los indios estaban desapareciendo, diezmados por el trabajo tan inclemente. Pero se dio cuenta de la injusticia de esa situación, y se erigió en defensor de los negros también. Es algo que ahora está bien documentado. Y las fuentes de su pensamiento fueron las de la Escuela de Salamanca, aun cuando él no estudió en ella, pero supo ser atento a los maestros de ésta.

 

Hemos de reconocer, pues, que Bartolomé de las Casas llevó una vida consagrada a la defensa de los indígenas y de los negros. Su praxis alimentó su teoría, y su teoría dinamizó su praxis. Las influencias que recibió, tanto del tomismo salmantino como del humanismo renacentista, se unieron para dar como resultado una defensa de los derechos naturales subjetivos, que son los que ahora conocemos como derechos humanos. Era una escolástica, pues tenía el tomismo; pero era un tomismo renovado con el nominalismo. Y, además, era una escolástica renovada con el humanismo.

 

En ese sentido, los dominicos del tiempo fundacional nos dan una preciosa lección para nuestro filosofar propio. Es algo que necesitamos en Iberoamérica: reflexionar sobre los problemas acuciantes de nuestra realidad, pero hacerlo desde una base teórica digna y aceptable, al modo como ellos tuvieron la paciencia y constancia para hacerlo.

 

Tenemos las bases, que nos han sido brindadas por estos que nos han antecedido. Hay que conjuntar tradición e innovación, ya que ésa es la vida del pensamiento filosófico y teológico. Es lo que va a potenciar el impulso de nuestros países por hacer avanzar le corriente en la que nos encontramos. Es la auténtica descolonización: no simplemente denostar lo que nos llegó durante la colonización, sino aprovecharlo para elaborar un pensamiento propio.

 

Ahora que tanto se habla del humanismo mexicano, hay que tomar en cuenta que, si existe alguno, hunde sus raíces en ese humanismo cristiano que trajeron los dominicos a este Nuevo Mundo. Quisieron aplicar esa utopía en estas tierras, recién descubiertas. Por eso tenemos que estudiar ese humanismo que ellos quisieron implementar. Porque forma parte de nuestra historia.

 

 

 

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